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Por Publicado el: 03/10/2026Categorías: En vivo

Crítica: ‘Rigoletto’, entre la república de Weimar y la Staatsoper de Berlín

Rigoletto en la república de Weimar: ópera en la Staatsoper de Berlín

Rigoletto, de Giuseppe Verdi. Pavel Yankovsky, Ben Bliss, Elena Villalón, Alexander Tsymbalyuk, Anna Kissjudit, Hanseong Yun, Carles Pachón… Staatskapelle Berlin, orquesta. Staatsopernchor, coro. Domingo Hindoyan, director musical. Dani Juris, director del coro. Bartlett Sher, director de escena. Staatsoper Unter den Linden, Berlín, 23 de septiembre 2026. Reposición de la producción estrenada en la temporada 2018-19. En cooperación con la Metropolitan Opera de Nueva York.

Crítica: 'Rigoletto', entre la república de Weimar y la Staatsoper de Berlín

Imagen de la producción

Rigoletto, estrenada en 1851 en La Fenice de Venecia, es una de las grandes bisagras de la carrera de Giuseppe Verdi. Basada en el drama francés Le Roi s’amuse de Victor Hugo, la obra nació entre choques constantes con la censura austriaca: en el original, el protagonista era Francisco I de Francia pero para las autoridades de la época, resultaba inaceptable mostrar a un monarca absoluto (designado por ‘derecho divino’) como un ser libertino rodeado de corrupción.

La alternativa consistió en rebautizar a los personajes y desplazar la acción a una corte inventada en Mantua, cuyo ducado ya había desaparecido para entonces. A pesar de los cambios, Verdi mantuvo intacto el núcleo dramático: un bufón deforme, un duque depredador y una hija sacrificada.

Musicalmente, Rigoletto concentra la acción en tres actos muy tensos, encadena escenas sin relleno, integra arias ‘de éxito seguro’ (la famosísima ‘La donna è mobile’ y el aria‑romanza ‘Caro nome’) dentro de un tejido dramático continuo, con un barítono protagonista (no un tenor) que es a la vez verdugo, padre, víctima y cómplice. Es la primera de las tres grandes obras de la llamada ‘trilogía popular’ (Rigoletto, Il trovatore, La traviata), y sigue siendo una piedra angular del repertorio romántico, siendo la décima ópera más representada en los últimos años.

La función del 23 de septiembre de 2026 en la Staatsoper Unter den Linden corresponde a la reposición de la producción firmada por el estadounidense Bartlett Sher (ganador de un Tony), estrenada en 2019 y coproducida con la Metropolitan Opera de Nueva York. Ante el temor previo de presenciar un espectáculo ‘demasiado americano’ o puramente comercial, el resultado final entregó una versión que aún con ciertos defectos, resulta sumamente aceptable.

Sher traslada la acción desde la Mantua del libreto a la República de Weimar. El duque ya no reina sobre un pequeño estado italiano, sino sobre un universo de salones decadentes, llenos de militares y burgueses, con un escenario, diseñado por Michael Yeargan, que se articula en torno a tres grandes piezas:

  • Un palacio art déco, con columnas monumentales y paneles que reproducen pinturas de George Grosz, cargadas de personajes grotescos y cuyo fondo permanece siempre presente, ocultándose mediante paneles deslizantes cuando cambia el decorado.
  • La ‘casa de muñecas’ de Gilda, un piso pequeño‑burgués de dos plantas con un interior estrecho y tristón, que subraya el carácter opresivo del refugio donde el bufón recluye a su hija.
  • El ‘bar’ de Sparafucile, una especie de tugurio de periferia que aparece también delante del palacio, sórdido, pero verosímil.

Rigoletto se traslada a Weimar en la nueva producción berlinesa

Aunque la propuesta es visualmente atractiva, por momentos disiente de la acción que se está representando. El principal punto débil de la producción radica en la dirección de actores: se extrañó una mayor interacción entre los intérpretes, quienes a veces lucieron estáticos, perdidos en la inmensidad del escenario o desconectados de los diálogos directos.

Donde no hubo fisura alguna fue en el apartado vocal; un elenco de primer nivel que justificó su presencia en el escenario:

El barítono bielorruso Pavel Yankovsky encarnó a un Rigoletto alejado de los clichés puramente grotescos. La dirección de Sher prefiere evitar una caracterización excesivamente deforme para concentrarse en el desprecio y el odio del bufón hacia la sociedad que lo rodea, un enfoque que Yankovsky potenció gracias a una voz profunda y de noble timbre.

A su lado, la soprano cubano-estadounidense Elena Villalón dio vida a Gilda. En ‘Caro nome’, Villalón desplegó con absoluta pulcritud toda la coloratura y agilidad de su instrumento. El papel del Duque de Mantua corrió a cargo del tenor estadounidense Ben Bliss, eficiente y seguro durante toda la velada. Bliss optó por no abusar de los efectos efectistas en ‘La donna è mobile’, una decisión contenida que pudo contrariar a los buscadores de agudos eternos, pero que musicalmente mantuvo la medida justa.

Los personajes secundarios mantuvieron el listón muy alto. Es de justicia destacar a la mezzo-contralto húngara Anna Kissjudit como Maddalena. Con un registro grave, sombrío y rotundo, Kissjudit demostró por qué es una voz en ascenso en el repertorio wagneriano, y no se entiende porqué no es llamada a asumir roles principales de envergadura. Finalmente, la representación contó con acento español gracias al barítono catalán Carles Pachón, quien resolvió con gran corrección y solvencia el breve pero relevante papel de Marullo.

Desde el foso, la dirección musical estuvo en manos de Domingo Hindoyan. El director venezolano, formado en El Sistema, regresó a la plaza berlinesa donde maduró como asistente de Daniel Barenboim. Al frente de la Staatskapelle Berlin, Hindoyan ratificó su excelente reputación internacional: concertó con una agilidad encomiable, aligeró las texturas en los pasajes más densos y respiró en perfecto unísono con el escenario, facilitando enormemente la labor de los cantantes.

En resumen, esta producción de Rigoletto se descubre como una propuesta notable. Frente a ciertas críticas que la tacharon en su día de poco arriesgada, cabe recordar que cuando las puestas en escena pecan de excesiva vanguardia, el protagonismo suele recaer, para mal, en el ego del director de escena y no en el equipo artístico. Se trata, en definitiva, de una función ideal tanto para el melómano como para aquel espectador que se acerca por primera vez a la ópera sin temor a salir espantado.

Javier Lillo

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