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Crítica: sorprendente y desconocido Giménez
Por Publicado el: 05/12/2018Categorías: En vivo

Critica: “Dele caña, despáchese a gusto”

“Dele caña, despáchese a gusto”

LA FLAUTA MÁGICA. Singspiel en dos actos; libreto de Emma­nuele Schikaneder, música de Wofgang Amadeus Mozart.  Repar­to:Wilhelm Schwinghammer (Sarastro), Mariangela Sicilia (Pamina), Dmitri Korchak (Tamino), Tetiana Zhuravel (Reina de la noche), Mark Stone (Papageno), Júlia Farrés-Llongueras (Papagena), Moisés Marín (Monostatos), Camila Titinger (Primera dama), Olga Siniakova (Segunda dama), Marta Di Stefano (Tercera dama),Deyan Vatchkov (Orador, Primer sacerdote), etcétera. Dirección de escena:Graham Vick. Escenografía y vestuario:Stuart Nunn.Iluminación:Giuseppe Di Lorio. Coreografía:Ron Howell. Cor de la Generalitat Valenciana. Director de coro.Francesc Perales.Orquestra de la Comunitat Valenciana. Direc­ción musical:Lothar Koenings. Lu­gar:Palau de les Arts. Entrada:1700 localidades (prácticamente lleno). Fecha:Sábado, 1 diciembre 2018 (se repite los días 4, 7, 9, 13 y 15 de diciembre).

“Dele caña, despáchese a gusto”. Bastantes veces escuchó el crítico este consejo y otros menos publicables de melomános cabreadísimos a la salida el sábado del estreno de La flauta mágica en el Palau de les Arts. Incluso el mismísimo jefe de Cultura ofrecía a su crítico espacio para contar en detalle lo mucho ocurrido. Segundos antes, esos aficionados y muchísimos más provocaron el mayor escándalo jamás escuchado en el Palau de les Arts. Aquello parecía el Teatro de los Campos Elíseos de París el 29 de mayo de 1913, cuando el estreno de La consagración de la primavera provocó un guirigay de aquí te espero.

En Valencia, en Les Arts, cerca de la mitad de la platea se marchó bramando en arameo sin esperar casi a que el maestro marcara las últimas notas de Mozart. De los que se quedaron, la mayoría mostró airadamente su disgusto con gritos, pitidos y palabras para todos los gustos. El ambiente invitaba: la sala estaba invadida por una escenografía de banderas, pancartas y banderolas repletas de tópicos. “Pensions justes, ja!”  “Contra la violencia maschista” “Corrupción no ¡Basta ya” “No más recortes” “Democracia real ya” etc. etc. etc… A Francisco Camps, que tanto gustaba delimitar los confines morales de las producciones operísticas del Palau de les Arts de su tiempo, le hubiera dado un verdadero patatús, quizá un soponcio.

Y sin embargo, todas estas antiguallas de la decepcionante, demagógica y simple producción del en esta ocasión no gran Graham Vick (1953) son lo menos escandaloso de un concepto que podría ser digerible hace medio siglo, pero hoy, tras tantas cosas vistas y ocurridas, el recurso es manido y más viejo que el charlestón. Parodiar y caricaturizar así a iglesia, banca y ejército como enemigos del pueblo oprimido, de  manera tan simple y banal, parece más propio de chirigota del Carnaval de Cádiz que reflexión de uno de los grandes nombres de la escena operística de las últimas décadas. Incomprensibles las palabras incluidas en el programa de mano, en las que Vick sostiene que para “mi quinta producción de La flauta mágicahe concebido una versión totalmente novedosa, incluyendo un final más abierto que suscita muchas preguntas y subraya cosas que siempre he creído que están en la obra, como por ejemplo, el papel de la mujer” (sic).

