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Critica: El piano sinfónico de Borís Giltburg
Por Publicado el: 20/02/2019Categorías: En vivo

Crítica: Perianes el grande

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Javier Perianes y Juanjo Mena

TEMPORADA DE INVIERNO DEL PALAU DE LA MÚSICA

Obras de Beethoven (Concierto para piano y orquesta número 5, “Emperador”) y Mozart (Obertura de Don Giovanni. Sinfonía número 39). Orquesta Filarmónica de Londres. Director: Juanjo Mena. Solista: Javier Perianes (piano). ­Lu­gar: Palau de la Música (Sala Iturbi). Entrada: Alrededor de 1800 personas (lleno). Fecha: Domingo, 17 febrero 2019.

Grande ya entre los más grandes del piano del siglo XXI, Javier Perianes (Nerva, Huelva, 1978) mantiene ante el público y ante la música esa humildad tan distintiva que le convierte en un intérprete atípico en el trajín mercadotécnico del pianismo contemporáneo. Fiel a sí mismo y a sus convicciones, a sus 40 años ha conquistado los más importantes escenarios y orquestas. También el Palau de la Música, a donde volvió el domingo para ofrecer su versión luminosa, brillante y recogida a un tiempo del Concierto Emperador de Beethoven. Lo hizo acompañado de la Filarmónica de Londres y del maestro Juanjo Mena, en el marco de la gira en la que andan embarcados, y que concluirá en Madrid y Londres, con la maratoniana interpretación esta misma semana de los cinco conciertos de Beethoven en ambas capitales.

Perianes tiene el arte de la comunicación, de establecer al instante un hilo directo con el oyente y hacerle partícipe, aliado y coprotagonista de su arte hechizador. Toca sin red y a corazón abierto. Extrema las dinámicas y los fraseos, extrae sonoridades casi irreales del alma del piano, y canta con felicidad contagiosa cuando la partitura lo requiere. Y todo lo hace con una naturalidad que parece imposible, como si la música, su mensaje expresivo y todo lo que late y subyace más allá del pentagrama, cobrara cuerpo y presencia autónoma. En su humildad esencial, Perianes elude cualquier protagonismo para que el oyente perciba la sensación –falsa- de que es la música la que vuela por sí misma, ajena a su propio artífice.

¿Cómo explicar si no cómo se sintieron los pasajes más cantables y líricos del Adagio central, en el que el piano cantó y se explayó con vuelo propio en un dialogo íntimo y secreto con la orquesta y con las 1800 personas que abarrotaban la Sala Iturbi? En interpretaciones de tal calado artístico resulta grotesco hablar de virtuosismo, algo que Perianes relega a recurso materializador de un universo sonoro que explora y se adentra en las infinitas posibilidades que brinda el piano. ¿Cómo se consiguen esos pianísimos tan extremadamente cercanos al silencio y al mismo tiempo tan corpóreos, tan fraseados y tan cantados? Posiblemente, como en el caso de Sokolov y otros contados grandes del teclado, más con el alma que con la técnica. ¡Y con el talento! Pianísimos que en su silenciosa fuerza cobran aún más relieve al imponerse en su quietud en el espacio acústico y en la emoción del oyente sensible.

Los dos compases en pianísimo de preparación a la gozosa irrupción del rondó conclusivo fue la puerta a un mundo nuevo y radiante, que anticipa el camino a un futuro que Perianes, bien secundado por Juanjo Mena, hace presente. En ese movimiento final, en el que desde la vieja forma dieciochesca, Perianes y el artista que habita en él concilian el pasado y el futuro, y presagian el devenir inminente del último y oscuro Beethoven. Más al futuro apuntó en el único regalo de la noche: una Danza del fuego trufada de novedosos detalles y filigranas que en absoluto restaron sabor popular al “folclore imaginado” soñado por Manuel de Falla.

Antes y después, los filarmónicos londinenses y Juanjo Mena enmarcaron el referencial Beethoven de Perianes con la música siempre bienvenida de Mozart. Fue un Mozart pesante a la antigua usanza, de fraseos largos y densos, con una sonoridad que resulta difícil de encajar hoy, tras la revolución del movimiento historicista. Esos timbales modernos y retumbantes, cargados de armónicos, contribuyeron también a restar transparencia, luminosidad y vitalidad a este Mozart que tampoco fue perfecto desde el punto de vista instrumental, con deficiencias particularmente significativas en algunos instrumentos de madera.

Juanjo Mena acerca su versión de la Sinfonía número 39 a las inolvidables de su admirado e inolvidable Sergiu Celibidache, que hacía maravillas con esta sinfonía concluida en junio de 1788, muy particularmente en el minueto y aún más en su trío, un Ländler de obvias resonancias populares, que como escribe Juan Manuel Viana en las notas al programa, “parece prefigurar el encanto irresistible de ciertas atmósferas rústicas que años después firmará Franz Schubert”. También resuena en este trío travieso el recuerdo del viejo maestro Joseph Haydn. Mena, a todas luces un maestro efectivo y eficaz, carece de la gracia, chispa, picaresca y genio de Celibidache. También de los ensayos de que disponía el genio rumano para poder plasmar en la orquesta sus intensamente trabajadas y pulidas versiones. En Londres y en estos tiempos de rentabilidades y aviones, no caben tales parsimonias. La ecuación no falla: a menos ensayos y más conciertos, más beneficio para todos. ¡No para la música! Justo Romero

Publicado en Diario Levante 19/02/2019

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