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Por Publicado el: 04/08/2022Categorías: En vivo

Crítica: El Castillo de Barbazul en el Festival de Salzburgo 2022

Genio, pestiño y baúl de la Piquer

FESTIVAL DE SALZBURGO 2022. Felsenreitschule. 2-VIII-2022. Bartók: El castillo de Barbazul.  Orff: De temporum fine comoedia. Nadezhda Pavlova, Helena Rasker. Coro musicAeterna. Joven Orquesta Gustav Mahler. Dirección musical: Teodor Currentzis. Dirección de escena: Romeo Castellucci.

Castillo-de-Barbazul-Salzburgo

«El Castillo de Barbazul» en Salzburgo. © SF / Monika Rittershaus

A veces pasan cosas inexplicables. ¿Cómo un Festival como el de Salzburgo puede incurrir en el despropósito de arrejuntar el magistral El castillo de Barbazul de Bartók con un pestiño refritado tan indigerible como es una cosa llamada  De temporum fine comoedia, que no es ni ópera, ni cantata, ni oratorio escénico, ni nada de nada? Al lado de este dislate de senectud de Carl Orff (quien rondaba los ochenta cuando trabajaba en la cosa, publicada en 1973), la Atlàntida de Falla parece La alegría de la huerta. El disparatado montaje conjunto, que es como programar Las Leandras como culminación de un Tristan, ha sido concebido escénicamente por el controvertido Romeo Castellucci y dirigido musicalmente por el no menos controvertido Teodor Currentzis. El invento, controvertido, claro, se prolongó durante más de tres horas y media. Un sopor.

Pero el asunto más grave no es cuestión de minutaje -que también-, sino de intensidad dramática y calidad musical. Tras la opresión acerada, asfixiante, de la obra maestra de Bartók, crecida, incluso, en este caso por el soberbio trabajo escénico de Castellucci, no caben otras músicas ni monsergas. Así de fuerte, así de total es el impacto que genera una obra como Barbazul. Tras ella, cuando el espectador anda todavía sobrecogido, y después de cuarenta minutos de receso, se le obliga a permanecer en su butaca para ser testigo del irremediable ocaso del invento. Musical y escénico.

Ante el bodrio interminable y atiborrado de Orff, a veces -las mejores- uno se siente en el Teatro Romano de Mérida con Las bacantes de Eurípides, o una parodia cutre del Oedipe de Enescu o la Bernarda Alba de Lorca; otras -la mayoría- ante un pestiño desnortado que no se sabe de dónde viene ni a dónde va. Tampoco lo que es. Castellucci hace de todo con su enorme talento para sacarlo a flote. Es inútil. Lo imposible, imposible es. La mona, aunque se vista de seda, mona se queda. Pues eso. No merece la pena dedicar más espacio al dislate. Solo apuntar la formidable participación vocal y escénica del versátil coro musicAeterna, como también de la Joven Orquesta Gustav Mahler, en una cosa en la que la percusión y los metales fanfarriosamente utilizados por Orff cumplen destacado cometido.

Sí merece tiempo y espacio, desde luego, la ópera maestra de Bartók. Frente al atiborramiento de Orff, la síntesis de Bartók. Apenas una hora de duración basta al genio húngaro para narrar la opresiva relación entre Barbazul y su enamorada Judith a través de cada una de las siete enigmáticas puertas de su lúgubre castillo. Un castillo de joyas manchadas de sangre y “lagos de lágrimas” que simbolizan  los dolores secretos de una vida, de cualquier vida. Castellucci crea una tensión creciente, asfixiante. Cada nueva puerta que abre Judith, cada nuevo descubrimiento, es un paso más en la relación destructiva de deseo, amor, misterio y posesión. Judith, como sus siete predecesoras, igual que Senta la redentora, sucumbirá. Y Barbazul y sus siete puertas, como el Holandés cada siete años, volverá a ser víctima hasta la eternidad de su propia maldición.

Sostiene Castellucci que “la belleza es posible únicamente porque termina”. En sintonía con este presupuesto, el regista de Cesena utiliza con minimalista habilidad y sutil belleza plástica la gigantesca escena de la Felsenreitschule. Apenas fuego, oscuridad, un suelo de agua (¿o sangre?) y un escueto camastro bastan para centrar y esencializar la sugestiva escena en el movimiento escénico de los dos únicos protagonistas, el bajo finlandés  Mika Kares (Barbazul) y la soprano lituana Aušrinė Stundytė (Judith), que revalidó el exitazo logrado el pasado festival interpretando en la misma sala Elektra de Strauss.

Imperdonable que el prólogo de El castillo de Barbazul fuese recitado en inglés y no en húngaro, el idioma de la ópera y de su estética. De seguir así, con esta anglofilia invasora, acabaremos cantando en inglés el dúo de Mari Pepa y Felipe. Tras este prólogo equivocado y vulnerador, el protagonismo pleno fue asumido plenamente por Kares y Stundytė. Cada nueva secuencia, cada nueva puerta, la Stundytė se transfigura en su evolución dramática -y también vocal- del poliédrico personaje, condenado irremediablemente a su fin irremediable. Se metió en la piel del papel para, más que cantar Judith, fusionarse y ser ella. Vocalmente, estuvo impresionante, poderosa, con agudos diamantinos, graves vigorosos y un sólido registro medio que ni siquiera la fascinación decibélica de Currentzis pudo eclipsar.

No ocurrió así con Mika Kares, que suma su nombre a la saga de legendarios bajos finlandeses, desde el inolvidable Martti Talvela al aún reciente Matti Salminen. Dio vida a un Barbazul cargado de empaque, fuelle y credibilidad, con una expresión contenida que coexistió con los puntuales pero grandes momentos de arrebato e incluso pasión. Su voz vigorosa, a diferencia de la de Stundytė, si sucumbió en los momentos de máximas dinámicas a la gigantesca orquesta, que Currentzis gobernó sin contemplaciones, pensando más en la opulencia del foso que en las dos voces protagonistas que tenía en escena.

Fue esta falta de atención el único pero que se puede poner a la opulenta y teatral dirección de Currentzis, que gobernó con detalle, fantasía y autoridad a una en todos los sentidos crecida Joven Orquesta Gustav Mahler, cuyos miembros respondieron con juvenil entusiasmo y competencia al reto de actuar en Salzburgo con una obra de tanta envergadura sinfónica y bajo el gobierno de uno de los maestros más en el candelero. El éxito unánime y entusiasmado al final de Bartók se tornó aplauso de cortesía al final del Orff. Aunque no faltaron los entusiastas incondicionales de cualquier cosa que apunte modernidad. Pero no nos engañemos: lo De temporum fine comoedia tiene más naftalina que el ajetreado baúl de la Piquer. Justo Romero.

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