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Por Publicado el: 26/11/2022Categorías: En vivo

Crítica: Giulia della Peruta en el Real Círculo de Labradores de Sevilla

Italia y España unidas por una voz

****Programa: Obras de L. Boccherini, C. Broschi, G. Paisiello, V. Martín y Soler, F. Sor, G. Rossini, G. Verdi y G. Donizetti. Soprano: Giulia della Peruta. Piano: Emilio Bayón. Lugar: Real Círculo de Labradores. Fecha: Viernes, 24 de noviembre. Aforo: Tres cuartos.

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Giulia della Peruta (c) Federico Mantecón

Giulia della Peruta fue una de las ganadoras de la edición de 2021 del Certamen Nuevas Voces Ciudad de Sevilla que convoca la Asociación Sevillana de Amigos de la Ópera. Y en mayo de este año intervino como protagonista en la recuperación de la ópera Maria Padilla de Donizetti en el Espacio Turina, preparándose un papel tan complejo en menos de una semana. Pues bien, de entonces acá hay que sorprenderse del salto de calidad que ha dado esta joven cantante, que si ya entonces daba alas a las mejores esperanzas, ahora mismo es una artista en plenitud de facultades.

La voz es plenamente italiana, lo que quiere decir que la emisión es limpia, sin adherencias de la gola y sin vibrato, para de ahí proyectarse en la máscara según mandan los viejos maestros de canto. La voz está fuera en todo momento, lanzada con soltura pero con fuerza hacia la sala, que se llena con su sonido incluso con los más delicados pianissimi, como con los que atacó la primera arieta italiana de Sor, todo un susurro vocal plenamente redondeado y proyectado. O los que abrieron también el aria «Giusto ciel» de Il barbiere di Siviglia de Paisiello. En el terreno de la técnica vocal, della Peruta muestra siempre un control total sobre el sonido, abriéndolo o cerrándolo, creciéndolo y decreciéndolo a voluntad, sin saltos, sin cambios de color, con una línea ininterrumpida de sonido prolongada en el tiempo sin aparente esfuerzo. Domina los secretos de la coloratura, de las agilidades y de los abellimenti. Basten como ejemplos sus interpretaciones de piezas tan comprometedoras en este aspecto como el Aria accademica de Boccherini o el aria de bravura de Ifigenia in Aulide de Martín y Soler, todo un doctorado en materia de escalas, de saltos y de largas tiradas de semicorcheas en staccato rematadas por sobreagudos refulgentes.

Pero lo mejor de la italiana es que todo este bagaje técnico está puesto al servicio de lo más esencial: la expresividad, la transmisión de las emociones a través del fraseo. Aquí triunfó en buena ley con su legato, con la languidez y morbidez de su manera de enlazar las notas en una sola frase en el aria de Paisiello citada, o en la cavatina de Inés en el primer acto de Maria Padilla. Un fraseo que supo amoldarse al clima anímico de cada piezas, desde el más galante y bucólico de «Ogni di più molesto» de Carlo Broschi, el más juguetón y desenfadado de A Grenade! o de la Canzonetta spagnuola de Rossini, el más trágico y dramático de Lagrime mie d’affanno de Sor o el más festivo de «Mercè dilette amiche» de I Vespri Siciliani de Verdi, con su ritmo de bolero rematado en su diamantino Mi bemol.

Hay que añadirle el mérito de cantar con un acompañamiento tan errático como el Emilio Bayón, con notas erradas y acordes disonantes en sobreabundancia. Andrés Moreno Mengíbar

Publicada el 24 de noviembre en el Diario de Sevilla.

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