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Por Publicado el: 15/02/2017Categorías: En vivo

La Carmen de la Montiel

Escena de la producción

La Carmen de la Montiel

Programa: Carmen, ópera en cuatro actos de Georges Bizet. Voces protagonistas: María José Montiel, Eduardo Sandoval, Enrico Marrucci, Ainhoa Garmendia, José Antonio Zúñiga, Helena Orcoyen, Marifé Nogales, Gillen Mungía, Jagoba Fadrique, Iosu Yeregui. Coros: Tempus Ensemble y Escolanía de Coro Easo. Orquesta: Opus Lirica. Director de escena: Ekaitz González. Director musical: Andrea Albertin. Fecha: 12-02-2016. Lugar: Auditorio Kursaal. Producción: Opus Lirica.

Aforo competo, lo que denota el atractivo que concita esta ópera junto con el evidente esfuerzo propagandístico que Opus Lirica ha realizado para la promoción de su afán en crear una temporada estable en San Sebastián, incluso recordándonos en algunos momentos, en semejante empeño de marketing a Gene Kelly ‘cantando bajo la lluvia’ ante el atrio de la basílica donostiarra de Santa María.

De entrada, la dirección de escena no acertó con su idea en la producción. Sevilla no aparece, ni por asomo, en ningún momento. Bien podía haber quitado los tacones a la Montiel para que no le sacara una cabeza a don José. Cuatro estructuras metálicas, tipo andamiaje de obra, medio cubiertas por unas maderas a modo de partes de cajas de fruta o de pescado, que lo mismo valen para un roto que para un descosido, según en el ángulo que se las coloque. La intemporalidad de la escenografía en lo que se refiere a la ubicación de lugar establecida en el libreto de Meilhac y Halèvy, no puede crear afición alguna al nuevo público que pretende atraer Opus Lirica. El acto III fue, escénicamente hablando, el más medio logrado tapando los andamiajes con telas, aplicando luz en penumbra para crear ambientes que permitieran imaginar la agreste serranía andaluza en que acampan los contrabandistas. En el acto IV el esperado y escrito desfile de cuadrillas brilló por su ausencia; a Escamillo le pidieron los apéndices del morlaco antes de entrar en la plaza de toros y le llovieron papelitos rojos y amarillos desde las bambalinas. Carmen, en vez de luchar por la libertad y su vida, ofrece el cuerpo para recibir el navajazo de muerte. ¡Cosas veredes, Sancho!

María José Montiel fue la estrella del evento, sobre la que ha pilotado toda la promoción de esta ópera en San Sebastián. Es un actual referente internacional en este papel, entre las tres mejores del mundo, pero no tuvo su día redondo, escénicamente hablando, por  el deficiente diseño aplicado a su personaje que impidió ver a la mujer de raza que esta mezzosoprano lleva dentro. Vocalmente siempre sobresaliente, siendo impactante su acto IV.

El tenor Sandoval mostró una impostación forzada, con voz oscura para la textura exigida en don José. Emisión irregular y mala dicción del francés. El aria de la flor la destrozó con un canto engolado y de mal gusto. Ainhoa Garmendia estuvo en la tesitura perfecta para hacer Micaela, no en la de otros personajes que antes ha interpretado en su Opus Lirica. Ha de reconocerse que hizo canto muy bello en el aria del acto III «Je dis que rien ne m’epuvante».

Es la primera vez que uno ve a Escamillo entrar en la taberna de Lilias Pastia «près des remparts de Sèville», detenido por unos supuestos Dragones de Alcalá. Marrucci, con un víbrato feo en los terrenos agudos, por los que apenas quiso transitar, se quedó cortito en el siempre esperado «toréador, en garde»; Siendo generoso en la calificación vocal no llegó al notable con un aprobado holgado. García es la vulgaridad cantando, con un color en la cuerda de bajo impropio para el personaje de Zúñiga. Del resto del reparto ha de destacarse el bien hacer de Nogales -que ya está pidiendo mayor espacio- y la esperanzada progresión del joven Munguía, nieto del famoso tenor.

El coro de mayores dejó ver sus toscos pespuntes con evidentes desajustes entre la sección masculina y la femenina, dando tres vueltas y media la segunda a la primera. Quedaron patentes los problemas en la preparación vocal. Impecable el trabajo y el canto de la Escolanía del Coro Easo en los actos I y IV, siendo todo un referente de calidad. La uniformidad plúmbea en los planos sonoros de la orquesta -creada ad hoc– fue evidente, así como el concepto desaborido que salió de la batuta de Albertin, muy lejana del romanticismo con el que Bizet dibuja a su cigarrera libertaria, descuadrando la concertación durante el quinteto vocal «de nos, de bous» del acto II. EMECÉ

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