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Por Publicado el: 22/04/2022Categorías: En vivo

Crítica: Javier Perianes en el Teatro Principal de Valencia

Perianes, irrepetible

Programa: “El amor y la muerte” (Obras de Beethoven, Chopin, Granados, Liszt y Wagner-Liszt). Lugar: Valencia, Teatro Principal. Entrada: 1.226 espectadores (lleno). Fecha: miércoles, 19 abril 2022.

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Javier Perianes en el Teatro Principal de Valencia

Ha vuelto Javier Perianes (1978) a València. En esta ocasión al Teatro Principal, a la temporada del cerrado Palau de la Música, para ofrecer un recital de reflexión, sensibilidad e inteligencia. El amor y la muerte como hilo conductor de un viaje romántico y emotivo, que parte del Beethoven temprano pero ya bien afirmado de la Sonata opus 26 y recala en la cumbre que supone el wagneriano Liebestod, donde muerte y amor se funden en abrazo eterno. En medio, el Chopin de la Marcha fúnebre, el Granados que dibuja Goyescas con los más desgarrados acentos y registros, o, en fin, el virtuosismo hecho expresión y narración de Funerales.

Fue un recital indescriptible, seguido por un auditorio irregular que abarrotó el Teatro Principal, cuyas 1226 localidades se agotaron como respuesta a la expectación que genera Javier Perianes. Paradójicamente, parte de ese público parecía ajeno al sortilegio musical. Hubo butacazos, portazos, gente entrando y saliendo en mitad de la actuación, caramelos, teléfonos que escupían cualquier melodía, toses, cuchicheos… Como un cine de verano en la plaza del pueblo… Fue un espectáculo bochornoso, pronunciado ante el torrente de sensibilidad y arte que llegaba desde el escenario, desde el estupendamente preparado piano gran cola puesto a punto por el artesano Javier Clemente.

Nada de semejante escandalera pareció afectar a la concentración del artista en plenitud que hoy es Javier Perianes. Apenas un par de miradas al público, y algunas pausas para esperar al imprescindible silencio… El pianista onubense se “ausenta” de todo para sumergirse en la partitura y lo que la envuelve -que es lo sustancial-, para revivirla en su estricta pureza. Hubo dolor, luz, pasión e intimidad en este recital de amor y muerte. Una privacidad que Perianes, enemigo de cualquier demagogia, no quiso llevar a las palabras. La memoria cercana de su admirado Radu Lupu, como también la de Nicholas Angelich, palpitaron en la entraña de un recital cargado de dolor y admiración a los pianistas recién partidos. Lupu, que sabía y apreciaba el arte de Perianes, hubiera vibrado también con el pianismo, reservado pero a corazón abierto, que se sintió el martes en el abarrotado Teatro Principal.

Beethoven ha acompañado siempre la carrera de Perianes, como también Chopin, cuyas armonías y sonoridades él lleva a sus más esenciales trascendencias. La marcha fúnebre de la Segunda sonata, cantada en su sección central con ese legato, con ese fraseo tan característico, supuso uno de los muchos momentos culminantes de un recital en el que todo fue excelso. Por repertorio e interpretación. El movimiento final, con esas movedizas corrientes unísonas que articulan ambas manos, fue impacto rotundo y perfecto, colofón de un programa en el que Beethoven y Chopin confluyen en el nexo de sus marchas fúnebres.

Luego, tras la pausa, el recital fue incluso a aún más, con tres páginas de Goyescas –“Requiebros”,La Maja” y “El amor y la muerte”- que encontraron su más fervoroso y solvente servidor. La luminosidad de “Requiebros”, la añoranza infinita de “La Maja” y el intenso soliloquio que da título al programa encontraron espejo en el arte pianístico de un intérprete que desborda el límite del teclado para adentrarse sin retóricas en lo más genuino de la expresión sonora. En sus manos todo es -o parece- fácil y natural, sin elucubraciones ni acotaciones. Es. Conmueve la música. Se admira y aplaude al fiel servidor. Como Lupu, como Alicia, como cualquiera verdaderamente grande. Perianes lo es, y al más alto nivel.

Luego, en los Funerales de Liszt, séptima de las diez páginas del ciclo Armonías poéticas y religiosas, ahondó en el sentido trágico más romántico y virtuoso. Lució el mejor virtuosismo en una versión sin alarde, de poderosas y desgarradoras intensidades, que no menguaron sino enfatizaron el translúcido lirismo, pre-impresionista, que el explorador de sonoridades que siempre fue Liszt vuelca en la composición maestra.

Funerales fue preámbulo y preludio ideal del prodigio del Liebestod, la joya pianística que crea Liszt a partir del no menos prodigioso final del Tristan e Isolde, de su yerno Richard Wagner. Desde el silencio inicial, hasta el eterno final sin fin, Perianes, Wagner y Liszt se adentran en el “supremo deleite” en el que desemboca la más intensa historia de amor. Perianes realza cada detalle, cada floritura, cada guiño y pálpito de la partitura y de lo que en ella subyace. Remate “supremo” de un recital irrepetible. No hubo bises. ¿Qué se puede tocar, qué se puede escuchar tras el “infinito hálito del alma universal”? Los de los caramelos, cuchicheos y telefonitos seguían erre que erre. Sin enterarse de nada. ¡La vida! Justo Romero

Publicada el 21 de abril en el diario Levante.

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