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Por Publicado el: 16/02/2018Categorías: En vivo

Crítica del concierto de Gergiev con la «Resurrección»

Ciclo de La Filarmónica

Crítica del concierto de Gergiev con la «Resurrección» de Mahler en el Auditorio Nacional

Gergiev impregna Mahler del poderío ruso

“Segunda sinfonía” de Mahler. Anastasia Kalagina y Yulia Matochkina. Orfeón Pamplonés y Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky. Valery Gergiev, director. Auditorio Nacional. Madrid, 14 de febrero de 2018.

Gonzalo Alonso

La influencia rusa, de la que tanto se habla políticamente estos días, se extiende por España gracias a la gira –Pamplona, Barcelona, Madrid, Valencia y Alicante- de Valery Gergiev con sus huestes del Mariinsky y la excepcional compañía de uno de nuestros mejores y más veteranos conjuntos corales, el Orfeón Pamplonés que celebra sus 150 años de vida y que recientemente ha recibido la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes.

Programas diferentes en la gira, correspondiendo a Madrid la “Segunda sinfonía” de Mahler, una obra de gran formato que precisa un extenso trabajo detrás. Gergiev no es de los maestros más aficionados a los ensayos y muchos de sus conciertos con orquestas europeas resultan por ello problemáticos. Afortunadamente no ha sido esta vez el caso, ya que su orquesta y él comparten una compenetración total, tanta que apenas le hace falta utilizar la mano izquierda, si no es para insistir en algún piano. Dio gusto escuchar todas y cada una de las secciones de la agrupación, empezando por las cuerdas graves en los acordes iniciales, preciosas las maderas e impactantes los metales y la percusión. Tanta calidad se puso al servicio de una lectura rotunda, de gran brillantez, como una batalla de los ejércitos rusos, quizá porque en días anteriores habían abordado “Alexander Nevsky”. Fue impresionante la culminación dramática del primer tiempo, que dio paso a un “andante” al que quizá le faltó algo de hondura hasta que los metales lo cerraron en su especie de grito desesperado, para dejar paso al canto concentrado de la mezzo Yulia Matochkina, que estuvo impecable y a la que Gergiev supo colocar donde convenía dada la acústica del Auditorio Nacional. Correcta la soprano Anastasia Kalagina en el dúo de ambas previo a la intervención del Orfeón Pamplonés, mostrando estos primero la calidad de sus pianos, sentados como se requiere, y luego su potencia sin perder empaste al levantarse para gritar “¡Moriré para vivir!”. Un gran concierto por el poderío de su interpretación, a pesar de la desaparición del órgano, quizá más atento a la espectacularidad que a la profundidad y por ello diferente al que años ha ofreciese Abbado con el Orfeón Donostiarra, pero impactante en cualquier caso. Una pena que las notas al programa de mano no tuvieran el mismo mimo que Gergiev mantuvo en el podio. ¿Qué es eso de “el maíz mágico del muchacho” para referirse a “Das Knaben Wunderhorn”?

Un comentario

  1. Manuel 20/02/2018 a las 14:46 - Responder

    La desaparición del órgano fue imperdonable, y dificilmente justificable. El tempo acelerado en los últimos compases del finale desdibuja casi 90 minutos de trabajo de la orquesta, pero con Gergiev ya sabemos lo que hay. Los músicos fantásticos, por cierto. Al final uno se queja por gusto.

    Muy grande el encargado de traducir wunderhorn, al que se le deslizó una k donde iba una h.

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