Historias musicales: La única chica en la orquesta, de Orin O’Brien a Raquel Areal
Historias musicales: La única chica en la orquesta, de Orin O’Brien a Raquel Areal
Casi sesenta años después del ingreso de la primera mujer en las filas de la Filarmónica de Nueva York, una chica española acaba de obtener estos días un puesto de violinista en otra de las grandes orquestas mundiales, la filarmónica berlinesa.

La violinista española Raquel Areal
Ocurre como en los estudios de derecho, y quizá algo menos de ingeniería industrial, aunque también. La tendencia resulta imparable. En estos últimos días, dos jóvenes chicas españolas, ambas violinistas, acaban de cosechar sendos importantes reconocimientos profesionales, seguramente más que merecidos, porque las instituciones a las que han logrado acceder no basan sus exigentes criterios selectivos en el prestigio dudoso, falso y efímero de las cuotas, que solo sirven para la publicidad y el márketing pero resultan anatema para la búsqueda de la excelencia.
La gallega Raquel Areal, con plaza en la estupenda Orquesta Nacional de España, ha preferido ahora volar hacia Alemania para seguir su ascendente carrera en la Filarmónica de Berlín, el Everest de cualquier instrumentista cuyas aspiraciones consistan en llegar a formar parte de un conjunto sinfónico.
En la capital germana, Areal continuará la senda pionera del madrileño Fernández-Arbós, que en su tiempo fue concertino (nada menos) del conjunto; de Santiago Cervera, aquel valenciano que estuvo casi treinta años en la orquesta, durante la época dorada de Karajan, junto al que grabó las integrales de las sinfonías de Beethoven y Brahms, entre otras. Y tendrá como compañero, entre los actuales atriles, al viola murciano Joaquín Riquelme, que llevaba tres lustros sólidamente instalado en la élite berlinesa como único representante español, hasta hoy.
Se va una violinista gallega a experimentar la gloria auténtica mientras una guipuzcoana, Olatz Ruiz de Gordejuela,abandona el prestigio de la Sinfónica de Londres para asumir la plaza de concertino en la Sinfónica de Galicia. ¿Dejar un puesto en Londres por otro en La Coruña? La chica lo ha visto, en realidad, como lo que es, un ascenso: no representa lo mismo ser violinista “rasa” que ocupar el puesto de primer violín en una agrupación relevante, el honor que otorga ser “primus inter pares”, las nuevas y variadas oportunidades profesionales que se le presentarán y el salario seguramente hayan jugado a favor de su decisión.
Ahora parece ya cosa de otro mundo, pero en otra época no tan lejana el acceso de las mujeres a puestos en las orquestas suponía, en ocasiones, territorio minado por las reticencias, en gran parte, de algunos de sus propios compañeros. Lo recuerda un interesante documental de Netflix (no todo van a ser series), The only girl in the Orchestra (La única chica en la orquesta), que explora la fantástica, longeva e ilustrativa trayectoria de Orin O’Brien, primera fémina en lograr un puesto en la Filarmónica de Nueva York.

The only girl in the Orchestra
A O’Brien, contrabajista, la contrató en 1966 el visionario Leonard Bernstein, que siempre se deshizo en elogios hacia su talento y compromiso con la música: “Pasara lo que pasara, cada vez que miraba hacia donde ella estaba tocando me encontraba siempre con sus brillantes ojos, atentos y despiertos como si se hubiera aprendido todas las notas de memoria y no necesitara ver la partitura. Era un milagro”, dijo en una ocasión acerca de la instrumentista.
La actitud del director norteamericano contrastaba, en cambio, con la de otro colega suyo que, en 1970, solo cuatro años después del ingreso de O’Brien en la Filarmónica neoyorquina, le dijo a la prensa: “Simplemente, creo que las mujeres no deberían estar en una orquesta. Se vuelven masculinas. Los hombres las tratan como iguales… No me gusta, y nunca me gustará, la idea de agrupar a hombres y mujeres en las orquestas y otros grupos instrumentales. Una mujer hermosa distraería a los otros músicos y una fea a mí”.
El comentario, nunca desmentido, se le atribuye a Zubin Mehta. Y afortunadamente a nadie se le ha ocurrido cancelarlo por ello, en estos días de cazas de brujas, quizá porque el mundo de la música goza de una influencia residual en el ámbito de la cultura, no digamos ya si se lo considera como una parte integral, insignificante, del espectáculo (el “show business”).
No, afortunadamente Mehta no es Karla Sofía Gascón y, si en estos últimos años, en su fuero interno se le hubiese dado por mantener idéntica opinión, al menos, nunca se ha presentado públicamente como un hipócrita paladín de justamente lo contrario, sumándose, por ejemplo, a la última ola del feminismo radical mediante declaraciones extemporáneas. Por el contrario, durante el periodo en que fue director de la Filarmónica de Nueva York, entre 1978 y 1991, Mehta seguramente tuvo oportunidad de modificar sus antiguas ideas, contrastarlas con la realidad.
Colaborar durante todo su mandato allí, sin aparente disgusto, con la bella O’Brien, quizá contribuyese a que pudiera cambiar de parecer. Seguro que fue así. Si sus versiones de Mahler, en ese periodo no demasiado brillante de la orquesta, no podían competir con las históricas que Bernstein había abordado antes allí mismo, nada tendría que ver en eso la indudable atractiva presencia de la contrabajista (para entonces, además, ya habían contratado a otras intérpretes) entre sus músicos.
O quizá ayudara que la más habitual posición de los contrabajos, situados al fondo de la cuerda (casi rozando ya las paredes), dificultara a sus compañeros la oportuna visión de la mujer, sin tener que torcer inoportunamente el cuello. Resulta, por otro lado, interesante que más que contra el espíritu de la época, a la hora de proponerse ingresar en una orquesta, O’Brien tuviera que lidiar con las propias ambiciones de su madre, tempranamente depositadas en ella, frente a otros prejuicios o circunstancias.

Orin O’Brien se convirtió en una leyenda en la Filarmónica de Nueva York
A Marguerite Churchill, una popular actriz que en sus primeros años había participado junto John Wayne, a las órdenes deRaoul Walsh, en La gran jornada, lo de que que su niña tocara el contrabajo con fines profesionales le parecía vulgar, algo muy de segunda clase. Para la madre, solo debía contar convertirse en una estrella.
Churchill, casada además con George O’Brien, el protagonista de la obra maestra de Murnau, Amanecer, juzgaba que la elección de su hija suponía en la práctica un desdoro. No porque una mujer no estuviera cualificada de sobra para tocar en una orquesta.
Más bien creía que la talentosa Orin, como hija de una pareja de triunfadores del espectáculo, estaba destinada a alcanzar logros más brillantes por ella misma, lejos del discreto desempeño colectivo que representa el trabajo en una agrupación sinfónica. Una gran estrella, de lo que fuese, o nada. Hasta ahí debía apuntar la muchacha para complacerla y reivindicarse.
Entre las nuevas generaciones de jóvenes músicos, que luego han ido incorporándose a la plantilla de la orquesta neoyorquina (muchos como antiguos alumnos suyos), Orin O’Brien aún representa un mito por su determinación y entrega, la generosidad para transmitir a otros la experiencia y conocimientos adquiridos pero, sobre todo, por su inagotable amor por la música.
Otros otoños vendrán, y en el parnaso feliz de los contrabajistas esta divertida mujer ocupará siempre un lugar destacado. De Marguerite Churchill ya nadie se acuerda.
(Publicado en El Debate)























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