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Por Publicado el: 22/11/2019Categorías: En vivo

Crítica: El bisturí de Steffens abre la temporada de La Filarmónica

INICIO DE TEMPORADA DE LA FILARMÓNICA

El bisturí de Steffens

Karl-Heinz Steffens

Obras de W. A. Mozart y L. v. Beethoven. Orquesta de la Ópera de Praga. Director musical y clarinete: Karl-Heinz Steffens. Auditorio Nacional, Sala Sinfónica. Madrid, 19-XI-2019.

El paso del tiempo y lo multidisciplinar no dejan nada inalterado. Karl-Heinz Steffens fue un clarinetista excepcional, de sonoridad plena y un sentido del fraseo poco común. Técnicamente muy completo, el que fuera primer clarinete de la Berliner Philharmoniker comenzó a simultanear hace más de una década la interpretación con la dirección de orquesta, para ir centrándose cada día más en la batuta. Se ganó y se perdió. De aquel clarinete hoy se han ido buenas dosis de virtuosismo, algo de la redondez de su sonido en el registro agudo y parte del volumen. Pero queda, por encima de cualquier cosa, un ataque a los pianísimos absolutamente increíble, y mucho fiato para alargar esas sensaciones. Por ello su Adagio del famoso Concierto para clarinete en La mayor de Mozart se extendió más de lo que insinúa la partitura, que no busca una franca melancolía sino un sentido de la añoranza algo más pudoroso. Con ataques largos y limpios, Steffens aprovechó el hedonismo implícito de la escritura musical para ofrecer su visión más romántica que clásica de la obra. La Orquesta de la Ópera de Praga acompañó durante toda la partitura con una buena sección de violines, tersa y compacta y un viento totalmente átono, con algunos desfases rítmicos evidentes.

La apuesta por lo dialógico en la segunda parte, centrada en la Novena Sinfonía de Beethoven, fue muy evidente, desde la propia distribución de la orquesta hasta la estratificación de niveles sonoros. Se buscaba esa conversación entre secciones, que se interrogan, se responden, se completan. Lo que en Mozart tiene mucho interés, por su capacidad para las arquitecturas simétricas, no lo es tanto para Beethoven, que tiende más a la quiralidad. El primer movimiento tuvo mucho de caótico, que en definitiva es lo que pretende, pero mejor ordenado. La construcción era demasiado marcada, diseccionada con bisturí para dejar ver las partes. El empuje de la cuerda no tapaba las carencias de los metales, muy poco atinados durante toda la noche. El Scherzo sí que se benefició del concepto pétreo de Steffens, con un timbre oscuro y seductor muy bien mantenido durante todo el movimiento. Con todo, la interpretación no tuvo la altura precisa hasta la intervención del Orfeón Donostiarra, dúctil, de empaste magnífico y sin languidez. A lomos de su potencia y un desigual cuarteto se llegó a un final menos catártico de lo acostumbrado en lo instrumental pero bien ejecutado en líneas generales.

Se aplaudió con generosidad, principal (y merecidamente) al coro, aunque uno siempre tiene la sensación de que en estas obras esenciales en la historia cultural de Occidente el aplauso reconoce más a la magnitud compositor que a la del intérprete. Mario Muñoz Carrasco

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