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Por Publicado el: 12/03/2013Categorías: Crítica

Sokolov, genio abrumador

Ciclo Scherzo

Sokolov, genio abrumador

Obras de Schubert y Beethoven. Grigori Sokolov, piano. Auditorio Nacional. Madrid, 11 de marzo

Regresó a Madrid el ansiado y temido Grigori Sokolov. Ansiado por el público que espera con fruición cada una de sus actuaciones. Temido por los conserjes del Auditorio Nacional, que saben que por causa de sus propinas tendrán que hacer horas extras. Trataré de explicar cómo es posible participar de ambos sentimientos.

Puede empezarse alabando su generosidad. Sokolov se sienta ante el teclado y se abstrae de las toses o los móviles que emborronan los momentos más sublimes de su recital, las notas etéreas que nos dejó Beetoven en el tercer tiempo de la “Hammerklavier”, y para él no trascurre el tiempo. Es coherente, para que el tiempo pase como uno desea hay que saber manejarlo y él lo hace en cada interpretación recreando tempos personalísimos. Esta “independencia” del tiempo le permite ser generoso y ofrecer un recital de más de dos horas y media largas, con una primera parte de más de una hora dedicada por entero a Schubert. Por cierto, el Schubert de los “Cuatro impromptus D.899” y las “Tres piezas para piano D.946” visto como continuador de Haydn y, a la vez, paralelo a Beethoven. Un auténtica maravilla, pero también abrumador. Tanta imaginación, cratividad o poderío en los fortes en tan extensa y densa primera parte abruma a quienes vivimos con los tempos habituales del XXI y sabemos que después vendrá una de las más largas y difíciles sonatas de la historia del piano.

Pocas veces he visto a Sokolov tan “fallón”, a él que es un virtuoso del teclado, uno de los grandes de la actualidad, cuya técnica es prodigiosa, que no circense. Y sin embargo… te quiero. Sí, porque admira la fantasía sin arbitrariedades, la delicadeza sin afectación, el poder sin violencia, el inteligentísimo uso del pedal… en definitiva la forma de hacer música. La talla de cualquier pianista se muestra sin posibles dobleces en el “adagio” de la Op.106, en donde hay casi inventar lo que Beethoven insinuó y en la siguiente fuga, casi imposible de tocar. Y Sokolov dio la talla, vaya que la dio. Enseñó que en música sucede como en los buenos licores, que cuando son añejos casi saben igual. Beethoven se fundió con Bach en los dedos del ruso.

Hay público que después de esa extraordinaria sesión pide y pide propinas como pretendiendo que la velada entre en el Guiness de los bises y poder contar que allí se estuvo. La generosidad de Sokolov con los barrocos franceses estuvo fuera de lugar. Gonzalo Alonso

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