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Por Publicado el: 20/05/2013Categorías: Crítica

DON CARLO (G.VERDI). Covent Garden de Londres

DON CARLO (G.VERDI). Covent Garden de Londres. 18 Mayo 2013.

¡Qué difícil es asistir a una gran versión de Don Carlo! A lo largo de mi vida operística muy pocas han sido las ocasiones en que he  salido satisfecho de un representación  de esta ópera. Ahora bien, cuando uno asiste a un Don Carlo al que se le hace justicia vocalmente y se ofrece una gran versión musical, uno se da cuenta de que esta ópera de Giuseppe Verdi no solamente es una de las cumbres de su autor, sino de toda la historia de la ópera. Me temo que tendrán que pasar muchos años para volver a disfrutar de una representación de Don Carlo como en esta ocasión.

Todos los aficionados conocen que la Royal Opera House Covent Garden es una de las compañías de ópera más prestigiosas del mundo, a la que difícilmente alguien  colocaría fuera del podio de las más grandes. Aquí se cuidan los detalles al máximo, las versiones musicales son espléndidas y pocas veces los repartos vocales no están a la altura de lo mejor. Nada tiene de extrañar, por tanto, que se oyera hablar menos en inglés que lo que uno podía esperar y que la presencia de españoles fuera numerosa.

La producción escénica lleva la firma de Nicholas Hytner y se estrenó en este teatro hace 5 años. El trabajo escénico no pasa de ser una narración de la trama, recurriendo continuamente a los topicazos a los que tanto estamos acostumbrados. Trajes negros, abanicos rojos para  las damas de la corte, Inquisidores de rojo y algún monumento funerario. No es por aquí por donde este Don Carlo resulta especialmente interesante. Aunque la producción no tiene ninguna originalidad, no faltan detalles rechazables, especialmente en el Auto Da Fe, en el que uno de los Inquisidores suelta varias series de frases alusivas en latín y coreadas por el pueblo, mientras suena la orquesta, lo que no hace sino impedir que podamos escuchar la música debidamente. La escenografía y el vestuario se deben a Bob Crowley y son funcionales, con algunos aires de grandilocuencia en el primer aspecto, especialmente con la tumba de Carlos V y la fachada – en oro, ¡cómo no! – de Nuestra Señora de Atocha. Buena la iluminación de Mark Henderson.

La dirección escénica no tiene mucho de especial y responde a lo que tantas veces se ha podido ver en esta ópera. En esta reposición la dirección escénica corrió a cargo de Paul Higgins.

Escena

Uno de los grandes triunfadores de la noche fue Antonio Pappano, que nos ofreció una muy brillante lectura de la ópera, en la que no faltaron a la cita todos los ingredientes necesarios para darnos cuenta de que estamos ante un director excepcional. Ha sido seguramente la mejor versión musical que recuerdo de esta ópera. En una versión musical de esta categoría uno se da cuenta de lo grande que fue Verdi, que podrá compartir la primacía como compositor de operas, pero nunca cederla a nadie por más que desde hace años las modas intelectuales vayan por otros derroteros. Sin entrar en otros títulos más populares, la trilogía formada por Don Carlo, Otello y Falstaff es insuperable. Lo que necesitan estas óperas es un director y una orquesta excepcionales y aquí no han faltado a la cita. Si Antonio Pappano es hoy uno de los más grandes directores verdianos, la Orquesta de la Royal Opera House fue una excepcional formación a sus órdenes. Muy bien también el Royal Opera Chorus, que cuenta con uno de los mejores directores, Renato Balsadonna.

El rol protagonista fue interpretado por Jonas Kaufmann, sin duda uno de los grandes atractivos de esta representación, y cuyo resultado me ha resultado en parte decepcionante. Bueno será comenzar por decir que considero a Kaufmann como el tenor más importante de la actualidad en su amplio repertorio y, consecuentemente, el nivel de exigencia ha de ser el máximo. Son muchos los aficionados dispuestos a viajar para poder disfrutar de la voz y el arte de este tenor y uno no puede contentarse con una interpretación que no sea excepcional. En mi opinión ha sido ésta la interpretación más decepcionante que le recuerdo. Su entrada en el acto de Fontainebleau (aquí se ofrece la versión en 5 actos) ofreció una voz engolada y emitida de manera deficiente. No mejoraron las cosas en el dúo con Posa, en el que la voz del barítono tapaba a la del tenor. Tampoco resultó plenamente convincente en la escena del jardín, aunque la voz empezaba a sonar mejor. Las cosas mejoraron claramente en el Auto Da Fe, recordando al gran tenor que todos conocemos. En el acto final ofreció preciosas medias voces, pero su interpretación resultaba un tanto amanerada, especialmente teniendo una compañera en la referida escena que se entregaba de lleno al personaje. El timbre sigue teniendo el atractivo de siempre y el cantante sigue existiendo. Una estrella Michelín premia a los muy buenos restaurantes, mientras que la condecoración de las 3 estrellas está reservada a los mejores del mundo. Pues bien, esperaba un resultado de 3 estrellas y no pasó de una.

