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Por Publicado el: 01/06/2019Categorías: En vivo

Crítica: Don Metrónomo frente a the Age of Enlightenment

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Thierry Fischer

TEMPORADA DE PRIMAVERA DEL PALAU DE LA MÚSICA

Don Metrónomo

Orquestra of the Age of Enlightenment. Director: Thierry Fischer. Solista: Alina Ibragimova (violín). Obras de Elgar (Serenata para cuerdas en mi menor, opus 20), Strauss (Concierto para violín y orquesta en re menor, opus 8) y Sibelius (Sinfonía número 2 en Re mayor, opus 43). Lu­gar: Palau de la Música (Sala Iturbi). Entrada: Alrededor de 1.500 personas. Fecha: Miércoles, 29 mayo 2019.

Andaba tan, tan empeñado el flautista y director de orquesta suizo nacido en Zambia Thierry Fischer (1957) en quitar glucosa al programa, que se pasó tres telediarios, hasta parecer una especie de Don Metrónomo obsesionado en cuadrar matemáticamente los inertes programas y no salirse de madre. Sustituía a un a última hora indispuesto Vladímir Yúrovski, y tuvo el arrojo de mantener el programa anunciado, que transitaba desde las pastosidades victorianas de Edward Elgar al romanticismo tardío pero no por ellos menos romántico del Sibelius de la Segunda sinfonía. En medio, el bien olvidado y juvenil Concierto para violín de Strauss, obra con la que el propio creador de El caballero de la rosa se encontraba a disgusto. ¡Y con razón!

Lo mejor del concierto fue sin discusión la muy estupenda Orquestra of the Age of Enlightenment, conjunto espléndidamente empastado, configurado por veteranos instrumentistas de alto nivel –entre sus filas no faltaba el clarinetista Antony Pay– que saben escucharse y disfrutar fusionando y articulando sus estupendas individualidades con el colectivo. Los colores, registros, planos y fraseos alcanzan así particular sedosidad, redondez, afinación y unicidad. Thierry Fischer no supo llevar más allá esta excelencia ni utilizar el instrumento formidable que tenía bajo sus manos –no utiliza batuta- para realzar los mil detalles, inflexiones, arco dinámico y otras muchas posibilidades artísticas, expresivas y de todo orden que brinda un conjunto sinfónico de semejante calidad. Pero su Segunda sinfonía de Sibelius sonó y se sintió exenta de ese aire nostálgico y melancólico, tan nórdico y luminoso, que distingue la música del longevo compositor finlandés. En línea con su inclinación metronómica, las grandes transiciones y evoluciones temáticas se percibieron encorsetadas y contenidas, casi estranguladas. Los característicos clímax sibeliusianos se quedaron comprimidos por tanto rigor métrico y la mesura de un maestro al que parecía faltarle un hervor.

Fue, en cualquier caso, la sinfonía de Sibelius que cerró el programa lo mejor escuchado en una tarde que hubiese sido muy diferente de haber contado con la batuta anunciada de Yúrovski. Los tres movimientitos de la Serenata para cuerdas de Elgar se sucedieron sin pena ni gloria, haciendo realidad aquello que decía y escribía el influyente musicólogo Federico Sopeña: “Hay dos clases de música, la buena y la mala, que es la inglesa”. Casi inglés en el sentido sopeñiano parece el rimbombante Concierto para violín que escribe Strauss con apenas 17 años. La correcta, buena pero no sobresaliente, violinista rusa Alina Ibragimova (1985) tampoco ayudó a enriquecer el concierto con un sonido seguro y perfectamente afinado y controlado, pero escaso de aliento y corto en sonoridad. Los aplausos generosos del público que casi llenó la Sala Iturbi no fueron suficientes para arrancar una propina a la violinista de Polevskoi. Fue un buen concierto. Ni más, ni menos. Justo Romero

Publicado el 31 mayo en el diario LEVANTE.

Un comentario

  1. Carmen rosende 02/06/2019 a las 15:16 - Responder

    No he visto la crítica al concierto del viernes 31 en el palau. Sobre todo a la puanista Varvara.

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