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Por Publicado el: 15/05/2022Categorías: En vivo

Crítica: Las bodas de Fígaro en la Ópera de Viena

La tradición como revolución

Viena, Staatsoper, 12 de mayo de 2022. Le nozze di Figaro. Michael Nagy, Maria Bengtsson, Regula Mühlemann, Peter Kellner, Isabel Signoret, Stephanie Houtzeel, Robert Bartneck, Andrea Giovannini, Marcus Pelz, Johanna Wallroth. Coro y Orquesta de la Wiener Staatsoper. Director de escena: Jean-Pierre Ponnelle. Director musical: Adam Fischer.

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Las Bodas de fígaro en la Ópera de Viena

Uno ha visto ya tanto desvarío escénico y tanta supuesta genialidad que no hace sino ensuciar o, directamente, destrozar tantas y tantas óperas, que se agradece, como un soplo de aire limpio, volver a los clásicos de la dirección de escena operística. Cincuenta años tiene, nada menos, esta producción de Jean-Pierre Ponnelle y ahí sigue, tan fresca y eficaz, tan brillante y tan elegante, con ese buen gusto que caracterizó a su autor; y, a la vez, tanta sabiduría teatral a la hora de resolver las situaciones y los gags. Rica en detalles de escenografía, con iluminación clara llena de matices cromáticos, alcanza en la última escena, la del bosque de los pinos, su máximo nivel de eficacia y de despliegue escenográfico. Lo dicho, una delicia y un toque de atención hacia quienes habría que recordarles aquello de Manuel Vicent: «Quita tus sucias manos de Mozart».

Adam Fischer llevó la velada en volandas, con mimo y con una maravillosa sabiduría mozartiana a la hora de plantear los tempos y, sobre todo, de establecer una soberbia transparencia en el sonido orquestal. Con la tersura de las cuerdas vienesas, aquí con vibrato contenido y con una articulación que huía del excesivo legato, Fischer hizo que todas y cada una de las frases instrumentales, especialmente las de las maderas, fuesen perfectamente identificables, con un equilibrio exquisito. No se dejó llevar por tempos morosos, más bien imprimió un ritmo vivo, que no atolondrado, buscando siempre la mayor eficacia expresiva en una orquesta que con Mozart alcanza un protagonismo excelso.

Buena selección de voces, como era de esperar de un teatro que lleva a Mozart en sus venas. Cabe señalar el acierto a la hora de distribuir los cantantes para los roles del Conde y de Fígaro, optando por la voz algo más oscura y densa de Nagy para el Conde y la más fresca y juvenil de Kellner para su criado. Ambos, sobrados de volumen y de proyección y con estupendas dotes actorales, plegaron sus voces a matices y acentuaciones muy expresivas. Comenzó fría la Condesa de Bengtsson con un «Porgi amor» en el que le costaba sacar adelante la voz y controlar el vibrato, pero conforme la acción avanzaba se afirmó su emisión y fue capaz de realizar bellas regulaciones en «Dove sonno«, con una repetición en piano de muchos quilates. Quien estuvo espléndida de principio a fin fue Mühlemann como Susanna, con una voz fresca, muy timbrada y que llenaba sin problemas la sala; pero, sobre todo, con un fraseo y una actuación que dejaban patente la total identificación con su personaje. Maravilloso su legato en «Deh, vieni, non tardar«. Ambas sopranos estuvieron conmovedoras en una «Canzonetta sull’aria» cantada como una fina filigrana, a flor de labios y llevada por Fischer como entre algodones.

Signoret, integrante del Opernstudio de Viena, puso su voz aterciopelada y su delicadeza en la manera de desplegar las frases al servicio de un Cherubino poético y lleno de delicada feminidad. Aunque eficaces desde el punto de vista teatral, las voces de Houtzeel y Bartneck como Marcellina y Basilio respectivamente estuvieron un peldaño por detrás de las anteriores por mor de emisiones traseras y timbres poco definidos. Y una delicia la Barbarina de Wallroth, otra estudiante de la academia de la Staatsoper, un auténtico cascabel de perfecta emisión y delicadeza en el fraseo. Andrés Moreno Mengíbar

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