Jonas Kaufmann

La soprano armenia Lianna Haroutounian fue una muy festejada Elisabetta, entregándose en cuerpo y alma al personaje. Como ocurriera en Bilbao en Vísperas Sicilianas, saltó la sorpresa, ya que se trata de una cantante prácticamente desconocida para el gran público y a la que se anuncia como sustitución – en este caso de nada menos que de Anja Harteros –. Su actuación global hay que considerarla como notable por su arrojo y valentía, además de su buen canto. Supongo que, pasado el efecto sorpresa, las aguas de su valoración se tranquilizarán y el público valorará  debidamente sus virtudes y sus defectos. Hoy lo que prima es lo primero por el efecto sorpresa. Esta soprano tiene una voz atractiva y bien manejada, con un brillo y un volumen espectaculares en las notas por encima del paso, y emitidas en forte. En esa zona resulta brillantísima. El extremo agudo no es lo mismo y los graves son muy cortos y en gran medida forzados, lo que puede comprometer su futuro. Elisabetta es seguramente el rol  más grave que Verdi escribiera para una soprano y ella lo resuelve a base entrega y sonidos un tanto artificiales, pero sin perder la musicalidad. Una actuación, en suma, muy meritoria, con aspectos muy brillantes.

Ferruccio Furlanetto fue Felipe II y su actuación resultó plenamente convincente. Confieso que nunca me ha gustado la voz de Furlanetto, ni  de más joven ni tampoco en la actualidad. No obstante, hay que reconocer que es un auténtico artista, que acaba convenciendo a pesar de su no excepcional instrumento. Frasea de manera ejemplar y dice con una intención como muy pocos cantantes. A final, uno se olvida del timbre y se rinde a la evidencia del artista.

Ferruccio Furlanetto

El polaco Mariusz Kwiecien fue un Marqués de Posa ejemplar de principio a fin. Timbre precioso el suyo, gran línea de canto y dicción magnífica, acompañado todo ello  de una figura juvenil, que le hace ser inmensamente creíble en el personaje, y unas más que notables habilidades escénicas. No es la suya una voz para cantar los grandes roles verdianos, pero en Posa no puede ser más adecuado. Para mí fue lo mejor de la representación.

Jonas Kaufmann y Mariusz Kwicien

La mezzo soprano francesa Beatrice Uría-Monzón fue una Éboli de menos calidad que su colegas de reparto. La voz no tiene excesivo interés y la tesitura le viene muy incómoda. En O don fatale mostró sus carencias en las notas altas, ya que fueron desafinadas y bordeando el grito.

Buena actuación la del bajo Eric Halfvarson en el Gran Inquisidor. Estuvo muy bien caracterizado y ofreció una voz y una presencia poderosa y amenazadora.

En los personajes secundarios hay que señalar la presencia del  veterano (73) Robert Lloyd en el Monje/Carlos V, mostrando sus actuales limitaciones vocales. Dusica Bijelic pasó sin pena ni gloria por la parte de Tebaldo, Pablo Bemsch estuvo bien como Conde de Lerma. Susana Gaspar fue una Voz del Cielo un tanto estridente y apretada.

El Covent Garden colgó el cartel de No Hay billetes. El público aplaudió con fuerza durante la representación, dedicando una recepción entusiasta en los saludos finales a Kaufmman, Haroutounian, Furlanetto, Kwicien y Pappano. La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración total de 4 horas y 23 minutos, incluyendo dos intermedios. La duración musical fue de 3 horas y 22 minutos. Los aplausos finales fueron muy intensos y se prolongaron, durante 6 minutos. Así ocurre siempre aquí. Por intensos que sean los aplausos, se baja el telón. El precio de la localidad más cara era de 255 euros. En el piso más alto las localidades oscilaban entre 40 y 51 euros. José M. Irurzun

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