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Por Publicado el: 22/01/2020Categorías: En vivo

Crítica: Orquesta de València y Josep Caballé, bravo por el público

ORQUESTA DE VALÈNCIA Y JOSEP CABALLÉ DOMENECH

¡Bravo por el público!

Orquesta de València. Director: Josep Caballé Domenech. Pro­gra­ma: Obras de Pärt (Oriente & Occidente. Psalom) y Bruckner (Sexta sinfonía). Lugar: Llotja de València. Entra­da: Lleno. Fe­cha: 17 enero 2020.

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Josep Caballé Domenech

Todo apuntaba al fracaso. El concierto gratuito y “para todos los públicos” programado por el Palau de la Música y su Orquesta de Valencia en la mismísima Llotja de Valencia, de acústica propia de “marco incomparable”, con un frío que pelaba, un programa absolutamente inapropiado (Pärt y Bruckner) para tan popular ocasión y un director que no era precisamente para tirar cohetes (el barcelonés Josep Caballé Domenech) parecía abocado al fiasco. Sin embargo, y contra todo pronóstico, el público variopinto que abarrotó las tres naves longitudinales del gótico Salón Columnario guardó un silencio y civilizado respeto que ni se escucha en las mejores noches del Palau de la Música o de su vecino de Les Arts. Cierto es que se aplaudió entre los movimientos de la Sexta sinfonía de Bruckner, e incluso durante alguno de los largos silencios de las lentas páginas de Arvo Pärt, pero ya tiene mérito aguantar tan estoicamente con ese frío y ese repertorio –tan sobresaliente como impopular– hasta el mismísimo final del programa sin decir ni pío.

También era difícil para la Orquesta de Valencia tocar en semejantes condiciones, con un frío letal para la afinación de los instrumentos, y acústica tan adversa. Pero se impuso la profesionalidad y el oficio, y los trajinados profesores municipales sacaron dignamente el comprometido programa. La monumental Sexta sinfonía de Bruckner es una de las páginas menos accesibles de su catálogo orquestal. Enclavada entre dos composiciones tan logradas como la Quinta de 1875/1878 y la famosa Séptimaconcluida en 1883-, y formulada en la poco bruckneriana tonalidad de La mayor, la Sexta surge en un momento de relativa felicidad y reconocimiento, razón, quizá,  por la cual presenta un aire menos dramático que sus vecinas. De hecho, el mismo Bruckner la denominaba familiarmente con términos tan inusuales y entrañables como la “traviesa” y “desvergonzada” (Keckste).

Caballé Domenech (1973) es maestro de gesto poco elegante, incluso en ocasiones hasta tosco. Pero le resulta efectivo. Es temperamental e impulsivo, hasta el punto de llegar al podio como elefante en cacharrería, y marcar el inicio precipitadamente, sin ni siquiera esperar a que concluyera un inoportuno y escandaloso repicar de campanas incompatible con cualquier música. Aún así, desde esta idiosincrasia, firmó una lectura que, dadas las circunstancias, permitió vislumbrar algunas de las maravillas que entraña está sinfonía no casualmente formulada en modo mayor, como ocurrió en el final del lento tercer movimiento, culminado en un emotivo clima final cuya lacerada belleza y sensualidad parece preconizar algunos movimientos lentos de Gustav Mahler. Orquesta y maestro resolvieron con fogosa brillantez la triunfal coda recapitulatoria que cierra la sinfonía. Fue un Bruckner sin el empaque sonoro ni la calidad técnica de la Tercera escuchada el pasado 31 de octubre con Heras Casado, de un lenguaje indefinido que podría ser cualquier cosa, pero dicho y expresado desde una neutralidad técnica y estética apenas emborronada por puntuales desajustes y deslices instrumentales. Quizá no podía ser de otra manera en tan adversas condiciones climáticas y acústicas.

Bastante más perjudicada resultó la música espaciada y cargada de silencios de Arvo Pärt, del que se interpretaron dos composiciones para cuerda tan inadecuadas en semejante marco como Oriente & Occidente, y, sobre todo, Psalom, durante cuyos largos silencios el protagonismo sonoro fue asumido por los muchos ruidos que desde cualquier sitio se colaban en el marco incomparable. Fue así una audición de alguna manera callejera, y por ello alejada del ambiente recogido, casi monacal, que inspira esta obra de 1985 y luego revisada en nuevas versiones (1995 y 1997). Al final del concierto, desarrollado sin pausa ni intermedio, larga y generosa ovación para todos. “¿Y no tocan ninguna propina?”, se preguntó un espectador durante los aplausos finales, ajeno a que después de Bruckner solo cabe el silencio. El hambre de música se impuso al frío y a la bulla en este selecto y raro concierto popular. En el que el único verdadero triunfador fue un auditorio que oyó más que escuchó. ¡Bravo por el público! Justo Romero

Publicada el 19 de enero en el diario LEVANTE.

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