Sherezade en el Upper West Side con el Teatro Real
Sherezade en el Upper West Side con el Teatro Real
Durante unos días de octubre, Madrid y Nueva York se cambiaron las orquestas como esos matrimonios que en agosto se prestan la casa y se dejan las llaves bajo el felpudo. Dudamel y su Filarmónica ocuparon el Auditorio Nacional los días 13 y 14. Al día siguiente, la Orquesta Titular del Teatro Real se instalaba en el David Geffen Hall, salón de la Filarmónica. Ya quisiera la diplomacia oficial firmar intercambios tan equilibrados.

Imagen del concierto en Miami
© Alba Lucia Lepe Soriano
Es la quinta visita en cinco años. Carnegie Hall en 2022, con la reina Sofía, los dos alcaldes, Juanjo Mena, Perianes y Puértolas. Geffen Hall en 2023, otra vez Mena, con Pablo Ferrández y Esperanza Fernández. Formato de cámara en el Zankel Hall en 2024, con Leticia Moreno. De nuevo el Carnegie en 2025, con Afkham, María Dueñas, Saioa Hernández y la princesa Leonor en el palco. Este año no hubo reina, princesa ni alcalde. Mejor. Cuando no hay nadie a quien mirar en el palco, el público mira al escenario.
Y hubo novedad: por primera vez la gira salió de Nueva York, hacia Miami y Washington. El programa, bautizado Fire, Guitar, Legend, título que en castellano sonaría a cartel de tablao, reunía cuatro números de El amor brujo, las Siete canciones populares españolas de Falla vestidas por Berio, el Concierto de Aranjuez con Juan Manuel Cañizares y, tras el descanso, Scheherazade. Dirigía Gustavo Gimeno, titular desde septiembre de 2025, que llegó al podio desde los timbales y conserva del oficio una precisión de relojero.
Con esa misma partitura se presentó hace un lustro ante los berlineses, en una época en que procuraba no llevar música de su tierra cuando debutaba fuera. Se lo recordaron en Nueva York y respondió, risueño, que los periódicos viejos no se tiran. He aquí un director que sabe encajar una pregunta. Mientras tanto, a cien metros, Ramón Tebar, paisano y quinto suyo, se estrenaba en el Met con La bohème. Valencia exporta batutas como antes naranjas.
Rara vez se puede comparar la misma orquesta, con el mismo programa, en dos recintos tan distintos. El Geffen Hall se rehízo por completo en 2022, a un coste de más de quinientos millones, y los críticos neoyorquinos, que habían sufrido medio siglo la vieja Avery Fisher, aplaudieron su nitidez aunque reclamaron algo más de calor abajo. Eso se oyó: una sala que apaga el sonido enseguida, donde cada instrumento solista se dibuja limpio pero el tutti no termina de inundar.
El Knight Concert Hall de Miami, firmado por César Pelli, lleva el sello acústico ajustable de Russell Johnson y lo ha rodado la Orquesta de Cleveland, residente allí cada temporada. Allí el sonido respiró más y los contrabajos se hicieron sentir. En ingeniería, en cuya disciplina me doctoré, a eso lo llamamos un ensayo controlado. Lo pagaron otros, pero la conclusión es gratis: la sala también toca.
Las dos sopranos se repartieron virtudes. Adriana González, guatemalteca, a quien Madrid escucha desde 2019 y que va camino de debutar en Londres con Carmen, puso delicadeza y una gama de colores envidiable. Gabriella Reyes, norteamericana con raíces nicaragüenses y salida de la cantera del Met, tenía un registro central más denso, más cerca del tono popular de estas canciones.
Lo mejor llegó en las propinas. González cantó en euskera el aria de las flores de Mirentxu, de Guridi, con un hilo de voz que parecía flotar; Reyes eligió las “Carceleras” de Las hijas del Zebedeo, de Chapí, con una gracia de verbena. Matabosch defiende que el programa no sea solo español. Se comprende, pero las propinas dijeron de España más que el programa.
Cañizares tiene con el Aranjuez una historia íntima. Lo estrenó en su repertorio en 2011, precisamente en el Real, junto a Rattle y los berlineses, y recuerda que el director avisó a sus músicos de que ese día no tendrían delante a un guitarrista clásico. Contó también que a Rodrigo le preguntaron una vez por qué no había escrito nada flamenco y que el maestro señaló su concierto.
Una década al lado de Paco de Lucía le ha dado oído para descubrir la bulería que late en el primer movimiento, y lo hace respetando cada nota escrita. En Miami tocó con una uña dañada y lo pagó en el Allegro, pero se desquitó en el Adagio. Su bis, “Cádiz”, de la Suite Al-Ándalus, levantó las dos salas, y en esos mismos días Sevilla le entregaba el Giraldillo de la Bienal.

