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Por Publicado el: 21/02/2019Categorías: En vivo

Critica: Incombustible Leonskaja

Elisabeth Leonskaja

Incombustible Leonskaja

Obras de Schubert. Elisabeth Leonskaja (piano), Liza Ferschtman (violín) e István Várdai (violonchelo). Ciclo Liceo de Cámara XXI del CNDM. Auditorio Nacional, Sala de Cámara. Madrid. 14-II-2019

La convivencia descentralizada de ciclos de todo tipo en el Auditorio Nacional trae de vez en cuando a los escenarios tormentas perfectas. Sin duda esta semana ha traído una de las más sonadas de los últimos meses: Pollini, Kissin y Leonskaja en cuatro días, un maratón de localidades agotadas, nostalgia de otros días y convivencia generacional. Representantes de tres universos expresivos distintos (y distantes), la personalidad musical de la pianista georgiana es quizás la que mejor se acerca a la mezcla de gigantismo creativo e inmediatez lírica de la música de cámara de Franz Schubert. De hecho el programa, que incluía los dos tríos con piano del compositor austríaco, podría ser sospechoso de excesivo o de haber medido mal sus ambiciones si no fuera Leonskaja quien lo articulase. Completando el trío, la violinista Liza Ferschtman y el chelista István Várdai, músicos de perfil más discreto pero de solvencia camerística contrastada.

El Trío nº 1 en si bemol mayor que ocupaba la primera parte empezó, continuó y terminó desequilibradamente en cuanto a los balances del terceto. El impulso de Ferschtman jugó durante los dos primeros movimientos en contra del sonido general por exceso de fuego, al menos si se compara con el sonido refinado y pleno de matices de Várdai (que tocaba el mítico violonchelo Du Pré – Harrell, el Stradivarius de 1673), habitualmente tapado. El resultado emborronaba algo la visión cristalina que tiene de la pieza Leonskaja, y dejaba en sombras la casi imponente, monumental –y un punto neurótica– escritura de Schubert. Todo pareció moderarse durante la segunda parte, tal vez porque el propio Trío nº 2 en mi bemol mayor busca su propio desequilibrio desde el principio, con un final de primer movimiento donde son convocan todos los monstruos, como en la isla imaginaria de Maurice Sendak. Y de esa moderación en el balance nació la maravilla. Tras el Allegro y Andante, extremos en cuanto a su arquitectura en los diálogos instrumentales, el trío supo entender ese cambio de atmósfera del Scherzo (irónico, casi cruel) para finalizar con un último movimiento sin misticismos, toda una lección de ductilidad y gradación dinámica por parte de Leonskaja.

Generosa propina final, con esa especie de hijo pródigo en eterno retorno que es el Notturno de Schubert, en una versión con peso lejos de la ingravidez o la cursilería a la que se la arrastra en ocasiones y que prorrogó por casi quince minutos la visita turística a los arrabales de la belleza. Mario Muñoz Carrasco

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