Alondra con Mahler en El Escorial y el peso de los recuerdos
Alondra con Mahler en El Escorial y el peso de los recuerdos
Mahler: Sinfonía nº 3. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid (ORCAM), Pequeños Cantores de la ORCAM. Jennifer Johnston, mezzosoprano. Alondra de la Parra, directora. Teatro de San Lorenzo de El Escorial, 16 de octubre de 2026.

Saludos finales
Hay recuerdos que son un regalo y otros que, con los años, se convierten en una pequeña condena. Pertenezco a una generación que tuvo la fortuna, y también la desgracia, de escuchar la Tercera de Mahler en Londres, en los años setenta, con Claudio Abbado en el podio y Jessye Norman, inmóvil como una columna, alzando aquel «O Mensch!» nietzscheano que todavía hoy me eriza la piel. Desde entonces cada nueva Tercera tiene que pasar por esa aduana, y casi ninguna sale con el pasaporte sellado. Lo sé y lo advierto: las comparaciones son injustas, a veces absurdas. Abbado tenía detrás toda una tradición y una orquesta que respiraba Mahler. Reprochar a otro que no sea él es como afear a un buen Ribera que no sea un Pétrus. Pero uno no elige lo que recuerda.
Con ese equipaje acudí al Auditorio-Teatro de San Lorenzo de El Escorial, donde Alondra de la Parra repetía su concierto madrileño del pasado día 6 con la Tercera, prosiguiendo su recorrido mahleriano tras la Primera y la Segunda, y lo hizo con todas las de la ley: nueve trompas, coro femenino, niños, mezzo y cerca de cien minutos de música. Antes de empezar, micrófono en mano, explicó al público lo que iba a escuchar. Esta costumbre suya tiene algo de Blomstedt, que la audición agradece.
El primer movimiento, ese mastodonte que ocupa casi tanto como los cinco siguientes juntos, quedó bien ordenado. La directora tiene un gesto heterodoxo que, sin embargo, funciona, más nítido que milimétrico, y supo repartir planos y dinámicas en un organismo descomunal. Las trompas arrancaron con empaque y el trombón cumplió con sonido redondo. Faltó, eso sí, la fuerza telúrica de un Pan que despierta a empujones: De la Parra prefiere aquí la luz al espanto. El público, entusiasta y poco avisado, aplaudió al terminar como si aquello fuera el final. La pausa que Mahler quería se llenó de ovaciones a destiempo. Incluso la directora se retiró brevemente mientras salían el coro y la solista al escenario.
El minueto de las flores sonó pulcro, con un oboe elocuente, pero demasiado formal, algo falta de la pizca de sorna sin la cual Mahler se queda en un romántico tardío más. Mejor el scherzo de los animales, bien acentuado y con su momento de gloria en el posthorn tocado entre bastidores, con la nostalgia y la lejanía justas. Su intérprete se mereció el aplauso tras sacarle al escenario la directora.
Jennifer Johnston, mezzo británica de largo currículo mahleriano, cantó la canción de medianoche con fraseo intencionado y buen dominio de las medias voces, aunque su timbre no sea de los que se quedan grabados como aquel de la citada Norman. Los Pequeños Cantores, afinados y disciplinados tras una espera eterna, y las voces femeninas del coro pusieron frescura en el episodio angélico. Este resultó, con todo, el más flojo de la velada, con algún desajuste y contrastes demasiado limados.
Y entonces llegó el Adagio. Hay que sostener un tempo lentísimo durante más de veinte minutos sin que la música se desplome y levantar la escalada peldaño a peldaño hasta que el re mayor final parezca inevitable. De la Parra lo consiguió. La cuerda de la ORCAM encontró su mejor sonido de la noche, amplio, empastado y cálido. La directora dejó que la música se expandiera sin prisa, con una concentración que acabó contagiando a la sala. Cabe que la cima pecara más de esplendor que de quebranto. Cabe que Abbado… no, prometí no comparar. Por eso tampoco compararé con el frustrante por abrumadoramente sonoro de Dudamel con NY y la Quinta reciente.
Lo diré de otro modo. Cuando se apagó el último acorde y el público se puso en pie, noté que aquel recuerdo londinense, por una vez, me había dejado en paz. Durante esos minutos finales no estaba en los setenta, sino aquí, en el Escorial, emocionado. No es poco. Es, en realidad, lo único que debería pedirse a un concierto.
Gonzalo Alonso






















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