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krystian-zimermanCrítica: El toque exquisito de Krystian Zimerman en el Festival de Granada
Por Publicado el: 18/07/2020Categorías: En vivo

Crítica: ¿Decepción en el Festival de Granada?

69º Festival Internacional de Música y Danza de Granada

¿Decepción?

Orquesta Ciudad de Granada. Krystian Zimerman (piano y director). Adolfo Gutiérrez Arenas (violonchelo), Christopher Park (piano). Obras de Beethoven. Lugar: Granada, Palacio de Carlos V y Hospital Real. Fechas: 15 y 16 julio 2020.

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Krystian Zimerman

Salieron decepcionados algunos -quizá demasiados- melómanos de la primera jornada del ciclo integral de los conciertos de Beethoven que esta superpianística edición del Festival de Granada ha promovido con Krystian Zimerman (1956) como pianista y director al frente de la Orquesta de Ciudad de Granada. Desde luego, tenían sus razones: si esperaban encontrarse al pianista perfecto, alquimista de todo, previsible y ortodoxo, se encontraron a un artista libre y hasta un punto heterodoxo, con sus notas rozadas y hasta erradas, pegado a la partitura a lo Richter y con un sonido pequeño, quizá demasiado pequeño. “¡Este Zimerman no es mi Zimerman!”, llegó a comentar alguien. “Si me apuras un poco, está más cerca de Glenn Gould que de sí mismo”, dijo otro decepcionado.

Y sin embargo este “nuevo” Zimerman es el mismo de siempre. Consecuencia de una madurada evolución personal, pianística y artística que se expresó con poderosa convicción en su interpretación el jueves de los dos primeros conciertos de la serie. En el “marco incomparable” del Palacio de Carlos V, el pianista polaco ha sido el excepcional intérprete de siempre, quizá con una única culpa: no haber sabido lidiar con los problemas, adversidades e incomodidades que representa hacer música en un espacio al aire libre, con un molesto vientecillo, unas mascarillas que le incordiaban visiblemente –entre concierto y concierto cambió de una rígida negra a la normal que venden en los chinos-, una orquesta entregadísima pero que no era la Filarmónica de Viena, y, quizá lo más relevante: no haber calibrado la pérdida de sonoridad que supone utilizar al aire libre un piano desprovisto de su tapa, con lo que buena parte del sonido iba directamente de la caja de resonancia a las estrellas. Para colmo de males, lo de tocar pegadito a la partitura para algunos aficionados es señal de tener el concierto cogido con alfileres. Lo cual, claro, es una estupidez.

Y ya dicho esto, hay que enfatizar que, pese a todas estas circunstancias, Zimerman estuvo inmenso en su primera actuación en el Festival de Granada, y se mostró como el “artesano de la pasión” que siempre ha sido. Su Beethoven mantiene intactas sus cualidades de siempre, aquellas que hace ya décadas deslumbraron a todos en su portentosa grabación con Leonard Bernstein de finales de los años noventa, cuando por la muerte del creador de West Side Story el joven Zimerman concluyó el ciclo dirigiendo él mismo los dos mismos primeros conciertos que ahora ha vuelto a tocar y dirigir en Granada, emulando aquella temprana y ya remota grabación.

Beethoven, de la mano de Zimerman, se afirma y regodea en sus miradas clasicistas, en ese talante juvenil tan pleno de la “belleza sensual y luminosidad” de la que habla el inmaterial “programa de mano”. En su plenitud de curtido sexagenario, jugó con Beethoven desde la autoridad que le confiere su pasado. Estiró y aceleró los tempi con rigor, gracia clasicista y en el punto exacto de no convertir el juego métrico en plastilina. Hubo momentos sublimes, inolvidables, como en el Adagio central del Segundo concierto, que se escuchó convertido casi en un adaggisimo, a la manera de Celibidache, algo que permitió al perfecto orfebre hacer maravillas con el fraseo y llevar el sonido a los pianísimos más imaginables y hasta inimaginables. Los profesores de la Orquesta Ciudad de Granada se implicaron con sutileza y pericia instrumental en el hipnótico sortilegio para generar todos al unísono momentos que no se olvidan jamás.

En el radiante Primer concierto hubo pulso, gracia, humor, sabor dieciochesco y pianismo de la mejor factura. Todo fue dicho siempre desde su sustancia clásica, tanto conceptualmente como pianísticamente, con una sonoridad que -cuestiones de la pobre proyección aparte- Zimerman quiso deliberadamente tenue y contenida, empeñada en su condición concertante y en rememorar la realidad del limitado instrumento que Mozart conoció. Fueron versiones de claridad y transparencias arrolladoras. Si Zimerman rozó o no más o menos notas, queda en anécdota reservada  a los “beckmessers” que se dedican a contar errores. Ellos se lo pierden.

Grande se mostró también Zimerman como concertador o director de orquesta, con esa capacidad exclusiva de los grandes maestros de comunicar a la orquesta con mínimos gestos lo que quieren y sienten, y eso pese a perder la posibilidad de expresarlo con la cara, siempre oculta tras la maldita mascarilla. Y también como los buenos directores, apenas se preocupó de marcar lo obvio. Le bastaron algunas pinceladas, entradas, detalles y guiños para contagiar a la orquesta de su pulso métrico y vital. En ningún momento fue un “pianista que dirige”, sino un artista excepcional que disfruta mientras hace y comparte música con sus colegas. Incluso durante las originales cadencias que tocó –también con la mirada clavada en la partitura- Zimerman logró integrar a la orquesta en su discurso solitario. ¿Qué hubo desajustes? Pues sí. Pero esta prometedora primera jornada de la integral de los conciertos para piano de Beethoven fue, definitivamente, cualquier cosa menos decepcionante.

Un día antes, el violonchelista Adolfo Gutiérrez Arenas (Múnich, 1974), se “encerró” junto al pianista Christopher Park para abordar el reto de tocar en una sola veda y sin interrupción las cinco sonatas de Beethoven. Para colmo, la acústica ingrata del sugerente pero poco acogedor Patio de los Mármoles del Hospital Real no era precisamente ideal. Otro “marco incomparable” que el miércoles fue un horno alimentado por  el mismo “vientecillo” que en el Carlos V, pero en versión abrasadora. Tres enemigos mortales para la música, y más para la camerística, y aún más para los instrumentos de cuerda frotada como el violonchelo.

El pobre Adolfo Gutiérrez casi estaba más preocupado de que las partituras no salieran volando del atril que de ocuparse de Beethoven. Por fortuna, su profesionalidad, tablas, talento y dominio instrumental pudieron con estos inconvenientes e hicieron posible que él y Beethoven salieran más que airosos del brete. Contó para esta proeza beethoveniana y violonchelística con la segura complicidad del piano de Christopher Park, cuya colaboración hubiera acabado de perfilarse de haber contenido unos impulsos decibélicos que se mostraron excesivos para la compleja realidad acústica del marmóreo patio. Justo Romero

Publicada el 18 de julio en el Diario Levante.

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