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Por Publicado el: 20/10/2022Categorías: En vivo

Crítica: Luisa Fernanda, ya tengo Instagram, de Enrique Viana, en el Teatro de la Zarzuela

Enrique Viana: el cabaret lírico es él

Luisa Fernanda, ya tengo Instagram. Tenor: Enrique Viana. Piano. Ramón Grau. Teatro de la Zarzuela

Contaba Enrique Viana, que la primera vez que puso el pie en el Teatro de la Zarzuela tenía seis años. Le llevaron sus padres. Recordaba esa mezcla de ilusión del antes y emoción del después que sintió. Lo decía sentado sobre el piano (le acompañó y le dio la réplica Ramón Grau, pianista titular del coliseo) mientras echaba mano de sus recuerdos de Madrid al final del espectáculo: “Yo no soy nada ni nadie sin esta ciudad”. Daba la sensación de que la voz se le iba a quebrar, pero este señor tiene muchas tablas. Todas las del mundo y sabe guardarse la emoción con silencios. Cruzó el patio de butacas en la despedida mientras un cañón de luz le iluminaba con paso firme y la satisfacción de ver al público en pie. Ya me gustaría, Enrique, caminar con esos taconazos como tú lo haces. Soberbio.

Viana-Luisa-Fernanda

Escena de Luisa Fernanda, ya tengo Instagram, de Enrique Viana

El trabalenguas lírico de este desternillante Luisa Fernanda, ya tengo Instagram, feliz ejemplo del cabaret del absurdo, arrancaba a las ocho de la tarde con un artista vestido de negro, menudo, y el pianista a su vera. Una llamada de móvil daba comienzo a la trama, tan absolutamente surrealista y bizarra como aquella web serie de seis episodios, que también llevaba su sello (porque él ha sido el autor de texto y guion de este particular sainete, además de cantarlo), que se grabó durante la pandemia en la Zarzuela y que nos hizo muchas tardes y muchos días infinitamente más llevaderos (¿por qué no recuperarla?, ¿grabar nuevos episodios? Ahí queda). La llamada, de la compañía del gas, no podía ser otra con la que nos está cayendo. Pero el personaje espera otra comunicación y tiene prisa por liquidar la conversación. “Se preguntarán ustedes qué hago yo aquí”. Y sí, el respetable se lo preguntaba, aunque sabiendo que haría algo bueno, divertido y que Viana, que aguanta con doblete, pues es el abate Ciruelo de Pan y toros, se desenvolvió como lleva haciéndolo toda la vida. Entre las cajas del teatro. Contó y cantó la temporada del teatro como solo alguien con una imaginación exponencial puede hacer. Arrancó con Luisa Fernanda, un personaje que son en realidad dos chicas, Luisa y Fernanda, el yin y el yan. Se convirtió en Javier Moreno y cantó De este apacible rincón de Madrid. Desde luego, si Moreno Torroba hubiera escuchado el hilarante argumento se habría, probablemente, desencuadernado.

¿En qué se convirtió La violación de Lucrecia? Viana la rebautizó como La vio la acción de Lucrecia. Y se la bailó en jarras, se colocó un cántaro en la cadera, ese que tantas veces va a la fuente y que acaba… La obra está (re)interpretada por un violante, Tito (que podía ser livio o liviano) y Lucrecia “que es una chica independiente, y toda la acción transcurre en Roma, que es la cuna de la filosofía griega”, soltó. Del perchero del escenario, donde colgaban dos piezas de diferentes colores, fue echando mano según la zarzuela y según la canción. La Dolores, que estará también presente en esta temporada, siguió siendo la Dolores. Hizo suya la humorada del Trust de los tenorios con una ovación enorme. Y sentado sobre el piano, lanzó una pregunta que fue aplaudida hasta por las lámparas del coliseo: “A dónde hay que escribir, llamar, a qué puerta hay que tocar para que la zarzuela sea declarada patrimonio inmaterial de la Humanidad, a quién hay que avisar?”. Le escucharon hasta en el Inaem.

Pasó después a la ceremonia de la confusión entre Tabaré, obra de Tomás Bretón recuperada la temporada pasada, y Cabaré, la película dirigida por Bob Fosse. Otra vez el teléfono le jugaba una mala pasada. Lógico a su edad, cerca de los doscientos, pero muy bien llevados. Fue la mujer de rojo pasión, se vistió en marrones y lució una imitación de Chanel que le sentaba como un guante. Viana hizo suyas letras, cambió expresiones y consiguió la carcajada y el aplauso generales. Habló de chufas, horchatas, floreros y floristas, Zutanito, Menganito, Fulanito y Perenganito, genérico que anunció que utilizaba para no dar pistas “por la Ley de Protección de Datos”, mientras avanzaba por el pasillo con un geranio apoyado en la cadera que había comprado, dijo, por marihuana para fumársela.

Fue la guardabarrera, cantó en falsete tumbado casi sobre el piano, e interpretó la Romanza del moldeado y no se trabó, y mira que era complicado con el “Fox de Palafox, de ocho a dos”. En el número 22 vivió Luz Quirós, en el primero izquierda, como cantaba el cuplé. Con sus 168 primaveras, en 1922 era ya viuda esta mujer de pelo blanco y ondulado: “después nació mi nieto, con una aureola de misterio, porque yo no tuve hijos”, explicó. Viana estuvo sembrado y disfrutó con cada personaje y cada ida de olla. Y lo hizo pasar de lujo al público. Que es un tenor cómico que ama la zarzuela y las variedades, nadie lo pone en duda. Que es uno de los grandes tenores cómicos, tampoco. Y que sabe latín (aunque Instagram se le resiste, ¿y qué?), quedó claro con esta Luisa Fernanda a la que deseamos si no larga vida, que también, al menos, vida. Mucha vida. Gema Pajares

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