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Por Publicado el: 27/12/2023Categorías: Noticias, Colaboraciones

Elvira de Hidalgo, de la gloria al silencio (I)

 Cerrando el “Año Callas”, es de justicia recordar a quien la descubrió: Elvira de Hidalgo, la aragonesa que llegó a ser la prima donna más joven del Metropolitan y que, como la diva grecoamericana, nació en un diciembre como este. Parte I

Elvira de Hidalgo, de la gloria al silencio - Colaboraciones Beckmesser

Elvira de Hidalgo (c) Fundación Valderrobres Patrimonial

UNA VIDA ENTRE PAPELES

El 13 de mayo de 2014, la casa de subastas turinesa Bolaffi, junto a incunables del siglo XIV, valiosas ediciones de Dante y Galileo o una rareza como la primera y única edición sobre la heráldica andaluza del siglo XVI, licitaba entre los 700 lotes ofertados dos pequeños envoltorios de indudable valor musical: un puñado de misivas de Giuseppe Verdi y siete cartas autógrafas inéditas de María Callas, estas últimas, con un valor estimado de 10.000 euros. “Se trata”, indicaba el catálogo de la sala “de escritos de la “Divina” de la lírica destinados a su maestra y amiga Elvira de Hidalgo”. El epistolario formaba parte de la extensa correspondencia mantenida entre ambas, como se deduce de los testimonios recogidos por Tom Volf. Su libro Cartas y memorias (Akal, 2022), abre ese apartado con una misiva en italiano de 15 páginas, escrita en Nueva York el 28 de enero de 1946, en la que Callas menciona otras que su profesora no habría recibido.

La última de la licitación turinesa, está datada en su casa parisiense de la Avenida Mendel el 24 de abril de 1969, año y medio después de que Onassis consumase la traición, desposando a Jacqueline Kennedy en la capilla de su propiedad en la pequeña isla privada de Skorpios. En ella se refiere a la entrevista que la televisión francesa le había hecho para el programa El invitado del domingo en la que aparece junto a Luchino Visconti, tras la que se emitía un encuentro con Elvira en su domicilio de Milán.

Tres años después de aquella subasta, la Fundación Theocharakis de Atenas presentaba María Callas, el mito vive, ambiciosa exposición conmemorando las cuatro décadas de su muerte. Entre casi 300 piezas, una colección de cartas de Elvira de Hidalgo a María, cedidas por el gran coleccionista Nikos Haralabópoulos, dejaba entrever la relación entre ambas. Como maestra- alumna, pero también cercana a la de madre-hija, complementando el vacío que cada una de ellas aspiraba a llenar, consolidando una vida plena.

Elvira de Hidalgo, de la gloria al silencio - Colaboraciones Beckmesser

Correspondencia (c) JALL

“ … Te envié el consejo que me pediste en tu última carta, como si fueras mi propia hija. ¿Lo has seguido? Sabes cómo todo lo que tiene que ver contigo me toca de cerca. Estoy muy orgullosa de ti y te quiero mucho […] un amor sin egoísmo como ningún otro y sin pizca alguna de celos”.

Llegando en otra a dar su opinión en momentos trascendentales… “Con un compromiso tan importante como Norma en París después de tu gran éxito en Tosca, debes cancelar el recital de Nueva York y todo los demás, para descansar en casa en París. Un mes de paz absoluta, para empezar lentamente a trabajar en la preparación de Norma, ópera excepcionalmente difícil, en la que deberías ser inigualable” … O, más adelante … “Nunca pararé de repetir que debes realizar cada día tus acostumbrados ejercicios de voz. Te permitirán alcanzar de nuevo las notas altas, así como esa musicalidad expresiva y técnica que son tuyas. No olvides ir a revisar tus cuerdas vocales, de las que tanto has abusado. Tu gran triunfo estará en Traviata. Quiero que siempre y en todos los aspectos seas la primera. Primera, única, porque tienes un raro talento, que nunca debes desatender. Talento que también te podría traer la felicidad a tu vida personal. Te conozco bien, te comprendo mejor que ninguna otra persona: en nuestra vida, que pertenece al público, porque Dios nos concedió un don que el dinero no puede comprar, ¡el éxito y la felicidad que extraemos de las emociones del mundo entero son tan grandes como los pesares y los desencantos! Pero no olvides que eres la gran, inolvidable Callas. ¡Tienes muchos años por delante, no los desaproveches!”

Sin parar de exhortarla: “acuérdate siempre de los que están a tu alrededor, especialmente tu muy preciada Bruna [criada de Callas]”. O bien “ponte en manos de un doctor. Uno muy concienzudo, que no vea en ti a la famosa Callas, sino a una persona frágil, que ha sufrido y sufrirá…”.

