Crítica: ‘Amor azul’, ópera-canción, entre lo lírico y lo popular
Amor azul, ópera-canción, entre lo lírico y lo popular
Amor azul, música de Gilberto Gil y Aldo Brizzi, con libreto de Aldo Brizzi y André Vallias sobre la traducción al portugués de Rogério Duarte del poema en sanscrito Gita Govinda. Gilberto Gil, Irma Ferreira, Josehr Santos, Graça Reis, Nila-Clara Timbó, Milla Franco. Lisbon International Symphony Orchestra, orquesta. Phydellius, coro. Aldo Brizzi, director musical. Gilberto Gil, Ruan de Souza, guitarras. Iuri Passos, Luan Badaró, Alin Gonçalves, percusión bahiana, Priscila Pio, producción. Solistas y cantantes, membros del Núcleo de ópera da Bahia. Coliseu dos Recreios, Lisboa, 10 de octubre 2026.

Imagen del concierto
Es algo raro hoy en día tener el privilegio de asistir a una ópera escrita en nuestros días, y no es porque no haya producción: nunca se han creado tantas como ahora. El problema es que los teatros, quienes los dirigen, siguen anclados en el siglo XIX, un conservadurismo que no refleja la creatividad actual y que se disfraza de vanguardia con montajes distintos sobre las mismas obras, con frecuencia ridículos o incomprensibles, que acaban alejando al espectador. No es sólo impresión del cronista.
En la entrevista que mantuvimos la víspera con los dos autores de Amor azul, Aldo Brizzi lo decía sin rodeos: toda gran ópera puede llegar al público, y el daño le viene de dentro. «El problema son a veces los directores de escena, que usan la música como pretexto para sus psicologías, mostrando en lugar de aquello que se debería mostrar; y después no funciona, y la culpa es de la ópera.» A eso sumaba los precios y la falta de trabajo con el público joven. «Cuando la ópera se convierte en cosa de museo, donde no hay esa emoción, ya no es ópera.»
Pues bien, hemos tenido la suerte de asistir, aunque sea en versión concierto, a algo nuevo: una partitura escrita a cuatro manos entre los heterodoxos Gilberto Gil, leyenda brasileña de la música popular, y el maestro italiano Brizzi, director artístico del Núcleo de Ópera da Bahia, compañía radicada en Salvador que incorpora ritmos e instrumentos del nordeste de Brasil y entronca con las raíces africanas de los descendientes de esclavos. Ha sido además una honra que Gil haya participado como cantante y también a la guitarra. El montaje escénico completo llegará el año próximo en Brasil, de modo que queda en el aire la única pregunta pertinente: a quién confiarán esa dirección de escena.
Hablamos también de la génesis del proyecto: el Gita Govinda de Jayadeva, poema sánscrito del siglo XII, lo tradujo al portugués Rogério Duarte (diseñador y uno de los mentores del movimiento Tropicália), devoto del Hare Krishna durante años, y fue él quien tuvo la idea de convertirlo en ópera. Murió en 2016, cuando el trabajo acababa de empezar, y la partitura está dedicada a su memoria.
La música les llevó cuatro años y el método tuvo poco de académico: Gil no entregaba partituras, sino que cantaba y tocaba sus partes, y Brizzi se encargaba de fijar por escrito lo que oía, sin corregirle la mano. De ahí que la obra suene más tropicalista que operística. Explicaban sus autores que nace del cruce entre la música mediterránea —Portugal, España e Italia— y los modos africanos que llegaron a Brasil con los esclavos. Oída así, la ópera-canción que sonó en el Coliseu no visitaba una capital europea cualquiera: volvía a una de sus fuentes.
El argumento es menos narrativo que teológico. Krishna y Radha parten de una unión cósmica que se rompe cuando el dios reparte su afecto entre las gopis, las pastoras de Vrindavan. Radha, que se sabía amada única, se retira herida al bosque, y ahí encuentra la obra su primera temperatura real, con números como ‘O coração partido’. El segundo acto es territorio de la añoranza, que en la devoción hindú no es un accidente del amor sino su forma más alta, y culmina en un reencuentro que es a la vez consumación erótica y unión del alma con lo absoluto. Quien espere un desenlace convencional no lo encontrará: no hay muerte, ni venganza, ni maldición cumplida.
La etiqueta «ópera-canción» conviene tomarla al pie de la letra. Son más de cuarenta números breves, cada uno con su forma cerrada y su cadencia final, enhebrados por la narración de Gil. Está más cerca de una sucesión de lieder que del drama musical, y ahí reside su encanto y también su limitación: la emoción llega por acumulación y no por tensión, de modo que las piezas se recuerdan mejor que el conjunto.
El público, que llenaba la sala y era más seguidor de Gil que aficionado a la ópera, lo entendió así y aplaudía al final de cada número como en un concierto. Unos sobretítulos habrían ayudado, porque se canta en portugués sobre un poema sánscrito y no siempre es fácil seguir las voces.
Hay que señalar que lo escuchado en Lisboa no es exactamente lo que se estrenó en París. Aquella creación de 2022 rondó las tres horas, frente a las poco más de dos de ahora, y contaba con un personaje más, el Espíritu del Bosque, con dos bailarines de danza clásica india y con una veena, instrumento de cuerda de la tradición india cuyo color no hay manera de suplir desde la orquesta occidental. También faltaron tramos instrumentales entre número y número que habrían dado aire.
En cuanto al sonido, todo pasaba por los altavoces, orquesta incluida, y no es decisión del Coliseu: en París se recurrió igualmente al micrófono, como ocurre en María de Buenos Aires, donde la amplificación es consustancial a la pieza. Con Gil resulta indispensable, porque canta sin impostar.
Queda sólo el deseo de una mezcla que preserve mejor el relieve de las voces líricas frente a la popular, porque es en ese contraste donde reside buena parte del hallazgo de la partitura. Hubo además un acople que inundó la sala durante un segundo escaso: poca cosa, pero se notó, y es el riesgo que se corre cuando todo depende de la mesa. Tampoco ayudó el recinto, sala notable pero concebida para el circo y las variedades.

Gilberto Gil
En el apartado vocal, la soprano Irma Ferreira asumió una Radha sobre la que recae casi todo el peso emocional de la obra —es quien sufre, quien se retira y quien perdona— con línea de canto limpia y buen resultado en los lamentos del primer acto. El hallazgo mayor fue el bajo Josehr Santos: voz profunda, timbre hermoso, graves plenos y emisión natural. Que el dios-amante sea bajo y no tenor parecía sobre el papel una excentricidad y resultó un acierto, porque lo aleja del galán lírico y le da la gravedad que conviene a una divinidad. Graça Reis fue una Sakhi de dicción precisa, y Nila-Clara Timbó y Milla Franco completaron las gopis con buen empaste.
La guitarra de Ruan de Souza y la percusión bahiana de Iuri Passos, Luan Badaró y Alin Gonçalves funcionaron como verdadero bajo continuo: el afoxé y los atabaques no son aquí color exótico añadido a un tejido europeo, sino que asumen la función propulsora que en la ópera clásica cumplen las cuerdas graves. La Lisbon International Symphony Orchestra respondió con solidez y el coro Phydellius cumplió con corrección, ambos bien concertados por Brizzi, que supo equilibrar un conjunto nada fácil de ajustar y mantuvo el pulso de una sucesión de números que podía deshilacharse con facilidad.
Dejamos para el final al carismático Gil, que no interpreta a Krishna, sino a Jayadeva, el poeta que escribió el poema, y a Vishnu, el dios del que Krishna es avatar: hace de autor dentro de su propia obra. A los 84 años conserva su esencia intacta, esa voz ronca e inconfundible que sostiene el fraseo con una economía notable y que emociona precisamente porque no disimula el desgaste. No compite con los líricos ni lo pretende: habita otro registro y desde ahí narra y conduce. Queda, eso sí, una duda razonable, y es que la obra está escrita para su voz, su guitarra y su figura: el narrador no es un personaje, es él.
Cabe preguntarse qué será de Amor azul sin Gil, y la pregunta no es sólo sobre el futuro, porque el montaje escénico del año próximo exigirá una presencia física en el escenario que a su edad no se da por descontada. El motivo de tranquilidad no está en él, sino en los suyos: una compañía con repertorio propio y cantantes de este nivel no depende de una sola voz.
Una velada valiosa, en fin, pese a sus desequilibrios, servida en una versión recortada y en un recinto que no le correspondía, pero sostenida por un reparto vocal de gran nivel, por una percusión que es bastante más que condimento y por la ocasión poco frecuente de escuchar música nueva. El público lo despidió en pie.






















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