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Por Publicado el: 29/01/2020Categorías: En vivo

Crítica: La Orquesta de la Radio de Fráncfort con Fumiaki Miura en Les Arts

ORQUESTA SINFÓNICA DE LA RADIO DE FRÁNCFORT

Sin fronteras ni límites

fumiaki-miura

Fumiaki Miura

Fumiaki Miura (violín). Andrés Orozco Estrada (dirección). Pro­gra­ma: Obras de Músorgski (Una noche en el monte pelado),  Chaikovski (Concierto para violín y orquesta), y Shostakóvich (Quinta sinfonía). Lugar: Auditori del Palau de les Arts. Entra­da: Alre­de­dor de 1400 perso­nas (prácticamente lleno). Fe­cha: 26 enero 2020.

Aunque lejos del bombo y platillo de las cinco grandes orquestas alemanas (Berlín, Dresde, Radio de Baviera, Filarmónica de Múnich y Leipzig), la Sinfónica de la Radio de Fráncfort es una orquesta de primer orden, con un brillante historial forjado desde su creación en 1929 por batutas como Dmitri Kitayenko, Paavo Järvi y, sobre todo, por Eliahu Inbal, quien durante su larga y fecunda titularidad (1974-1990) firmó con sus atriles virtuosos antológicos ciclos discográficos integrales de las sinfonías de Bruckner y Mahler. Hoy, y desde 2014, su titular es el colombiano de Medellín Andrés Orozco-Estrada (1977), un maestro vital y comunicativo que mantiene al día esa calidad y esa tradición, a cuya excelencia no resultan ajenos los dos solistas españoles que integran su plantilla: la flautista salmantina Clara Andrada de la Calle y el oboe del isleño de San Fernando José Luís García Vegara, a los que aún hay que agregar el viola friburgués Gabriel Tamayo, que, aunque nacido en Friburgo de Brisgovia, es hijo del director de orquesta madrileño Arturo Tamayo.

A Valencia, al ciclo sinfónico del Palau de la Música, en su sede prestada del Palau de les Arts, los músicos alemanes (y españoles), han llegado con un rusísimo programa dirigido por una batuta que es tan colombiana como universal y efectiva. Desde los primeros momentos del celebérrimo poema sinfónico de Músorgski Una noche en el monte pelado se evidenció la calidad sin fronteras ni límites del conjunto, con una cuerda y unos solistas de viento madera que son pura maravilla. Con criterio, Orozco-Estrado optó por la versión original, de la que evitó suavizar sus ásperas aristas para –como ocurre con la ópera Borís Godunov y otras obras maestras de Músorgskirecuperar la potente escritura inicial. Fue así una versión abrasadora, incluso en ocasiones violenta, de incontenida fuerza descriptiva y evocadora.

Fue el aperitivo del gran momento del concierto, que llegó cuando en la segunda parte se adentraron en las tensiones, rabias, luces, nostalgias, silencios, ilusiones y elucubraciones que vierte Shostakóvich en su más popular y tocada sinfonía, la Quinta, compuesta en 1937 y manoseada hasta el aburrimiento por la manida frase atribuida al compositor de que nació como “respuesta creadora de un artista soviético a unas críticas justas”. La sinfonía, frecuentemente infravalorada como consecuencia de la falsa “involución” que (supuestamente) Shostakóvich refleja en ella, es una obra excepcional desde todos los puntos de vista. Mravinski, que dirigió el estreno, el 21 de noviembre de 1937, la calificó como “la obra más destacada de los últimos veinte años. Para mí, tiene una importancia universal”. Parecida admiración despertó en Prokófiev, quien poco después del estreno escribió a Shostakóvich: “Muchos pasajes me gustaron extraordinariamente, aunque es evidente que la obra no es elogiada por lo que debería de serlo”.

No se equivocó Prokófiev, autor de la otra gran Quinta del repertorio ruso junto con la de Chaikovski, pero hoy día la Quinta de Shostakóvich es aplaudida por sus valores musicales, que fueron expresados con convicción, rotundidad, extrema sutileza –los pianísimos del lento tercer movimiento quedan inolvidables en la memoria del melómano- y una suntuosidad sinfónica y calidad instrumental que hubieran maravillado al mismísimo Mravinski y hasta al propio compositor. La arrolladora fuerza de la marcha que abre el impetuoso movimiento final, enunciado en su inicio por los metales con el fondo imponente de los timbales, fue síntesis de una lectura descarnada y telúrica, que se enseñoreó sin complejos en el apoteósico final que tanta literatura barata ha generado. Versión sobresaliente, que perfectamente podría haber sido firmada por cualquiera de las “cinco grandes” orquestas alemanas o las mejores de Rusia y hasta de la antigua Unión Soviética. Sobró la dulzona propina elgariana.

El momento menos brillante del programa llegó paradójicamente con la obra más popular y esperada, el Concierto para violín de Chaikovski, en la que el japonés Fumiaki Miura (1993) apenas se limitó a reproducir literalmente las notas de la obra maestra. Versión inerte y sin el más mínimo énfasis expresivo, es decir, lo más alejado que pueda alguien imaginar al pensar en la música de Chaikovski. Ni siquiera la melodiosa canzonetta del segundo movimiento levantó el vuelo, en una interpretación cándida exenta del más mínimo atisbo expresivo o elocuencia. A pesar del apellido Miura, el violinista de Tokio ofreció una versión tan lánguida como anodina, rígida y ayuna de acentos y personalidad. El frío Miura se mostró indemne ante la continua invitación de Orozco-Estrada a exaltar y flexibilizar el curso musical, algo que se reveló tarea imposible. Justo Romero

Publicada el 28 de enero en el diario LEVANTE

Un comentario

  1. Carlos Taberner 29/01/2020 a las 15:13 - Responder

    Coincido casi al 100% con el crítico. Pero esos detalles «puristas» que tan bien quedan para la cada vez menos nutrida parroquia fundamentalista de la música clásica sobraban (esos sí sobraban). Me refiero sobre todo a la despectiva referencia que ha hecho respecto de la propina, la preciosa Nimrod de la Variaciones Enigma de Elgar. No sobró nada (excepto ese comentario) en una velada más que satisfactoria. Respecto de Miura….efectivamente, no todo es virtuosismo técnico, que indiscutiblemente lo tiene. La música es algo (mucho) más. Hay que explicárselo al chaval, que aún tiene tiempo.

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