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Por Publicado el: 05/07/2018Categorías: En vivo

Crítica: «La Creación», Y la luz no se hizo

Y la luz no se hizo

Haydn: “La Creación”. Alicia Amo, Gustavo Peña, Thomas Tatzl. Coro Haydn dels Baus. Orquesta Sinfónica Verum. Director musical: José Ramón Encinar. Director de escena y escenógrafo: Carlus Padrissa. Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial, 1 de julio de 2018.

Arturo Reverter

“La Creación” es una obra en bastantes aspectos descriptiva, aunque esa descripción esté muy matizada a través de planteamientos subjetivos. Lo que se nos narra pudiera ser considerado en consecuencia como impresiones de una naturaleza en movimiento, en continua evolución, y por la huella que ella deja sobre el hombre y la que el hombre deja sobre ella. Todo enmarcado en ese permanente canto de alabanza a la gloria divina. Tras el Caos inicial y la entrada del arcángel Rafael, el coro hace su aparición lentamente, en un escalofriante pianísimo, que prepara el ascenso a un imponente fortísimo en el que, con el tutti, rompe en un cegador acorde de do mayor: Y la luz se hizo, clama a los cuatro vientos.

Este es el pórtico y este es el tono que creemos posee la obra, con sus continuas variantes, sus alternancias, sus luces y sus sombras. La claridad instrumental, vocal y argumental va ganando terreno a medida que al partitura transcurre. El color, la alegría, la felicidad de la obra bien hecha, la aparición por último del Hombre determinan el sentido de la composición. No lo ha entendido así Carlus Padrissa en este meritorio, complejo, técnicamente acabado acercamiento a estos radiantes pentagramas. El regista y escenógrafo de La Fura ha optado por sumergirnos en la oscuridad o la penumbra con un escenario que aparece únicamente iluminado por luces de pequeño recorrido, por bombillitas que portan los figurantes, por focos centrados en un solo punto. O por las tablets que portan los componentes del coro -el pueblo- en las que se dibujan motivos alusivos y en las que leen la partitura.

Una gigantesca grúa –artefacto muy caro a La Fura- preside la escena y de ella cuelga, allá en lo alto, en bastantes ocasiones, la soprano, que junto con el barítono –en el encuentro de Adán y Eva- ha de sumergirse en una pequeña piscina o pecera transparente, que ha servido con anterioridad para significar la aparición de peces y animales marinos. Salen calados hasta los huesos. Uriel va ataviado con atuendo extravagante cuajado de lucecitas. El trasiego de figurantes y de tramoyistas es continuo y las proyecciones, sobre cuatro grandes paneles verticales, son constantes. Brillantes y fantasiosas imágenes, ora abstractas, ora concretas, conectadas un tanto alambicadamente con la narración, discurren a velocidad de vértigo ante nuestra un tanto confundida mirada. Es permanente, y atosigante, la presencia de enormes globos blancos sobre los que se proyectan motivos varios y que al final son soltados como símbolos de felicidad.

El espectáculo funciona en lo externo sin un aparente fallo y el despliegue técnico es de notable magnificencia (aquí habría que citar a un extenso equipo); aunque, la verdad, es que el ojo termina cansado de ese bullir implacable. Nos consolamos con la escucha. Encinar y sus jóvenes de la Sinfónica Verum desarrollaron una meritoria labor; él con su gesto seguro y sugerente, marcando en todos los planos y dando entradas y salidas a los cantores situados a veces fuera de la escena; modelando y acentuando con propiedad y dando a la música el aire y el aliento pertinentes, consiguiendo así una sorprendente transparencia en los contrapuntos. La juvenil formación, con sus timbres agrestes y su eventual rudeza, se plegó, más allá de ocasionales pifias, a esa rectoría. Bien el coro, constituido por gente de aquí y de allí, pero entonado.

Buen trío solista. Alicia Amo es una soprano lírico-ligera, más lo segundo que lo primero, de timbre claro y penetrante. Posee igualdad de registros, extensión y un centro muy estimable. No tuvo problemas en la a veces difícil coloratura de sus bellísimas arias y ligó como una maestra. Muy desahogada pese a estar colgada gran parte del tiempo. Peña es un tenor lírico con ribetes de ligero, que a veces canta un poco abierto en la franja aguda, pero su voz, agradable, sonora y timbrada, tiene cuerpo apreciable. Tatzl es un barítono de tinte noble y metal reconocible. Emisión teutona, estrechada arriba. Graves insuficientes para una parte que pide en realidad un bajo. Pero canta bien, es musical y maleable.

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