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Por Publicado el: 11/12/2019Categorías: En vivo

Crítica: Festival de Música Antigua de Úbeda y Baeza (III)

Festival de Música Antigua de Úbeda y Baeza (III)

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Festival de Música Antigua de Úbeda y Baeza

8 de diciembre de 2019

Otra intensa jornada de conciertos y actividades se abrió en la Bodega de la Hacienda de La Laguna, en Puente del Arzobispo. El grupo italiano Neapolis Ensemble (Maria Marone, voz; Giuseppe Copia, guitarra barroca; Valerio Mola, viola da gamba; Fabio Soriano, flautas y dirección) recorrió en un ameno programa las relaciones entre las músicas populares del sur italiano y sus elaboraciones cultas en el siglo XVI y XVII. Con una voz eminentemente natural, cercana al canto folclórico, Marone enganchó al público desde el primer momento con su expansividad expresiva y su manera de dotar a estas músicas de tan acentuados ritmos, de toda la carga energética. Así fue especialmente en el caso del Antidotum tarantulae de Athanasius Kircher, interpretada por los cuatro músicos con una furia que recuerda que la tarantela nació como una danza agitada que debía hacer sudar el veneno a quien fuera picado por la tarántula. En esta misma misma pieza sobresalieron las complejas disminuciones de la flauta de Soriano.

Más tarde, en el Centro Asociado de la UNED de Úbeda, Alejandro Villar realizó un ameno y bien ilustrado muestrario histórico de las flautas de pico, desde el siglo XII de la Kalenda Maya de Rimbaud de Vaqueiras hasta el Recorder de Rodrigo F. Cádiz (2008). Villar mostró su gran dominio de los instrumentos, especialmente en las complicadas variaciones de Van Eyck. En la sala Pintor Elbo del Hospital de Santiago de Úbeda, a media tarde, el Sollazo Ensemble (Perrine Devillers, soprano; Víctor Sordo, tenor; Franziska Fleschanderl, salterio; Christoph Sommer, laúd; Anna Danilevskaia, fídula y dirección) trajo la música del primer Renacimiento italiano, el de la Florencia  de la segunda mitad del siglo XIV. Sobre la base de un enorme refinamiento expresivo en el que cada melisma y cada cláusula ornamental eran minuciosamente fraseadas, sobresalió la belleza tímbrica de la voz de Sordo, de emisión clara y dicción elocuente, frente a la emisión cerrada y poco articulada de Devilliers. Delicados los pasajes del salterio y muy detallista la fídula de Danilevskaia.

En el Auditorio del ya mencionado Hospital de Santiago, el cuarto concierto de la jornada estuvo a cargo del grupo español Nereydas, dirigido por Javier Ulises Illán. Se cumplen este año los 250 años de la muerte de Ignacio Jerusalem, un compositor nacido en Lecce (Italia), que trabajó como intérprete en Ceuta y en Cádiz y que acabó sus días como maestro de capilla de la Catedral de México. En torno a su figura y su música se ha desarrollado en estos mismos días un Congreso Internacional, que alcanzó su dimensión sonora con este concierto en el que se interpretaron por primera vez diversas obras religiosas. Música de gran calidad, plenamente integrada en el estilo galante, de inspiración melódica y muy bien escrita para los instrumentos (no en balde Jerusalem era violonchelista), estuvo mejor servida por parte de las voces que de los instrumentistas. Al grupo (dos violines, viola, violonchelo y clave/órgano) le faltó una mayor calidad de sonido global, pues la disparidad en materia de articulación, fraseo y afinación fue la tónica de todo el concierto. Una pena, porque un fragmento de la sorprendente calidad del Ecce enim, con sus partes concertantes para violín y violonchelo casi tan importantes como la línea vocal, sonó deslucido por culpa de los problemas de afinación del violonchelo y del sonido áspero del violín. Eso sí, en materia de voces el nivel no puedo estar más alto. Alicia Amo, con su voz angelical, su fraseo delicado y su dominio de la coloratura deslumbró desde el primer momento en la cantata “Paraninfos celestes. Junto a Filippo Mineccia tejió el delicado y delicioso dúo “Pedro amado”. Mineccia, con su voz de contratenor de voz ancha, centro poderoso, considerable volumen y agudos refulgentes, realizó una magnífica interpretación de la “Lamentación primera de Jueves Santo”, desplegando la ductilidad de su fraseo en continuas inflexiones y regulaciones dinámicas de fuerte carga expresiva. Pero donde rozó la sublimidad fue en la propina, un maravilloso “Dormi o fulmine di guerra” de la Giuditta de Alessandro Scarlatti (incluido en su última grabación, Siface, con este mismo conjunto): imposible modelar más ni mejor la voz ni llegar hasta el centro de la sensibilidad del oyente con la voz. Andrés Moreno Mengíbar

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