Más allá de la parodia o de la gracieta de semejante carnavalada, subyace el atropello absoluto a la obra de arte. Vick, con esos terribles diálogos traducidos al español y otros de su propia cosecha en forma de sainete o de chascarrillos más propios del Teatro Chino de Manolita Chen que de un Singspielmozartiano, ha devaluadoLa flauta mágicaa un panfleto cargado de morcillas y banalidades. El excepcional dominio escénico del director inglés y la previsible y efectiva escenografía de Stuart Nunn –evidentemente, en ella no falta la basílica de San Pedro ni la sede de Apple ni la de la CEE con el símbolo del € en lo más alto; ¡se le olvidó el Alcázar de Toledo y la bandera con el aguilucho!- fueron marco de una representación que más parecía una función barata de Agua, azucarillos y aguardienteque la puesta en escena de la última obra escénica de Mozart. El bailecito final, cuando se desploman los símbolos del poder –San Pedro y etc.- y el pueblo triunfador festeja su triunfo fraternal sobre el poder opresor, es una de las secuencias más bochornosas e irritantes soportadas en un teatro lírico.

Sin embargo, el escándalo más mayúsculo de esta fracasada inauguración de temporada no radica en semejante puesta escena. Aparte del disparate de los recitativos y postizos en el peor español imaginable, el reparto vocal era absolutamente inapropiado para un templo operístico como el Palau de les Arts y una ciudad como Valencia. Únicamente la Pamina conmovedora, emotiva, creíble y bien cantada de Mariangela Sicilia y el Tamino puro, noble y bien definido de Dmitri Korchak lograron elevar la destemplada temperatura musical de la noche. Aunque con tanta injerencia y escándalo escénico, era difícil, imposible quizá, hacer música y recrearse en ella. Tal era el bullicio escénico y la molesta verborrea que llegaba desde todas las partes de la sala, amplificaciones electrónicas incluidas.

La Reina de la noche fue la ucraniana Tatiana Zhuravel, soprano ligera con sobreagudos rotos, registro media inaudible y grave inexistente. Menos mal en su segunda aria –Der Hölle Rache– que en la primera  –O zittre nicht, mein lieber Sohn-, donde las pasó canutas para resolver las exigentes coloraturas. El alemán Wilhelm Schwinghammer supuso un Sarastro sin la solemnidad ni el peso ni fondo vocal que requiere tan sacerdotal personaje, mientras que el divertido Papageno de Mark Stone indagó más en las aristas bufas que en la importancia vocal del no solo pajarero.

Airoso salió el tenor granadino Moisés Marín con el amalgamado y ágil papel del malvado y enamoradizo Monostatos. Cantó con estilo y calidad su única aria, “Alles fühlt der Liebe Freuden”. A su lado, la sobrecaricaturizada Papagena de Júlia Farrés-Llongueras marcó algunos de los momentos más hilarantes de la noche, metida cual contorsionista de tropecientos mil años en un cubo de basura. Insufrible el Orador del ¿bajo? búlgaro Deyan Vatchkov y las tres damas de la Reina de la noche, aquí casi convertidas en tres casquivanas hijas del Rin  en su fallido/fingido intento de seducir a Pamino/Alberich. A tono con el deslucido nivel vocal, los tres angelicales niños apenas rasparon el aprobadillo. Eso sí, irrumpieron en escena muy graciosa y velozmente, cada uno sobre su patinete eléctrico. Y parecía que a más de 30 Kms. por hora. Por fortuna, el alcalde Joan Ribó no asistió al estreno. ¡Se salvarán de la multa! Si fueron testigos del desaguisado el Presidente Puig y el Ministro Guirao. Camps se salvó del bochorno. También del ya dimitido director general de la casa, Francisco Potenciano, hombre del  Ancien Régimeque llegó desde Torrent de la mano poco recomendable de María José Català.

Entre tanto lío escénico, sonoro y administrativo, es arriesgado valorar el trabajo de la Orquesta de la Comunitat Valenciana, gobernada con más rutina que excelencia por el alemán Lothar Koenigs. Sí se pudo apreciar, por sus continuas intervenciones coprotagonistas, la calidad de la flauta de la solista Magdalena Martínez. Fueron ellas dos lo más mágico de una noche para el olvido que quedará en el recuerdo. ¿Se habrán quedado a gusto los espontáneos consejeros del crítico?. Justo Romero

Publicado en el diario Levante el 2 de diciembre de 2018

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