Crítica: El “Réquiem” de Dvorak en la ONE, de la oscuridad a la luz
Dvorák: Requiem. Sonja Saric, Anna Brull, Nattha Thammathi, Petar Naydenov. Coros Nacional y de la Comunidad de Madrid. Orquesta Nacional. Directora: Oksana Lyniv. Auditorio Nacional. 20 de marzo de 2026.

Oksana Lyniv dirigió con técnica muy suelta
No es frecuente entre nosotros la programación de una obra tan ambiciosa, compacta, variada y exigente como el Requiem de Dvorák, aún más imponente que el Stabat Mater del mismo compositor. Por eso hay que celebrar su presencia en los atriles del conjunto madrileño. Y en una interpretación muy plausible y esforzada, en la que se ha notado la experiencia y el savoir faire de una directora muy solvente como es la ucraniana Oksana Lyniv, que debutaba al frente de la ONE.
Y lo ha hecho con fortuna, pues ha puesto de relieve una técnica muy suelta y resuelta, con un elegante bamboleo, un gesto amplio y abierto y un control de las dinámicas y de la medida, nada encorsetados; lo que ha promovido una interpretación con las cosas en su sitio y una general claridad de las a veces complejas estructuras sinfónico-corales.
Con el recuerdo de la música de Bach (Misa en Mi menor, por ejemplo) siempre presente, esta partitura de Dvorák, extraída en buena parte del acervo popular bohemio (o de zonas más al Este), revela un colorido, un lirismo, que emana de sus melodías, unos claroscuros –en los que intervienen, por supuesto, las capacidades modulatorias- que llegan muy directamente a cualquier oyente.
Esta música nos lo muestra como creyente entusiasta, capaz de hacer música en alabanza del Creador o en servicio a determinadas cuestiones sacras; o evocando figuras o historias bíblicas; aunque no todos estos pentagramas estén desprovistos por completo de un sabor mundano que los conecta con las constantes compositivas dvorakianas, tan ancladas en la tierra, en la naturaleza, en la dimensión danzable, en los rasgos ancestrales de su tradición secular.
Los trece números de la partitura han sido reproducidos con intención y general claridad desde el lento y suave despertar del Requiem aternam y un coro (dos coros realmente) bien afinado, aunque con alguna que otra vacilación en el primer fortísimo. Bien construido el fugato del Graduale. El Dies irae puso a prueba la conjunción y la nitidez de la acentuación de la limpia batuta. En el Quid sum miser combinó con fortuna las cuatro voces solistas en un bien controlado fugato y consigió un soberano cierre en las cuerdas graves. Bien medidos los pianos del Pie Jesu y los contrastes dinámicos del Amen.
Aplaudimos los pianos y los pasajes a cappella del Faceas dentro del Hostias y las distintas, variadas y logradas combinaciones de líneas de tan rica partitura. Por fin, y sin nada que reprochar, llegó el cierre, con la expansión melódica del Agnus Dei y el remate de la impresionante fuga final, trazada con general limpidez y buena afinación.
Hubo en afortunado despliegue de solistas instrumentales: corno inglés (José María Ferrero), flauta (Álvaro Octavio Díaz), oboe (Víctor Manuel Anchel)… Y un meritorio desenvolvimiento general de todas las familias de la ONE, levantadas al final, y aplaudidas. Como los solistas: la serbia Sonja Saric, soprano lírica de buena línea, algo falta de volumen y pasajeramente esforzada; la barcelonesa Anna Brull, compacta, oscura y vibrátil; el tenor tailandés Nattha Thammathi, engolado y de ancho aliento, y el bajo búlgaro Peter Naydenov, corpulento y algo apagado a falta de relieve tímbrico.
Pero todos contribuyeron a que la nave, nada fácil de gobernar, pudiera llegar a buen puerto sin importantes desperfectos. Un aplauso también para Miguel Ángel García Cañamero, director del Coro Nacional, y Javier Carmena, director en funciones del de la Comunidad. Sala llena y didácticas notas al programa de la ilustre musicóloga María Encina Cortizo, que analiza y describe el proceso compositivo en busca de la claridad.





















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