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Por Publicado el: 17/10/2021Categorías: En vivo

Critica: «Los Gavilanes», un guerrero «Cubista»

UN GUERRERO “CUBISTA”

Guerrero: “Los Gavilanes”. Juan Jesús Rodríguez/JavierFranco (Juan), María José Montiel/Sandra Ferrández (Adriana), Ismael Jordi/Alejandro del Cerro (Gustavo), Marina Monzó/Leonor Bonilla (Rosaura), Lander Iglesias (Clariván), Esteve Ferrer (Triquet)… Dirección de escena: Mario Gas. Escenografía: Ezio Frigerio y Riccardo Massironi. Vestuario : Franca Squarciapino. Dirección musical: Jordi Bernàcer. Teatro de la Zarzuela, 14 y 15 de octubre de 2021.

Los-Gavilanes

Escena

Regresa al Teatro madrileño, en el que nació el 7 de julio de 1923, “Los Gavilanes”, uno de los títulos cimeros y más populares de nuestro repertorio lírico, y uno de los que en mayor medida crearon la aureola de su autor, Jacinto Gurerrero, que en la década 20-30 del siglo pasado alumbraría algunas de sus obras más célebres, como “La alsaciana”, “La montería”, “El huésped del sevillano” y “La rosa del azafrán”.

El melodismo, tantas veces alabado, del compositor de Ajofrín. directo, amable, que prende y se recuerda de inmediato, resplandece aquí como nunca. Con él y con ciertos toques de fácil dramatismo y un sabio manejo de los timbres orquestales y de temas de carácter popular, aunque integrados en una planificación armónica y temática más bien parva, con frecuente doblaje por parte de la orquesta de la esbelta línea vocal, el músico llegaba fácilmente al oyente y lo embarcaba en el discurrir de la tópica anécdota y tan mal explicada que cuenta la llegada del Indiano a su aldea –situada en una improbable Provenza-, su cortejo a Rosaura, hija de su antiguo y despechado amor, Adriana. 

Para la ocasión, Mario Gas y Ezio Frigerio, autores de una evocadora y bien enfocada producción de “La tabernera del puerto” de Sorozábal, que se pudo ver en el mismo coliseo hace tres temporadas y que se programa también en la presente dentro de unas semanas, han trasladado la acción a la Francia de los años 1920-1930 y la envuelven en una escena poblada de alusiones a la época y a los usos y costumbres con una escenografía presidida por elementos de signo discretamente cubista (Picasso, Braque, Gris…, Laurens, Duchamp, Archipenko). Hay significativas proyecciones marinas, paisajes en colores desvaídos manejados con excelente disposición técnica. Y una estructura metálica que encuadra la acción quizá como una referencia a la era industrial que se vivía en esos momentos.

Todo está muy bien realizado, pero nos parece que no casa con lo que es la obra y con lo que es su rancio contenido teatral. No aporta nada y no ayuda a esclarecer las pasiones, las contradicciones y lo absurdo de un argumento, que si se tiene en pie es por el oficio e inspiración de Guerrero, que da siempre a sus cantantes el necesario relieve para el lucimiento… y para el sufrimiento, tales son las exigencias que se plantean a las voces. Las hubo y buenas en los dos repartos.

En la exigente y a veces inclemente parte de Juan se lucieron, cada uno en su estilo, dos barítonos de fuste. Rodríguez tiene eso que se llama un vozarrón: espeso, denso, redondo, contundente, ancho y fornido, bien timbrado y emitido canónicamente, con pegada y agudos campaneantes. Evocamos a un Viglione-Borghese, a un Cappuccilli; y a un Mardones, aunque este era bajo. Curiosamente, según el momento, sitúa su pasaje de registro en el Re 3, más abajo de lo normal en su cuerda. No es refinado y no practica el arte de la “sfumatura” ni emplea reguladores. Pero su “No importa, que al amor mío…” fue imponente. Primitivo y directo, apasionado también. Javier Franco es más lírico, aunque su timbre se ha oscurecido últimamente (nos recuerda en ocasiones al del antiguo barítono Esteban Astarloa). De emisión menos igual, de graves en este caso algo desleídos y de ciertas resonancias nasales, es, sin embargo, un artista, un “fraseggiatore” más cumplido, más matizado, más elegante, más amigo del claroscuro, de la ligadura, de la media voz. Un “Kavalierbariton”.

Dos antiguas sopranos, reconvertidas en “mezzos”, encarnaron a la despechada Adriana, antiguo amor del Indiano: María José Montiel y Sandra Ferrández. La primera, en una parte escrita para una soprano más bien dramática como la creadora Emilia Iglesias, que le queda algo justa y tirante en la zona superior (dificultoso Si bemol agudo), dijo y expuso con finura exhibiendo ese timbre seductor, cremoso y líquido, de tan ricos armónicos. Ferrández, por su parte, de timbre más penetrante y espejeante, de mayores recursos escénicos, estuvo intencionada y cambiante y resolvió con suficiencia y aplomo.

Dos tenores lírico-ligeros muy distintos también encarnaron al dubitativo Gustavo. Ismael Jordi se lució a base de bien en la célebre romanza “Flor roja” aplicando bien medidos portamentos, ligaduras, reguladores varios, recreándose en la suerte con su timbre claro y soleado. Alejandro del Cerro, más contundente y oscuro, de menor encanto tímbrico, adornado a veces de un excesivo “vibrato”, lució su pegada en el agudo, siempre seguro en él. Dos sopranos lírico-ligeras defendieron el papel de la frágil Rosaura: Marina Monzó, tersa, perfumada, elegante y refinada, y Leonor Bonilla, cristalina, intencionada, ágil y traviesa. Estupendos los dos característicos principales, dos tenores cómicos: Lander Iglesias, alcalde, y Esteve Ferrer, sargento de gendarmes, buenos actores. Y bien adiestrado todo el equipo, secundarios y partiquinos incluidos. A señalar el buen trabajo de Trinidad Iglesias, cuñada de Juan, y la presencia de Enrique Baquerizo, en tiempos un destacado barítono, como su marido.

La batuta estuvo en manos de Jordi Bernàcer, a quien no recordamos en este foso. Es un músico dúctil y que va por derecho, sabe frasear con intención y conjuntar supliendo con arte la escasez de efectivos. No se entiende que cuando ya se dispone del aforo completo (Teatro a reventar los dos días), todavía no se pueda contar con un coro copioso –solo 15 voces con mascarilla- y de una orquesta más compacta –solo 23 elementos-, que pueda dar la amplitud y color necesarios a los grandes conjuntos, como el tan bien escrito por Guerrero del final del segundo acto (“Guarda, Indiano, tu riqueza”). Difícil hacerlo con una cuerda con tres violines primeros. Pero tanto el Coro y la Orquesta, más allá de inoportunas desigualdades o desajustes, estuvieron a buen altura bajo el mando convincente de Bernàcer. Se practicaron bastantes cortes en la partitura. Arturo Reverter

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