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Por Publicado el: 04/02/2021Categorías: Colaboraciones

El amor de Caruso, al mejor postor

El amor de Caruso, al mejor postor

Christie’s saca en venta privada un conjunto único de más de 1.000 documentos personales del tenor en el año en que se cumple el centenario de su muerte

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El conjunto reúne tanto misivas como fotografías de la vida del tenor

Al mejor postor y en línea. Este archivo personal de Enrico Caruso, el considerado más grande tenor de todos los tiempos, accesible en venta privada en Christie’s, reúne más de 1.300 cartas y todo tipo de documentos (telegramas, documentos judiciales, listas de gastos mensuales…, inéditos gran parte de ellos y desconocidos incluso por uno de sus vástagos) fechados en dos periodos, entre 1897-1908 y 1912- 1921, incluidas las misivas entre el tenor y su amante Ada Giachetti, cartas que dan fe de la relación tempestuosa que mantuvieron, apasionada hasta el límite, llena de fuego. Se amaron hasta que ella, que previamente había abandonado a su esposo y su hijo para vivir con el cantante, decidió cambiarlo por el chófer de la familia, sí, un chasco monumental para un hombre de carácter dispuesto a conseguir siempre lo que se proponía. Caruso no perdió el tiempo y puso los ojos en una de las hermanas de su ya ex amante, Rina, con quien mantuvo una nueva relación y a quien parece que llegó incluso a pedir matrimonio, aunque no de manera formal. El enlace jamás se produjo y los escándalos volvieron a salpicar la vida del artista, que ya despacha en aquella altura un par de cajetillas de cigarrillos egipcios (la que ocasionaría una pertinaz tos y acabaría por precipitar su temprana muerte a los 48 años), gustaba de ir a la última moda y de sentarse siempre a una mesa que estuviera bien abastecida. La única mujer que consiguió que pasara por la iglesia fue una norteamericana de acaudalada familia, Dorothy Benjamin, madre de su única hija.

Con Ada Giachetti, con quien no llegó a casarse pero con quien tuvo cuatro hijos, de los

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Ada Giachetti es la destinataria de gran parte de la correspondencia de Caruso

que sobrevivieron dos, vivió una relación llena de altibajos debido al fuerte carácter de ambos. Su amor abarcó once pasionales años. Ella, algunos años mayor que él y cantante de éxito cuando le conoció, le enseñó la trastienda del canto. El alumno, en este caso, superó con creces a la maestra y se convirtió en uno de los más grandes de la lírica a lo largo de su historia. Su primera vez en escena fue una «Traviata», ella fue Violeta y él Alfredo, claro está. El fuego de los primeros años casi quema cuando la escribe: «Te echo de menos. ¿No te das cuenta, amor mío, que daría la vida por tenerte cerca de mí, entre en mis brazos, por emborracharme contigo de la loca alegría de felicidad, de amor?», y se desespera cuando no recibe respuesta inmediata de su amada: «No puedo controlarme, siento como si me estuviera muriendo. Han pasado dos días desde que recibí una carta tuya… Dios, qué tortura es esto».

«Mi futuro está asegurado»

Enrico Caruso caracterizado para «Pagliacci» (c) Library of the Congress

El trabajo también es el eje central de bastantes de las misivas que se pueden adquirir. Así describe en una misiva su debut en La Scala de Milán en 1897: «¡Victoria! ¡Victoria! (…) Un victoria lograda en todos los sentidos, y más allá de lo que incluso yo podría haber imaginado, tan inseguro estaba del papel en todo momento (…) Me sentía nervioso antes de subir al escenario porque mi voz se antojaba muy pesada, especialmente en el registro más bajo, pero después (…) canté estupendamente mi primer dúo… salí de nuevo a cantar mi pequeña romanza y al final de ésta, que termina con un espléndido si bemol, todo el teatro se levantó, que duraron al menos cinco minutos (…) Al final de la actuación, el público nos llamó siete veces entre aplausos (…) En fin, mi futuro está asegurado», escribe con una firmeza y una seguridad que no harían sino afianzarse y conformarse con el pasar de los años.

Meses después relata la apabullante interpretación de Mefistófele («Fausto») en Buenos Aires, una representación que lleva al límite físico y ocasiona que el cantante se desplome en mitad de escenario: «El público continuó durante cinco minutos pidiendo un bis, y yo me negué: la batalla no había terminado y aún teníamos que acabar. Estaba ronco y apenas podía seguir, pero (…) al final de ‘Baluardo m’è il vangelo‘ sentí que podía hacerlo y sostuve la nota hasta que me quedé exhausto, sin fuerzas, cambiando después al registros baritonal. Todo el teatro se levantó (…), me desplomé en el suelo, (…) e hicieron falta cuatro personas para levantarme, estaba tan cansado», escribe.

Pánico escénico, sí

El que fuera rey indiscutible del Metropolitan sabe cómo cantar al público de Nueva York. Se emplea, por supuesto, pero aligera el personaje de carga dramática y lo explica así en una carta fechada en junio de 1900: «El estrés dramático no tiene ningún efecto aquí, porque cuando me valgo de lágrimas y sollozos me aplauden con bastante frialdad; sin embargo, al cantar como un autómata todos se alegran y enloquecen. Me he dado cuenta de que en lugar de cansarme dando, dando y dando más y más, canto con menos esfuerzo, económico, y sé que funciona para el público estadounidense. Es ahí cuando exclaman al unísono: «¡Ah! ¡Qué bien canta Caruso este año! ¡Magnífico!»‘. Y de esta manera, público y artista salen ganando.

Nacido en 1873 en un barrio pobre napolitano en el seno de una familia humilde de nueve miembros, el niño Enrico ya prometía y pronto dejó el oficio paterno, de mecánico, para dejar oír su voz, prodigiosa, tanto como para hacer exclamar al mismo Puccini tras escucharle interpretar el aria «Che gelida manina» que canta Rodolfo en «La bohème«: «¿Quién te ha mandado aquí, ha sido Dios?». Sin embargo, la superestrella de la ópera era humana y sentía miedo, a veces casi paralizante, que narraba de puño y letra a Ada, como en estos folios escritos desde Londres en 1904: «Antes de que empiece cada actuación me pongo tan nervioso que soy casi bestial con todo el mundo (…) dicen que la manzanilla funciona bien para aplacar los nervios». Y entre las óperas que interpretó, mantuvo una lucha particular con «Rigoletto» de Verdi: «Me da un susto de muerte», escribió. Gema Pajares

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