Crítica: ‘Orfeo y Eurídice’ en Tenerife, sin alharacas ni caprichosas ínfulas
Orfeo y Eurídice en Tenerife: sin alharacas ni caprichosas ínfulas
ORFEO Y EURÍDICE, de Christoph Willibald Gluck. “Azione teatrale per musica” en tres actos. Libreto de Ranieri de Calzabigi, basado en el mito de Orfeo. Reparto: Teresa Lervolino, Ana Vieira Leite, Mira Alkjovik. Dirección de escena, y coreografía: Pep Ramis y María Muñoz. Escenografía y vestuario: Lluc Castells. Iluminación: Luis Martí. Vídeocreación: Leo Castro. Coro: Ópera de Tenerife-Intermezzo. Orquesta: Concerto München. Dirección musical: Jordi Francés. Producción de Auditorio de Tenerife. Lugar: Auditorio de Tenerife. Entrada: 1.616 espectadores (lleno). Fecha: jueves, 22 enero.

Lervolino como Orfeo en Tenerife
© Auditorio de Tenerife/Miguel Barreto
Ópera mitológica y universal, Orfeo y Eurídice de Gluck se ha visto sometida a mil y una interpretaciones. De todos y para todos los gustos. Desde ubicarla en un cortijo andaluz (Francisco López), a una nave espacial o cualquier otra “genialidad” del director de escena de turno.
Ahora, la ópera maestra de Gluck ha recalado en la dinámica temporada de Ópera del Auditorio de Tenerife, en una neutra interpretación escénica en la que, aparte de los caprichosos suicidios de Orfeo y Eurídice –“Eurídice su suicida el 4 de mayo de 2011”, precisa un texto proyectado en el fondo del escenario-, y de trasladar la acción a estos años dos mil que corren y ya casi vuelan, no se mete en genialidades ni camisa de once varas, y se limita a narrar al pie de la letra la acción, sin alharacas ni caprichosas ínfulas. Un trabajo que rezuma honestidad, oficio, maneras y sentido.
Frente a la fantasía de las imágenes y la mitología de la propia historia, los directores de escena Pep Ramis y María Muñoz optan por un realismo que marca rumbo y concepto. La acción, previsible, sigue al pie de la letra acotaciones y lógicas, y transcurre en un espacio neutro sin más capricho ni aportación dramática que unas sugerentes videoproyecciones -en blanco y negro, como casi todo demás-, en las que la figura de Eurídice -real y soñada- es fuente nuclear.
El cuidado trabajo actoral, el vivo movimiento coreográfico (firmado por los propios directores de escena) y una iluminación que subraya la escueta escenografía (apenas un enorme y rectangular telón de fondo hábilmente movido) contribuyen a redondear la narrativa teatral. El vestuario, “casual” y contemporáneo, a tono con el realismo recalcitrante que marca la tónica de esta nueva y tinerfeña producción. Estupenda la escena del paso de la laguna Estigia, en la que todo se torna rojo -sangre, pasión, fuego- ante el furor inminente de las fieras y furias del infierno.
Mejor aún transcurrió el capítulo musical, liderado en el foso por el director alicantino Jordi Francés, quien ha revalidado en esta inesperada incursión barroca sus méritos y talentos más allá de la música contemporánea, su tradicional “zona de confort”. Empeñado, como él mismo ha declarado, “en tener muy presentes el rigor y la fidelidad a la música barroca, pero también el saber traducirla a una escucha actual”, su Orfeo clarifica texturas y se implica en contar y expresar cuidadosamente desde la música el decurso dramático.

Imagen de la escena
© Auditorio de Tenerife/Miguel Barreto
En este sentido, su dirección resultó decididamente teatral, involucrada en la escena y sus expresiones. Hizo decir a la orquesta con el fervor vocal de los propios cantantes y coro. Así ocurrió en el lírico y sereno solo de flauta del segundo acto, la “Danza de los espíritus bienaventurados”, de belleza y efusión parejas al canto de los protagonistas vocales.
Fue este célebre episodio instrumental uno de los más emotivos pasajes escuchados y protagonizados por el cuajado conjunto que es Concerto München, formación bávara ensamblada y de opulenta y coloreada sonoridad, cuyos instrumentos naturales otorgaron realce y empaque a la función. Estupenda la idea de ubicar un pequeño conjunto instrumental -apenas seis músicos- alejado del foso y del escenario, justo en el extremo más remoto de la platea, para realzar así el efecto de eco que puntualmente reclaman libreto y música.
En el capítulo vocal, además del disciplinado y buen empeño del coro Ópera de Tenerife-Intermezzo, brillaron las tres protagonistas. Orfeo fue defendido por la mezzo Teresa Lervolino, que, muy involucrada con la escena -ella siempre de luto riguroso, como una especie de gluckiana Bernarda Alba-, tuvo el acierto de no cargar las tintas en esa parodia de baja estofa en la que tantas veces se incurre al abordar el dolorido personaje. Cantó y actuó con contención y medida expresión, y aportó las justas dosis de drama y desesperación en el famoso y efusivamente cantado “Che farò senza Euridice”.
Junto a ella se lució la Eurídice de la emergente soprano portuguesa Ana Vieira Leite. Ambas protagonizaron en el tercer acto otro de los grandes momentos de la noche, con una entonada y convincente interpretación -teatral y musical- del dúo “Vieni, segui i miei passi”. Completó el trío protagonista la soprano petersburguesa Mira Alkjovik, con un “Amore” ligero, vivaz y persuasivo que parecía primo hermano de la mismísima Despina. Estuvo particularmente brillante y convincente en su ritmada aria del primer acto.
La función, que se repitió ayer viernes, y contó con nutrida representación forastera -incluida la “encantada” directora general del INAEM, María Paz Santa-Cecilia, y otros capitostes locales y nacionales no menos “encantados” con la representación- supone un nuevo éxito de la plural temporada lírica del Auditorio de Tenerife, inaugurada el pasado octubre con el estreno europeo de Yerma, de Villa-Lobos, y que ya anuncia una nueva producción propia –Romeo y Julieta de Gounod- el próximo marzo. Antes y después, títulos comoEl holandés errante de Wagner o El castillo de Barbazul de Bartók. Definitivamente, Tenerife y su Auditorio, son referencia en el creciente mapa operístico español. ¡Y no solo!























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