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Por Publicado el: 21/02/2017Categorías: En vivo

La ciudad de las mentiras, minucioso entretejido

Escena de La ciudad de las mentiras en el Teatro Real

La ciudad de las mentiras, minucioso entretejido

Elena Mendoza y Matthias Rebstock: La ciudad de las mentiras. Katia Guedes, Laia Falcón, Anne Landa, Anna Spina, Graham Valentine, David Luque, Michael Pflumm, Tobias Dutschke, Guillermo Anzorena. Dirección musical: Titus Engel. Dirección de escena: Matthias Rebstock y Elena Mendoza. Escenografía: Bettina Meyer. Figurines: Sabine Hilscher. Iluminación: Urs Schönebaum. Sonido: SWR Experimentalstudio Freiburg. Teatro Real, Madrid. 20 de febrero de 2017.

No es baladí consignar en la ficha los nombres de todos los participantes en este espectáculo basado en cuatro textos de Onetti. Diríamos que estamos en un ir más allá de la idea wagneriana integradora de la obra de arte total. Los autores se mueven a la búsqueda de procedimientos narrativos nuevos, propios de la música y solo posibles mediante ésta. Los cantantes se dan la mano con actores e instrumentistas; los textos, tanto cantados como hablados, susurrados, recitados y proyectados son la base de un zascandileo constante entre acciones escénicas.

Es difícil seguir el hilo, tanto más cuanto que la megafonía es muy defectuosa; como la pronunciación de algunos actores-cantantes. Todo se desarrolla a lo largo de quince escenas sobre un decorado único, con una barra de bar como centro (en imagen, nos apuntó una espectadora, que recuerda ciertos cuadros de Hopper). La dimensión irreal, metafórica, de las historias se refuerza por la integración de la música en la acción sobre el escenario. Allí se dan cita piano, clarinete, saxo, trombón, chelo y violín, que sirven de base y soporte general a un foso de once profesores y a un grupo, situado en el palco real, de siete, que, opina Schubbe, puede ser una imagen del río de los cuentos de Onetti.

Todo ello establece una amplia panoplia de planos sonoros, que se superponen, entrecruzan o marchan en paralelo y que ilustran la narración, cuajada a su vez de gestos teatrales y en la que dos de las mujeres protagonistas son incorporadas no por cantantes sino por una acordeonista y una viola; aquella con sus golpes percutidos, ésta con sus trémolos. Murmullos, “glisandi”, gigantescos efectos de las percusiones, golpes suaves de los parches, “pizzicati”, onomatopeyas… De todo hay; y todo se combina en ocasiones con guiños graciosos y en otras buscando, y logrando, unos juegos rítmicos de notable inventiva a partir, por ejemplo, de los adminículos de un bar de copas o –magistral efecto- con las fichas del dominó o con los juegos de pelotas en un piano preparado.

Con todo, y pese a la acumulación, a la dificultad de seguir las múltiples acciones, el espectáculo, un teatro musical en realidad o, si se quiere, una suerte de “performance”, funciona y avanza. Cantar se canta poco, y no muy bien, dentro de una línea en la que abundan los melismas, los ataques secos, las frases entrecortadas, que se integran en un lenguaje por supuesto atonal y, eventualmente, expresionista. Laia Falcón fue la que cantó con más propiedad en su papel de Mujer en la historia de “Un sueño realizado”, que es la que enmarca la acción general.

Entre los actores hubo un poco de todo, desde el poco natural y confuso Graham Valentine (Doctor Díaz Grey) hasta el gracioso y eficaz Tobias Dutschke (camarero). Titus Engel, director muy bragado en el repertorio contemporáneo, supo extraer mucho jugo a la composición, que se mueve en la línea cultivada en tiempos por Dieter Schnebel o Mauricio Kagel. Arturo Reverter

Un comentario

  1. Enrique López-Aranda 22/02/2017 a las 19:11 - Responder

    He ido a ver “La ciudad de las mentiras”. No voy a entrar en la discusión sobre si es o no una ópera porque si lo consideramos como tal, su valor artístico sería mínimo. La música me ha parecido exactamente la misma música que tantas veces hemos oído en tantas otras obras contemporáneas, con los mismos limitados recursos sonoros excesivamente apoyados en la percusión y con un manifiestamente pobre uso de la cuerda. En fin, nada nuevo. La línea dramática (por llamarlo de alguna forma), aparte de confusa, aburrida; salvo la escena del camarero sirviendo la mesa, pero eso es más un número cuyo valor artístico no pasa del que pueda tener un corrientito espectáculo de cabaret. Y para qué hablar del precio de las entradas…

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