Cañizares interpretó el Concierto de Aranjuez
© Alba Lucia Lepe Soriano
La cima de ambas veladas fue Scheherazade. Gergana Gergova encarnó a la narradora desde el primer atril, y entre los vientos merecen nombre el oboe de Guillermo Sanchís, el fagot de Francisco Alonso y un clarinete, el de Luis Miguel Méndez, que sonó a humo. En Miami, al volver del descanso, Gimeno se topó con medio patio de butacas aún de pie. Se apartó del atril y aguardó con los brazos caídos a que todos se sentaran. No dijo nada. No hacía falta.
Antes del concierto neoyorquino, en la cena de gala, David Rockefeller Jr., vinculado al Real desde 2015 y nombrado en julio Patrono de Honor, primer particular que recibe ese título, levantó la copa y deseó larga vida al Teatro Real. Diecisiete años en el Patronato de la Fundación del Teatro Lírico me enseñaron cuánto vale un mecenas que aparece, paga y además aplaude, frente a los diez que solo aparecen en la foto.
Las cifras: todo vendido en las tres ciudades. Patrocinan ACS, Iberia, El Corte Inglés, la Fundación AHCES y Oesía, y desde 2024 existen los American Fellows. García-Belenguer tiene ya comprometido el calendario americano hasta 2029. En noviembre, Pekín y Shanghái; en diciembre, flamenco en la India. Y las Bodas de Fígaro de Robert Carsen, primera producción compartida con el Met, se estrenan en Madrid en noviembre, el mismo mes en que Saioa Hernández pisa por primera vez el escenario neoyorquino. El broche lo pone en Washington, en la Biblioteca del Congreso, un cuarteto formado por primeros atriles de la casa, con Arriaga, Amy Beach y Dvořák.
Todo esto se llama diplomacia blanda y tiene una trampa: creer que llenar una noche de gala equivale a ganarse una ciudad. En Miami hubo quien conversaba durante el Adagio y quien iba y venía por los pasillos. No es reproche, es diagnóstico. La prueba no estará en el Lincoln Center, sino en la Plaza de Oriente, el día que los neoyorquinos crucen el océano para escuchar a esta orquesta en su casa.
Las dos noches acabaron con el preludio de El bateo, que la orquesta ya regaló al Lincoln Center hace tres años. Chueca lo escribió en 1901 para la Zarzuela, en cuyo foso tocaban entonces los abuelos de estos músicos, y el argumento gira en torno a unos organilleros que se declaran en huelga y condenan a Madrid a quedarse solo con los clásicos. Tiene gracia que una orquesta criada en un foso madrileño, que lleva ciento veintitrés años esperando su turno de salir a escena, elija precisamente ese chiste para decir adiós en los templos del repertorio.
Sherezade salvó la vida dejando cada amanecer la historia sin terminar. El Real ha aprendido el truco: calendario cerrado hasta 2029. Mientras el sultán quiera saber cómo sigue, habrá función. Y yo se la seguiré contando y, quizá, la próxima vez desde la propia Nueva York.






















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