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Por Publicado el: 28/04/2016Categorías: Entrevistas

Vincenzo Costanzo: «Cada repertorio tiene su cantante»

R

 

© Victor-Santiago

© Victor-Santiago

 

El joven tenor italiano debuta en España con la Luisa Miller del Teatro Real

 

  • Soy matemático hasta en el canto
  • La técnica, si se abandona un solo día, te deja
  • En el escenario eres como el gladiador en la arena
  • Lo que Nucci toca se convierte en puro Verdi

 

Sin haber cumplido 25 años, