Crítica: Dudamel y Nueva York: dos noches, cinco obras y una declaración de intenciones
Dudamel y Nueva York: dos noches, cinco obras y una declaración de intenciones
Ibermúsica. Temporada 2026-2027. Auditorio Nacional de Música, Madrid. New York Philharmonic. Director musical y artístico: Gustavo Dudamel. Martes, 13 de octubre de 2026. Di Castri: Invisible House (encargo de la Filarmónica de Nueva York; estreno en Madrid). J. Adams: On the Transmigration of Souls (estreno en Madrid). S. Prokófiev: Sinfonía núm. 5 en si bemol mayor, op. 100. Orfeó Català, Cor de Noies de l’Orfeó Català y cantores del Cor Infantil de l’Orfeó Català. Miércoles, 14 de octubre de 2026. T. León: Imágenes mestizas (encargo de la Filarmónica de Nueva York; estreno en Madrid). G. Mahler: Sinfonía núm. 5 en do sostenido menor.

Gustavo Dudamel al frente de la Filarmónica de Nueva York
©Todd Rosenberg
Hojeando el programa de mano descubro que la última vez que esta orquesta trajo a Madrid la Quinta de Mahler fue en junio de 1985, con Zubin Mehta, en un Teatro Real que entonces era sala de conciertos. Han pasado cuarenta y un años, cuatro titulares y una reforma del Real que daría para otro artículo. La Filarmónica de Nueva York vuelve ahora con Dudamel, recién estrenado en el cargo, y con dos programas que son más su tesis -y sin partitura para todas las obras- que una simple gira de presentación.
Ninguna de las cinco obras llega a Madrid sin rodaje. Dudamel abrió su titularidad en el David Geffen Hall el 16 de septiembre con el tríptico de Di Castri, Adams y Prokófiev, y la semana siguiente con León y Mahler. Ambos programas pasaron después por la Philharmonie de París y el primero, por L’Auditori de Barcelona un día antes que en Madrid. Hay además historia detrás.
Con la Quinta de Prokófiev debutó Dudamel ante los neoyorquinos en 2007, y con la de Mahler regresó dos años después. Esta última, por cierto, es la obra con la que ganó en Bamberg el concurso que lleva el nombre del compositor. Lo de Adams viene de más lejos: la orquesta le encargó la partitura tras los atentados y la estrenó Maazel en 2002. Desde entonces no había vuelto a sus atriles.
Invisible House es un encargo compartido con Los Ángeles. Zosha Di Castri, canadiense de ascendencia ucraniana, parte de un poema de Ilya Kaminsky sobre quienes siguen viviendo tan tranquilos mientras al vecino le derriban la casa. Le añade las memorias de su bisabuelo y el canto polifónico campesino de Ucrania, ese de voz abierta que parece hecho para oírse de un valle a otro.
On the Transmigration of Souls, en cambio, no describe el horror. Adams construyó con ella una nave de catedral sonora donde se oyen la ciudad, los nombres de las víctimas y las frases de los carteles con que las familias buscaban a los suyos. La obra funciona porque no grita. Ahí están la cinta con el rumor de la ciudad, los nombres leídos y esa voz infantil que va constatando cada ausencia de las víctimas del 11S.
En Di Castri lo más llamativo es el arranque, un bajo de metales y contrabajos que se percibe con el cuerpo antes que con el oído. Después vienen bloques de metal y percusión que trasladan aquel canto rural a la orquesta, con remansos de cuerda casi desnuda. Dudamel la dirigió con convicción y la orquesta resolvió con limpieza sus aristas.
Otra cosa es la obra, más densa que articulada, con más materia que forma, y creo que vive mejor en las notas del programa que en el atril. Cuando el texto del programa explica más de lo que la música dice, el compositor ha perdido una batalla. Habría que oírla de nuevo, y sin papel en la mano. Pero me temo que no habrá oportunidad y quizá el público lo agradezca.
En Adams todo se juega en el equilibrio. Ahí está la cinta con pasos y sirenas, y esa voz infantil que repite «missing». Hay también una trompeta que cita a Ives y su pregunta sin respuesta, y un único estallido en el que coro y orquesta gritan lo que antes susurraban. Dudamel no necesitó añadirle dramatismo. Los coros del Orfeó, adultos, chicas y niños, entraron y salieron del tejido orquestal sin romperlo. Que la cinta vuelva sola al final, devolviéndonos el rumor de la calle, es un buen epílogo. No estoy seguro de que el cambió de orden haya sido conveniente.
Prokófiev fue la gran noche de la orquesta. El Andante avanzó con un tempo reposado, casi solemne, y con los violines enfrentados a izquierda y derecha, de modo que el primer tema pasaba de un lado a otro como una conversación. La coda, con tam-tam y piano a plena potencia, sonó a frente de batalla. El Allegro marcato tuvo un clarinete burlón sobre el staccato seco de los primeros violines. El Adagio, de largo aliento, desembocó en una marcha fúnebre muy centrada en los graves. Y el final, ese guiño que nadie sabe si es risa o amenaza, quedó en el aire como debe quedar.

Imagen del concierto inaugural de la programación de Ibermúsica
©Todd Rosenberg
Abrió la segunda velada Imágenes mestizas, de Tania León, encargo de la casa. Son doce minutos de modernidad amable, con pájaros caribeños en las maderas, unas cuerdas casi litúrgicas y un clarinete tan insistente que uno termina cogiéndole cariño. Es una obra bien hecha, que se escucha con agrado pero que difícilmente sobrevivirá a la gira. El público la aplaudió con generosidad.
La Quinta de Mahler confirmó la virtud y el vicio de esta etapa naciente. Se nota que Dudamel ha trabajado a fondo y que los músicos le siguen con algo más que obediencia. La virtud es la precisión: es un placer oír a esta cuerda respirar con tal unanimidad y con unas transiciones tan bien cosidas.
El vicio es el volumen y el exceso del viento, que a veces no dejaba oir las cuerdas. Las trompas y los clarinetes tocaron con el pabellón al aire, y hubo fortísimos que no conmovían, sino que aturdían. La marcha fúnebre fue erguida y sin autocompasión. El trompa solista se lució durante todo el Scherzo. El Adagietto, sin melaza, fluyó con pulso firme y fue lo mejor de la sinfonía. El Rondó rebosó vitalidad, pero quizá demasiada. En general, demasiada tensión, mucha medida y poca respiración.
Me queda una impresión de conjunto. Esta orquesta suena hoy disciplinada y brillante, pero todavía no tiene un color propio que se reconozca a ciegas. Es el mal de las agrupaciones de nuestro tiempo. Dudamel ha empezado por lo que se puede ensayar. Lo otro, el carácter, solo lo dan los años. Si se queda el tiempo suficiente, quizá dentro de otros cuarenta años alguien ojee un programa de mano y se tope con su nombre, como yo me he topado con el de Mehta. Ojalá, porque esta noche salí dudando de haber escuchado a Mahler.





















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