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Por Publicado el: 24/04/2018Categorías: En vivo

Crítica: Parra por Afkham y la ONE, procelosos simbolismos

Afkham

Obras de Parra y Bartók. Elena Zhidkova, mezzo, Bálint Szabó, bajo. Káldi Kiss András, narrador. Director: David Afkham. Temporada Orquesta Nacional. Auditorio Nacional, Madrid, 22 de abril de 2018.

Arturo Reverter

Hubo demasiados huecos en el Auditorio. Los que no asistieron se perdieron un concierto en verdad enjundioso y aleccionador que se abrió con una partitura magníficamente cocinada y trabajada por Héctor Parra, “Avant la fin… vers où (Antes del fin… ¿hacia dónde?)”, encargo de la Orquesta Nacional, que peca por exceso, es repetitiva, pesante, laboriosa. Se inspira en el monodrama del propio autor “Te craindre en ton absence” y trata de “un viaje a la intimidad profunda de una mujer en el equinoccio de su vida, de su grito ahogado contra la exasperante futilidad de su estéril existencia y de la extrema fragilidad de su condición”.

A lo largo de 45 inacabables minutos Parra nos somete a un fuego graneado, a una suma de efectos repetidos, demoledores haciendo gala de su conocimiento de la orquesta y empleando una muy libre atonalidad. Estruendosos acordes se combinan con delicados pespunteos de elaborada plasticidad, con figuraciones de extrema finura, con pianísimos de ensueño. Se repiten, una y otra vez, los trémolos, los “pizzicati”, los “divisi”, se insiste en los “glisandi”, en los “ostinati” se recurre a enormes despliegues de la percusión en pleno; y se establece, voluntariamente o no, un lazo con “Le Sacre” de Stravinski a través de la insistente presencia del fagot en su tesitura más aguda. Sobrevienen posibles finales, seguidos de silencios que reanudan la marcha; hasta que, por último, todo concluye en consolador pianísimo.

Afkham y la ONE solventaron la nada fácil papeleta con aseo, aunque dio la impresión de que al director, aquí con batuta, le faltó a veces, a la hora de marcar, de impulsar ataques, una cierta contundencia. La tuvo, sin duda, en la  interpretación de la también muy dificultosa –dada además su dimensión conceptual y metafórica- partitura de “El castillo de Barbazul” de Bartók, suerte de simbiosis o fusión entre poesía, música, pintura, movimiento, timbre y simbolismo tonal. La versión tuvo consistencia, fue poderosa y vibrante, sonó espléndidamente, sobre todo en la apertura de la quinta puerta: el acorde de do mayor inundó beatíficamente la sala..

Echamos de menos, no obstante, la conexión con los elementos estilísticos del impresionismo tardío y del expresionismo temprano que anidan en la original ópera. Y un mayor refinamiento de ciertos rasgos tímbricos. Y, sobre todo, una más exquisita calibración de las dinámicas: las dos voces protagonistas quedaron tapadas en numerosas ocasiones. Y fue una pena porque fueron las de dos cantantes muy dignos, como la mezzo Elena Zhidkova, oscura de timbre, de buen centro y algo desabrido agudo, concentrada y hábil para cambiar de expresión, y el bajo Bálint Szabó, de volumen, espesor y redondez relativos, pero de agradable espectro y elegante actitud. Fraseó con propiedad. Tuvimos el lujo, puede que innecesario, de un narrador húngaro para el breve parlamento que abre la obra.

 

 

 

 

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