Las confidencias exteriorizadas durante la relación con el magnate concluyeron días después del matrimonio de éste con la Viuda de América: “Puedes imaginar mi tristeza estos días. En tu carta me dijiste que estabas completamente liberada de esa pesadilla llamada amor destructivo. Mi querida María, nunca hubiera imaginado que todo acabara tan cruelmente. Su boda, tan bochornosa, con tan poco gusto, ¡se reduce a un insulto! Todo el mundo te quiere y reza a Dios para que seas capaz de volver a ser la asombrosa María que antes fuiste. En este caso, tu digno silencio te ha hecho incluso más grande y te ha valido la solidaridad, admiración y amor de todos. El mundo entero te abraza con tiernos besos maternales. Elvira”

¿QUIÉN FUE ELVIRA DE HIDALGO?

Elvira de Hidalgo, de la gloria al silencio - Colaboraciones Beckmesser

Elvira de Hidalgo y Maria Callas

En abril de 2021, Nacho Viñau firmaba en Aragón Hoy un artículo sobre las diez aragonesas que cambiaron el mundo, entre la que ahora es objeto de estas líneas, comparte palmarés con la filóloga y lexicógrafa María Moliner, la bailarina y maestra de danza María de Ávila o Pilar Lorengar, soprano como De Hidalgo. Pero también con Raquel Meller, la reina del cuplé, que enamoró desde Chaplin a Huxley, a quien le unió una gran amistad tras coincidir en 1927 en una serie de espectáculos multidisciplinares en Ostende, en los que Meller interpretaba los temas que la hicieron famosa. Elvira deslumbraba con arias de ópera y zarzuela, comenta Juan Villalba en Elvira de Hidalgo. De prima donna a Maestra de María Callas (Fórcola, 2022), impecable trabajo documentado y ameno, de obligada consulta para quien quiera conocer en detalle la vida y milagros del personaje.

Una artista de talla internacional que, el 4 de diciembre de 1923, día en que Callas asegura tuvo lugar su nacimiento -los biógrafos apuestan por el 2 del mismo mes- protagonizaba La Traviata en su séptima y última temporada en el Liceu barcelonés, donde había debutado en 1911. Volvería a pisar sus tablas el 5 de mayo de 1959 cuando Callas, tras el único concierto de su vida en el coliseo lírico de Las Ramblas, reclamó su presencia para compartir los aplausos con quien había modelado su voz y su carrera.

Para su adiós personal, el de 1923, Elvira alternó durante tres semanas el personaje de Verdi con la Rosina de Il Barbiere di Siviglia: la llave que le abrió las puertas de todos los teatros. Pedro Arturo Cuartero y Gracia, se refiere en la última página de su tratado de canto Voz libre (Labor, 1959) “a la impresión tan poderosa que, por su dominio del arte de la declamación, le había causado oír en Italia a la soprano aragonesa, asentada en Cataluña, Elvira de Hidalgo, en el papel de Rosina… ”. Comenta en Mitos y susurros. 50 años de lírica en España. (Zumaque, 2010) el recientemente desaparecido Joaquín Martín de Sagarmínaga, experto en voces que, en su Diccionario de cantantes líricos españoles (Acento Editorial, 1997), dedica un largo capítulo a esta precoz personalidad de la lírica: “Elvira de Hidalgo estaba dotada de un timbre cálido y argentino, de una suavidad y dulzura fuera de lo común, pero intenso y vibrante al tiempo, especialmente en el registro sobreagudo, tímbradísimo y de una gran extensión (hasta el Mi, en su mejor época). Si los sobreagudos de la Galvany eran cortantes como el cristal, los de la Hidalgo lo eran como la arista de un diamante. La intensidad del timbre era tal que en el caso de la Hidalgo no hacía pensar en esa fragilidad con que normalmente se asocia a las sopranos ligeras, y daba la impresión de un volumen y una potencia extraña en las coloraturas […] la Hidalgo fue una de las poquísimas sopranos que se valió en las óperas, para obtener mayores contrastes dramáticos, de estos sonidos de pecho a la escuela antigua, sirviéndose a voluntad según convenía a las necesidades expresivas, de sonidos blancos, mixtos o de pecho”.

CUNAS PARALELAS

Quiso el azar que los padres de Elvira, que residían en Barcelona desde 1885, decidiesen que el alumbramiento de su segunda hija fuera en la casa de sus abuelos en Valderrobres, deslumbrante capital de la comarca turolense del Matarraña. Si Callas rectifica en dos días la fecha de su natalicio, en el caso de Elvira es la partida bautismal la que contradice la fecha del 28 de diciembre que en sus biografías aparece, al constatar que, si bien ese día fue bautizada, “nació a las 6 de la mañana del antecedente al bautismo”. O sea, el 27.

