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Un Elixir con luces y sombras
De la delicadeza de Villanueva a la explosión de Steinberg
Por Publicado el: 04/12/2016Categorías: En vivo

«Israelis Brünlein»: Por las alturas

         POR LAS ALTURAS

            Johann Hermann Schein: “Israelis Brünlein” (“La fuente de Israel”). Collegium Vocale Gent. Director: Philippe Herreweghe. Auditorio Nacional, sala de cámara, Madrid. 1 de diciembre de 2016. Universo Barroco.

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Hemos asistido, creemos, a una auténtica primicia entre nosotros. Este “Israelbrünlein”, constituido por madrigales espirituales a cinco o seis voces y continuo, publicado en 1623, es una obra que, como señala Pablo J. Vayón, aparece “provista de mil recodos simbólicos y retóricos, situada a medio camino entre la sensualidad y la piedad”. El estilo italiano fue aprehendido extraña y maravillosamente por este músico sajón que vivió entre 1586 y 1630 y que fue uno de los antecesores de Bach como Cantor en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig. Parece que fue de los primeros en importar las innovaciones de la monodia barroca italiana, el estilo concertante y el bajo continuo.

De los 27 madrigales se han eliminado seis, entre ellos el último, escrito para seis voces. Los demás están a cinco y han tenido una reproducción sensacional. Herreweghe ha situado como continuo un violón o contrabajo, un chelo, una tiorba y un órgano positivo, algo muy defendible ya que este pequeño grupo ha actuado como soporte armónico y contrapuntístico en ocasiones (por lo que respecta a la tiorba) del conjunto vocal: dos sopranos, un tenor agudo, un tenor y un bajo. No son instrumentos excepcionales, pero empastan extraordinariamente bien. Y afinan.

De ellos hay que destacar, no obstante, al bajo Wolf Matthias Friedrich, que sustituía al anunciado Peter Kooij, seguramente con ventaja porque el alemán posee una voz amplia y oscura, capaz de descender a un re 1 y de servir de sólida base de un grupo que, bajo el mando discreto, suave, elegante, sobrio y musical del director belga, nos ofreció 85 minutos de magnífica música. Estos madrigales muestran una enorme variedad de acentos, ritmos, combinaciones, imitaciones, melodías y claroscuros en su servicio a los textos bíblicos. Habría que resaltar infinidad de momentos memorables. De música y de interpretación.

Por citar unos pocos: las ágiles vocalises del nº I, “O herr, ich bin dein Knecht”, los delicados ataques del II, “Freue dich des Weibes”, el tono dolorido y la alternancia de colores del VI, “Wende dich, Herr”, la intensidad lumínica y el contrapuntismo del XII, “Ist nicht Ephraïm”, la limpieza de las entradas en el XIII, “Siehe an die Werk Gottes”, la soberbia solemnidad del XVII, “Herr, Lass meine Klage”, la elevación por escalones, los “ostinati” del XVIII, “Siehe, nach Trost”, las notas largas y el remate proceloso del XXIII, “O Herr, Jesu Christie” –ofrecido como bis- y la rotundidad ceremoniosa del XXV, “Lehre uns bedenken”. Después del nº VII y del nº XVII escuchamos, respectivamente, para relajar la tensión, dos interludios, uno de John Dowland, limpiamente tocado a la tiorba por Thomas Dunford, y otro de Samuel Scheidt, que bordó al positivo Maude Gratton.

Un gran concierto del que salimos reconfortados y con el alma más pura. Sala llena. Arturo Reverter

 

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