Crítica: Maria Stuarda, jaque a la reina en el Campoamor
Maria Stuarda, jaque a la reina en el Campoamor
Oviedo. Teatro Campoamor. Octubre, 2026. Donizetti: Maria Stuarda. Yolanda Auyanet, Paola Gardina, Jihoon Son, David Lagares, Carlos Daza, Irina Avramenko. Coro Intermezzo (Pablo Moras). Oviedo Filarmonía. Dirección musical: Friedrich Haider. Dirección escénica: Emilio López. Coproducción con ABAO Bilbao Opera.

Escena
Las dos reinas nunca se vieron las caras. Isabel Tudor y María Estuardo se escribieron, se espiaron y se temieron durante casi veinte años, pero jamás compartieron estancia. Fue Schiller quien inventó el encuentro en el parque de Fotheringay, y Donizetti quien lo convirtió en uno de los grandes cara a cara del teatro lírico, ese en el que la escocesa llama a su prima “vil bastarda” y firma con ello su sentencia. La historia sale malparada, pero la ópera sale ganando. Y el público también, que para eso paga la entrada.
Oviedo lleva tiempo con la trilogía Tudor entre ceja y ceja. Abrió con Anna Bolena en 2024, recibe ahora esta Stuarda estrenada en Bilbao el pasado febrero y aguarda el Roberto Devereux que la ABAO presentará en 2027. Que dos casas del norte se pongan de acuerdo para repartirse gastos y escenarios es de esas noticias que no ocupan titulares y deberían ocuparlos. En un país donde cada teatro suele preferir contemplarse el ombligo, la sensatez también merece su ovación.
Emilio López firma los tres títulos y busca un hilo que los cosa. Vuelve el ajedrez, ahora con reinas y peones en oro y plata, colores que la luz de Oscar Frosio asigna a cada soberana. Carmen Castañón levanta grandes volúmenes móviles con mapamundis, cuelgan esferas que son a la vez planetas y globos terráqueos, y hasta las túnicas del coro llevan cartografía impresa. El mensaje se entiende sin esfuerzo: aquí no se disputa un hombre, se disputa un territorio. Funciona, y el hermoso vestuario de época de Naiara Beistegui impide que el espectador se extravíe en abstracciones. Donde el invento hace agua es en los vídeos del segundo acto, que se amontonan hasta emborronar el símbolo. Menos habría sido más, como casi siempre en esta vida. Quedan en la retina dos imágenes de verdadera fuerza: la rosa roja invertida tras la que canta el coro y el traje escarlata con el que la reina camina hacia el cadalso. Con esas dos, el director dice más que con todas las proyecciones juntas.

Escena
Yolanda Auyanet trata a María Estuardo como a una vieja conocida. La ha paseado por Bilbao y por la plaza de Oriente, donde la escuché en aquel segundo reparto que algunos consideramos, en voz baja y no tan baja, a la altura del primero. La voz ha ganado cuerpo con los años sin perder del todo la flexibilidad de la lírico-ligera que fue. No todas las agilidades salen impolutas, y quien se haya educado con los registros de la Caballé o de la Gencer encontrará dónde rascar. Pero sería injusto quedarse ahí. Auyanet levanta el personaje de abajo arriba, con un fraseo meditado y una dignidad que nunca resbala hacia el melodrama. En “Oh nube che lieve” halló el tono elegíaco, y en la plegaria y la escena final, que es donde esta ópera se gana o se pierde, ofreció lo mejor de la velada. La sala se lo reconoció con largueza.
Paola Gardina me dejó más dudas. Isabel es un papel ingrato que exige autoridad desde el primer compás, y la italiana arrancó su cavatina con la afinación vacilante. Posee un timbre agradable y buen manejo del aire, pero su registro inferior carece del cuerpo que el personaje reclama, y el foso la cubrió en más de un pasaje, sobre todo cuando la regie la alejaba del proscenio. Fue creciendo, eso sí, y el gran duelo que cierra el primer acto tuvo la electricidad que se le pide, en buena medida porque Auyanet ponía la chispa. Aun así, el contraste de colores entre ambas, tan necesario en esta partitura, quedó desdibujado.
Jihoon Son es un Leicester de voz bonita y generosa en el centro, ardiente y de línea cuidada. A ratos le puede el ímpetu y algún agudo llega con la garganta apretada, pero regaló medias voces que uno no espera de un tenor de este corte. Lo que de verdad marcó la diferencia fue el resto del elenco. David Lagares, ya casi de la familia en el Campoamor, compuso un Talbot noble y rotundo; Carlos Daza, un Cecil venenoso y de buena pegada vocal; e Irina Avramenko debutó como Anna con un instrumento redondo. Un teatro se mide también por cómo reparte los papeles pequeños, y Oviedo aprobó con nota.

Saludos
Friedrich Haider regresaba a la Oviedo Filarmonía, que dirigió como titular durante siete temporadas y a la que dejó bastante mejor de lo que la encontró, y algo de reencuentro familiar se respiraba en el foso. Conoce la obra al dedillo, mima a los cantantes con tempi cómodos y se permite algún vuelo sinfónico, cosa de agradecer ante tanto foso belcantista reducido a mero colchón. Le faltó vigilar el volumen en los fortes. El Intermezzo, preparado por Pablo Moras, cumplió con holgura, mejor las voces femeninas que las masculinas, pese a lo poco que da de sí el escenario.
El público, más cortés que entusiasta salvo con la protagonista, despidió una función digna, sin la noche redonda que el título permite pero muy por encima de la rutina. Salí a la calle Pelayo pensando que la ópera tiene una forma curiosa de hacer justicia. Isabel ganó el trono y la partida; María perdió la cabeza. Pero el teatro, que no lee libros de historia, le concede a la vencida la última palabra y la mejor música. Al final, en el escenario solo reina quien canta mejor. H.P.





















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