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Por Publicado el: 10/09/2014Categorías: En la prensa

El público soberano

Ha sido una constante en la historia de la ópera la influencia del público, ese ente de mil cabezas capaz de encumbrar a una obra o a un cantante o de hundir tanto a la una como al otro. Algunas composiciones lograron sobrevivir a las primeras infaustas reacciones negativas. Citemos el caso de “El barbero de Sevilla” de Rossini, cuya primera representación en el Argentina de Roma en 1816 conoció uno de los mayores fiascos que se recuerdan.

            Los espectadores no siempre están preparados. Aunque hay clases y clases. Desde antiguo, los ocupantes del gallinero de La Scala de Milán, del famoso “loggione”, se constituyen en un senado infalible. Es célebre el abucheo al tenor Roberto Alagna, que hubo de salir por pies tras cantar de manera deficiente esa aria tan difícil que es “Celeste Aida”. Por un detalle mínimo se puede armar la marimorena. Fuimos testigos en el Madrid de los años setenta de un sorprendente altercado durante la interpretación en concierto, en el Real de entonces, de “Così fan tutte” de Mozart. Tras cantar su aria “Non siateritrosi”, el barítono Ewerhard Wächterse repanchingó en su silla con las piernas extendidas. Un espectador dijo en voz alta que aquello era una falta de educación y muchos lo siguieron: “En España, no”, se gritaba. El concierto continuó después de un conciliábulo… sin el barítono.

            Bastante más tarde, ya en el actual Real, el tenor José Cura, que se enfrentó con la audiencia,fue obsequiado con muestras de desagrado tras la “Pira”de “El trovador”. Y los viejos aficionados bilbainos tienen aún en la memoria aquel desplante del barítono Ettore Bastianini , que se negó a recoger un trofeo, molesto con la actitud de la sala del Coliseo Albia. Más modernamente fue muy comentada en Madrid la espantada del tenor Marcelo Álvarez en el curso de una “Andrea Chénier”.

Marcelo_Álvarez_as_Andrea_Cheniér

            De todas formas, son casos aislados porque hoy es raro que se organice una buena. El público, en general, se ha hecho más pastueño y no se enfrenta como antes a auténticos desaguisados canoros. Sí suele reaccionar ante algunos experimentos escénicos. Como puso de relieve después del aberrante “Alcestes” de Gluck de Warlikowski.  Arturo Reverter

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