Crítica: ‘Maria Stuarda’ de Donizetti en ABAO. La pureza del canto bello
La pureza del canto bello
Maria Stuarda, ópera seria de Gaetano Donizetti con libreto de Giuseppe Bardari. Yolanda Auyanet, María Barakova, Filip Filipoviç, Manuel Fuentes, Cristina del Barrio, Milán Perisiç. Coro Ópera de Bilbao. Euskadiko Orkestra. Iván López Reinoso, director musical. Emilio López, director de escena. Producción de ABAO Bilbao Ópera y Fundación Ópera de Oviedo. Palacio Euskalduna. 14/02/2026.

Maria Stuarda de Donizetti llega a ABAO
El 30 de diciembre de 1835 la española -nacida en París- María Feliciana García Sitches, conocida artísticamente como María Malibrán, segunda hija del eximio tenor sevillano Manuel del Pópulo Vicente García, fue la primera Maria Stuarda.
Esta tronante e intensa ópera es tal vez (o sin tal vez) el culmen de la llamada Trilogía Tudor donizettiana, junto con Anna Bolena y Roberto Debereux, donde la pureza del bel canto se hace patente pentagrama tras pentagrama. Así se vivió-gozó-conmovió en la representación que aquí se valora. ¡Voto a bríos que así fue!
Todo se concitó para que el impacto visual y sonoro obtuviese el cum laude dentro del ‘almario’ (donde se refugia el alma) de los sentimientos. En el plano escénico Emilio López presentó la idealidad del siglo XVI junto con la modernidad de volúmenes movibles que idealizaban el complejo de ubicaciones contenidas en los dos actos del libreto.
Únase a ello la ubicación de todo el acontecer habido en el escenario, merced a Carmen Castañón, dentro de un tablero de ajedrez en el que, a través de piezas de este juego como son ocho peones y dos reinas, se dilucida la partida de la rival coexistencia de María I de Escocia e Isabel I de Inglaterra. Para ello se contó con el acertado vestuario de época creado por Naiara Beístegui, resaltado con la orante iluminación de Óscar Frosio.
Gaetano Donizetti encuadró el desarrollo vocal para el personaje de Elissabetta en la tesitura de soprano sfogato y María Barakova hace plenario dentro de ese enfoque, ya que su registro tiene poco parecido al de mezzosoprano al uso. Así lo demostró en la cavatina ‘Ah, quando all’ara scorgemi!’ en donde deja que su tracto sonoro discurra en la elegancia de un viaje lleno de encanto aplicando la elegancia de la sfumatura. La ejecución de su aria ‘Quella vita a me funesta’, en la escena I del acto II, estuvo cuajada dentro de un penante dramatismo de canto ligado en las notas de paso de un registro a otro.
El dominio de la zona aguda (a partir de la nota Sol) por parte del tenor croata Filip Filipoviç dio el fruto de un Conte di Leicester digno de admiración y respeto durante toda su estancia en el escenario. En el actual panorama lírico internacional no resulta fácil encontrar parangón como el suyo. Voz tensa y timbrada en los armónicos como cuerdas de violín. Ancha, larga y acerada, que golpea con intensidad la emoción. Sobresaliente su aria ‘Ah, remiro il bel sembiante’.
ABAO Bilbao Ópera había programado la actuación de la soprano canaria Yolanda Auyanet en la temporada 2020/2021 frustrándose el empeño por la pandemia vírica que nos azotó. Ahora se ha podido disfrutar muy mucho de su preciosa voz, bien maridada en una elegancia expresiva de titilantes efectos sonoros. La amplitud de sus tres registros hace que esta poderosa mujer pueda dominar perfectamente el belcantismo donizettiano dado a cada momento la idónea intensidad dramática. Su trabajo de lúcida coloratura, en el rol de Maria Stuarda, estuvo en todo momento, sobre el escenario, mereciendo -a juicio de quien aquí escribe- total admiración cuando cantó ‘Oh nube! Che lieve per l’aria ti aggrili’ en la escena II del acto I. ¡Qúe preciosidad!

Imagen de la producción
El bajo alicantino Manuel Fuentes, recién galardonado con el premio Ópera XXI como el Mejor Cantante Joven y alumno del gran tenor José Sempere, realizó un soberbio trabajo como Giorgio Talbot, mostrando un empaque digno de la afamada escuela búlgara. Cristina del Barrio, mezzosoprano y segoviana ella, defendió con mérito a su personaje de Anna Kennedy. El barítono serbio Milan Perisiç fue de menos a más, sobre todo en la primera escena del Acto II, en su cometido del intrigante Lord Guglielmo Cecil.
La impronta que Esteban Urcelai luce en las cuatro cuerdas que conforman el Coro de Ópera de Bilbao, principalmente en el terreno del empaste de estas, dando nobleza al canto de sus cincuenta coralistas que lo conformaron en esta ocasión. Por su parte la institucional Euskadiko Orkestra realizó su cometido en un alto nivel, destacando, dentro de su bien ajustado orgánico, la sección de viento metal.
Toda la sobresaliente calidad musical anteriormente significada tuvo como valedor -sin el cual se hubiera estado en un notable discreto- a Iván López Reynoso, que creó en el foso la magia necesaria para que las voces del escenario tuvieran su debido protagonismo, siendo un puntual maestro concertador, desterrando todo tipo de estridencias en cuanto a desajustes de los tiempos y en el volumen sonoro. Una lujosa batuta que enaltece a este festival lírico bilbaíno.
“Tenemos la misión de hacer que la música exprese la belleza de la Humanidad, aporte inspiración y nos genere empatía, y de seguir haciendo que una y transforme a las personas, en unos tiempos difíciles en los que el mundo está dividido”. Gustavo Dudamel.
























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