Crítica: András Schiff, el “hombre tranquilo”, cierra la “semana prodigiosa” del Palau de la Música
András Schiff, el “hombre tranquilo”, cierra la “semana prodigiosa” del Palau de la Música
TEMPORADA PALAU DE LA MÚSICA. Recital András Schiff (piano). Programa: Obras de Bach, Haydn, Mozart y Beethoven. Lugar: València, Palau de la Música (Sala Iturbi). Entrada: 1.790 espectadores (lleno). Fecha: domingo, 22 febrero 2026.

András Schiff deslumbra en el Palau de la Música de València
András Schiff cerró el domingo la prodigiosa semana pianística programada por el Palau de la Música. Siete días en los que la Sala Iturbi ha disfrutado las actuaciones de tres colosos del piano contemporáneo tan únicos y diferentes como Grígori Sokolov, Seong-Jin Cho y el propio Schiff. Hacía años que el pianista húngaro, nacido en Budapest en 1953, no actuaba en València. La espera bien ha merecido la pena, y se cerró con un exitazo solo comparable a los cosechados por el ruso y el surcoreano.
Schiff ha regresado con la parsimonia de siempre, aireando la misma devoción por Bach –“el más grande”, dijo-, pero ahora sustentado en un pianismo renovado, con un uso generoso del pedal, y sonoridades, dinámicas y registros que recurren sin miramientos a las inspiradoras posibilidades que brindan los avanzados pianos actuales. También las métricas y los “tempi” se han vuelto más libres y heterodoxos. Donde dije digo, digo Diego… ¡Bravo!
Recital atípico: tanto tanto que acaso ni fue recital. Durante cerca de tres horas, Schiff habló y tocó de lo divino y de lo humano, sin programa previo, con obras de Bach, Haydn, Mozart y Beethoven, “explicadas en directo por el maestro Schiff”, como rezaba el programa de mano sin especificar repertorio concreto. Hubo, efectivamente, muchas palabras, enunciadas a media voz, con deje templado y confidencial, en un inglés trufado de español e italiano, en el que contó sin tapujos datos, hechos, opiniones y hasta gracietas, como cuando anunció que iba a tocar el Concierto italiano de Bach, “quien nunca estuvo en Italia, ¡Pobre!”.
Cuando ya rondaban las diez de la noche -el “recital” había comenzado a las 19 horas-, el público que abarrotó la Sala Iturbi -incluidas las localidades de coro- se marchó más feliz que una perdiz, convencido de que había asistido a un “recital para la historia”, como ha escrito con justificado entusiasmo el colega Joaquín Guzmán, y después de arrancar tres obras fuera de programa: El Vals en la menor opus 34 número 2 de Chopin, el por Schiff muy ornamentado primer movimiento de la ”Sonata fácil”, K 545, en Do mayor, de Mozart, y el Tercer impromptu, D 899, en Sol bemol mayor, de Schubert. No llegó a los consabidos seis bises de Sokolov, pero casi…

Imagen del concierto
Diverso y renovado, Schiff toca y tocó tan maravillosamente como siempre. Con su Bach (ahora con pedal), sus claridades y certezas. Como si sus interpretaciones actuales (como las de antes) no tuvieran alternativa ni cupiera diferente visión. Aunque no levanta la voz, de palabra y toque se muestra categórico y certero. Taxativo. Aunque también todo lo contrario.
Tanto como cuando decía que Mozart no se puede tocar “en un piano Steinway, de sonido tan objetivo”, y ahora va y toca tan contento y tan maravillosamente como siempre la Fantasía en do menor, K 475, que es como el Don Giovanni resumido en quince minutos”, una jiga (la en Sol mayor, K 574) el Rondo en la menor, K 511, o el ya citado primer movimiento de la “Sonata fácil”
Fue una velada íntima, casi de mesa camilla. Iniciada, ¡claro!, con Bach, con el aria de las Variaciones Goldberg, que sonó a introducción purificadora para preparar al oído y el sentir de los espectadores ante todo lo que estaba por venir. Luego, en el Olimpo bachiano que Schiff convirtió el Palau de la Música, se sucedieron, entre otras obras, la Fantasía cromática y fuga, la Quinta suite francesa, y, finalmente, el Concierto italiano.
“Bach nunca estuvo en Italia, tampoco en España ni en ningún otro sitio. Siempre en Alemania, pero conocía perfectamente la música que se hacía en el resto de Europa”. Su interpretación, tan libre, tan precisa, clara y natural, fue uno de los momentos más fascinantes del inolvidable concierto.
De Haydn, “un compositor que nada tiene que envidiar a Mozart”, interpretó los dos movimientos de la Sonata en sol menor, Hob. XVI/44 que arraigó y articuló decididamente en su mundo clásico y dieciochesco, tan cercano -y lejano al mismo tiempo- a Mozart, y en la encrucijada con un Beethoven que llama a las puertas.
Tras la pausa, recaló finalmente Beethoven. En el flamante treintañero -aunque ya bien afirmado- creador de la Sonata Tempestad. Corre 1801 y la sordera comienza a dar sus primeras señales. Schiff clarifica y se mete en la piel del “Sordo de Bonn!, lo emplaza firmemente en el incipiente romanticismo y se regodea en el nuevo universo estético.
Desde esta perspectiva, carga de fantasía y carácter improvisado el primer y vehemente primer movimiento, y se explaya con inusitada efusión en el cantable Adagio central. Luego, en el Allegretto conclusivo, templa el tiempo para explayarse en una visión primero lírica y luego acelerada y sumergida en la “tempestad” que, como explicó al presentar la sonata, “está inspirada por la lectura de la obra de teatro homónima de Shakespeare”.
Fue el colofón de un recital en el que Schiff, sin renunciar a sí mismo y a la coherencia vital y artística que ha marcado su carrera veterana, se reveló renovado y desencorsetado de presupuestos y reglas. Fue, en es este sentido, el más libre y espontáneo intérprete. Un artista de su tiempo, que no vacila en incluir en su currículo que “en marzo de 2025 canceló todas sus actuaciones previstas en Estados Unidos en protesta contra las políticas de Donald Trump y sus partidarios”. Otro gallo nos cantaría si todos hicieran -hiciéramos- lo mismo. András Schiff, genio y figura, pero, sobre todo, hombre tranquilo.
Publicado en el diario LEVANTE























Últimos comentarios