Crítica: Walzer y Martineau, Schubert desde la entraña del silencio en Atrium Musicae
Walzer y Martineau, Schubert desde la entraña del silencio
IV FESTIVAL ATRIUM MUSICAE. Recital Schubert. Manuel Walzer (barítono), Malcolm Martineau (piano). Lugar: Cáceres, Gran Teatro. Fecha: 31 enero 2026.

Walzer y Martineau triunfaron en el Atrium Foto: Sandra Polo
Corrían ya las siete y media de la tarde cuando, a punto de comenzar el recital programado del barítono Florian Boesch, una voz en off (la de Antonio Moral) anunció desde la megafonía del Gran Teatro de Cáceres que “por un severo proceso gripal” Boesch se ha visto obligado a cancelar su anunciada actuación en el Festival Atrium Musicae, centrada en el schubertiano ciclo de Lieder El canto del cisne como plato único. “Por fortuna”, añadió Moral, “el también barítono Manuel Walzer se ha podido desplazar expresamente desde Viena a Cáceres para salvar el concierto”.
La decepción por la cancelación de Boesch se vio pronto aliviada por la voz directa, carnosa, susurrada y saludable del barítono suizo, que aterrizó en el festival cacereño con una cuidada y bien hilvanada selección de Lieder de Schubert, que cantó de corrido, sin aplausos ni distracciones. De memoria. Interiorizadamente, desde el fondo del sentimiento y realzada por el piano atento y cómplice de Malcolm Martineau, el pianista que precisamente tenía que haber acompañado a Boesch, quien hizo la proeza de poner a punto el nuevo programa en apenas dos días.
Catorce historias cantadas y narradas por Manuel Walzer como quien se lo cuenta y confía a un íntimo. Con la carnosidad vocal de un Fischer-Dieskau y la sutileza de un Wunderlich. Un recital de dinámicas llevadas al límite, de pianísimos tan extremos que en ocasiones rozan lo inaudible. Walzer confía al oído atento y callado la entraña de cada sílaba, de cada nota.
Impone el silencio, y el público -que prácticamente llenó el Gran Teatro cacereño- se implica en la confidencia, en la pequeña gran historia de cada Lied, de cada canción. La formidable proyección de la voz de Walzer hace que hasta los pianísimos más cercanos al silencio lleguen con nitidez al último recoveco de la sala. El oído, como la retina, se abre al silencio tanto como el alma a la confidencia. ¡Esencia de Lied!
Desde la tremenda historia de la reina y el enano (Der Zwerg), a la de paloma mensajera (Die Taubenpost), o la bella historia del “pescador felizmente enamorado” (Des Fischers Liebesglück). También de milagros vocales como La estrella vespertina (Abendstern), Auf der Bruck (Sobre el puente), Du Bist die Ruh (Tú eres el reposo), o el célebre Im Abendrot (En el crepúsculo)…
Poesía hecha música. Música hecha poesía. Walzer y Martineau, Martineau y Walzer. Imposible no involucrarse, como espectador, en la vivencia de la miniaturesca obra de arte recreada por dos mensajeros tan absolutos como el cantante suizo y el pianista escocés. Esencia y verdad. Nostalgia y crepúsculo. ¡Schubert!
Al final, después del silencio, el estruendo del éxito. Llovieron aplausos y bravos. Tras varias salidas a saludar, cerraron la noche con el regalo de otro prodigio schubertiano: An die Musike, brutalmente roto por el estruendo de los acomodadores del teatro cerrando cortinas y puertas.
Pocos instantes después de comenzar, Walzer indicó a Martineau que parara. Entonces, repuesto el silencio que imperó en esta schubertiada para la memoria, recomenzó la Musike. Por fortuna, este recital irrepetible ha quedado grabado para los restos. En la memoria y quizá en disco.






















Últimos comentarios