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Por Publicado el: 17/02/2021Categorías: Entrevistas

Rubén Fernández Aguirre: «Jamás me planteé ser solista»

Rubén Fernández Aguirre: «Jamás me planteé ser solista»

El pianista más solicitado tiene la agenda llena de proyectos, como llevar al Teatro de la Maestranza los día 21 y 22 «Le cinesi», de Manuel García

Rubén-Fernández-Aguirre

Rubén Fernández Aguirre

Rubén Fernández Aguirre tiene grabado a fuego lo que un día le dijo  Félix Lavilla. Y es que viniendo de quien venía no había que echarlo en saco roto. «El secreto para ser un buen pianista de cantantes es poder cambiar de piel, ser camaleónico». Menuda frase. Vasco de nacimiento, de 1974, a este hombre barbado le quieren todos: tenores, sopranos, mezzos y barítonos. De uno en uno. O de dos en dos. Artistas nacionales y consagrados números uno que brillan en medio planeta. Claro que a él, lo que de verdad le importa es la música. La mamó desde niño en su casa. Y cuando tuvo, como se decía años ha, «uso de razón», o quién sabe si fue antes, tuvo bien meridiano que él quería ser pianista de cantantes. Solista, no. Nunca. Y eso, en un país como España, es peliagudo. La clave está, como tantas cosas, en la educación recibida.

-¿Se considera aquí la profesión de pianista acompañante de segunda?

-Depende de la educación musical recibida. Si cultivamos que la única salida es la de ser solista, es lógico pensar que una profesión como la mía pueda parecer secundaria o de segunda. En Europa no sucede así. España es otro cantar.

¿Cómo llegó él al piano? «Sin querer necesitaba que esta profesión existiera porque era a la que tenía que dedicarme. Vengo de una familia en la que  siempre se ha escuchado música. Y yo soy un enamorado de la voz. Ni un segundo siquiera me planteé que quería ser pianista solista«, recuerda. Aunque le costara más de una discusión con sus profesores.

Conseguir esa comunión entre la voz y el piano no todos lo consiguen. Por eso, como aquella película de Woody Allen, «Todos dicen I love you«. «La clave es querer que a quien está sobre el escenario le vaya de maravilla, esté cómodo y tranquilo. Es mentalidad de base: considerar el bien de aquel que está contigo, porque su éxito es el tuyo», y añade: «El pianista de cantantes es quien es dependiendo de con quién trabaje. Si el artista sabe que cuenta con ese «colchón» musical, va a relajarse, estar más a gusto y tranquilo y hasta tirarse a la piscina si lo desea». Es el plus que otorga Rubén Fernández Aguirre a cada cantante. De cada uno conoce su vocalidad, sabe cómo respira y cuándo lo hace. En definitiva: «Tú das y recibes con creces». En estos tiempos de individualismo da gusto apropiarse el lema. Que se lo pregunte, por ejemplo, a Lissette Oropesa, en la cima de la lírica, y con quien ha trabajado hace pocos días en un recital en la ABAO. No había trabajado con ella antes, pero hizo lo mismo que con viejos amigos como Mariola (Cantarero), Ismael (Jordi), Carmen (Solís) o Ainhoa (Arteta). «Tuve la sensación de que durante todo este tiempo me he estado preparando para llegar a una situación así, como la de trabajar con Lisette».

Le nombramos tres vozarrones con las que ha trabajado y él da con la tecla exacta para definir a cada cual: «Carlos Álvarez es mi hermano mayor, a quien más admiro en esta profesión. Con él interpreté mi primer concierto en 2002. Es un ser humano excepcional, a quien todos aprecian y admiran en esta profesión y eso es un éxito. Me enseñó algo fundamental: que tocara cada concierto como si fuera el último«. ¿Y María Bayo? «Desde la época de las grandes como Caballé o Berganza, ella ha sido la más importante. He coincidido con ella en su última época. Su base es trabajo, trabajo y trabajo». De José Manuel Zapata dice que es un «amigo querido. Llegó a lo más alto en cinco años sin estar preparado mentalmente para ello. Toqué con él en el Carnegie Hall. Hoy, Pepe es inmensamente feliz con lo que hace y para mí es un ejemplo de superación«. «Cuando tu nombre va de la mano del de los grandes te levantas cada día con una sonrisa», dice con orgullo. El mismo con el que habla de sus dos hijos de 11 y 6 años, Adriana y Markel, a los que cuida, lleva al colegio siempre que puede «y con los que me encanta ejercer de aita». Su rutina carece de truco: se levanta a las seis y media y estudia diariamente.

Félix Lavilla, lo dice él, «es el espejo en el que uno se miraba sin querer de pequeño. Le admiraba, me decidí a escribirle para poder aprender con él y me aceptó como alumno privado. Había sido muy feliz tocando con Teresa Berganza, pero era consciente y sabía, al tiempo, que había perdido la posibilidad de haber podido trabajar con otra mucha gente». Siguió el consejo y ha sabido amoldarse y asociarse.

-Cada cantante es un mundo, con todo lo que encierra la frase…

-Lo es. Valoro bastante el hecho de que ellos lleven el instrumento dentro. Es el único instrumento vivo que existe.

Su mundo, antes de y ahora, ha sido el concierto en pequeño formato, que ahora, este nuevo contexto de medidas de seguridad y de separaciones de dos metros, se ha hecho con un lugar que, por derecho, tenía que tener. Ha salido más a la luz. Y Fernández Aguirre se felicita por ello. Lo mismo que por el hecho de que las óperas de salón, por ejemplo, de Manuel García, se demanden más ahora. Y cita el caso de «Le cinesi», que viene un despegue.

Proyectos no le faltan. Con Sabina Puértolas homenajeará a Emilio Arrieta en su centenario (que se cumple en octubre) con la recuperación de las canciones del compositor para voz y piano, muchas de ellas no estrenadas. El año que viene se pondrá frente a la integral de Monsalvatge con la soprano Nuria Rial y el tenor David Alegret. Y «devolverá» a la vida al compositor y pianista aragonés Fermín María Álvarez a través de sus canciones en la voz de Airán Hernández. Sin olvidar nunca una función básica para él: «Defender el patrimonio musical español, que me parece fundamental«. Y mientras tanto, «dar guerra, que es lo que me gusta y disfrutar de la música, que durante el confinamiento se ha demostrado que es necesaria. Tenemos que seguir defendiéndola, e ir al teatro. Alimenta el alma, y el estómago también», acaba. Gema Pajares

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