Elvira de Hidalgo, de la gloria al silencio - Colaboraciones Beckmesser

Partida bautismal de Elvira de Hidalgo

Sin haber cumplido un mes, la familia regresó a su domicilio en el barrio del Raval de Barcelona, cerca del Liceu, en cuyo Conservatorio Elvira estudió canto con María Barrientos, siete años mayor que ella, y con la soprano Concepción Bordalba que, en 1907, convencida de las posibilidades de la adolescente, auspició con una beca su marcha a Milán, junto con sus padres y hermanos, para perfeccionar la formación en las aulas del valenciano Melchor Vidal, continuador de la rigurosa tradición escolástica de Manuel del Pópulo Vicente García, tenor referencial para Rossini y padre de María Malibrán y Pauline Viardot. También de Manuel Vicente García, inventor del laringoscopio  que, en su faceta docente, transmitió el método de aprendizaje redactado por su progenitor, defendido desde entonces por numerosos cantantes, como Teresa Berganza, que siempre se mostró orgullosa del manual, que guardaba como un tesoro.

Los resultados de la apuesta no se hicieron esperar y, el 20 de abril de 1908, con 16 años, Elvira debutaba en el San Carlo de Nápoles, el teatro de ópera más antiguo del mundo, interpretando a Rosina, de Il Barbiere di Siviglia, papel que nunca abandonaría, permitiéndole medir su momento vocal. Para la ocasión, cambió su nombre de pila -Elvira Juana Rodríguez Roglán-, adoptando como artístico el de su abuela paterna y madrina, Elvira de Hidalgo, apellido por el que se la identificó en no pocas ocasiones como descendiente de la antigua nobleza hispana, equívoco que le gustaba alimentar.

FULGURANTE CARRERA

Como Rosina, en 1910, compartiendo cartel con el mítico Enrico Caruso, se catapultó mundialmente desde el Metropolitan de Nueva York como la prima donna más joven del coliseo de la Gran Manzana. Como Rosina debutó en 1916 en la Scala de Milán, en el montaje conmemorativo del centenario de la ópera de Rossini. Y como Rosina se dio a conocer en los principales teatros de tres Continentes en una imparable trayectoria que describe minuciosamente Villalba en su libro. La Rosina por excelencia, aunque en las dos décadas que extendió su reinado en plenitud de facultades defendiese otra treintena de títulos, incluyendo alguno contemporáneo, como Il segreto di Susanna, de Wolf Ferrari, o apostando, valiente, en la Ópera de Montecarlo, por el estreno absoluto en 1912 de L’épreuve dernière de Émile Nerini.

El nombre de Elvira de Hidalgo aparecía en los carteles cortejado por los más deslumbrantes de la lírica. Desde el citado Caruso a Lauri-Volpi, Tito Schipa, Beniamino Gigli, Tita Ruffo o Fiodor Chaliapin, el legendario bajo ruso que, tras el debut napolitano, fue su Don Basilio en el Théâtre Sarah Bernhardt de París y, desde ese momento, su amigo; de quien aprendió ese arte de comunicar actoralmente con que enriqueció sus personajes.

Sin olvidar a sus paisanos. Como los que, en 1923, para un Rigoletto del Teatro Real madrileño, se vio obligada a lidiar en días alternos, sorteando su declarada rivalidad: el barcelonés Hipólito Lázaro, que se jactaba de ser el mejor pagado, y Miguel Fleta, aragonés como ella, que tres años más tarde, en la Turandot puccininiana, con Toscanini en el foso, se anotaría en La Scala el primer Calaf de la Historia.

En Madrid, donde había debutado en 1917 dirigida por Tullio Serafin, valedor con los años de Callas, Elvira se presentó también en el teatro Apolo, templo de la zarzuela, ovacionada por las Carceleras, de Las Hijas de Zebedeo, con que, como con los recurrentes Clavelitos, encandilaba al público en sus propinas. Más extraño fue que, un año más tarde, el mismo de su debut en el Covent Garden londinense, que hasta ese momento se le había resistido, aceptase cantar una zarzuela completa en los Jardines del Real, protagonizando El cabo primero, de Fernández Caballero y Arniches.

AMORES Y AMORÍOS

Aunque pretendientes no le faltaran, incluidos aristócratas y miembros de la realeza, como luego ocurriera con María, en el amor no fue afortunada. El marquesado Dalla Rosa de su primer marido, el maduro Guido Zarabelli, apenas le serviría para blasonar su ficticia hidalguía. Del segundo, el millonario Armand Bette, antiguo secretario de Clemenceau y empresario de los grandes teatros de Ostende y Montecarlo, con quien contrajo matrimonio en 1928, pronto se cansó por su afán de alejarla de la escena.

En parte por escapar de su jaula de oro, pero también buscando nuevos escenarios en lugares menos exigentes, declinando la década de los veinte comenzó a indagar posibilidades en Grecia, donde su corazón acabó cediendo a las flechas de Panagís Karantinós, miembro de la familia propietaria del Teatro Olympia de Atenas (hoy renombrado María Callas), donde, en los primeros meses de 1930, Elvira cantó Barbiere y Rigoletto. La situación sentimental, primero disimulada y luego abiertamente visible, obligó a la Hidalgo a jugar un doble papel con Bette que, a todas luces separados, moriría en 1937.

Continuará mañana

Juan Antonio Llorente

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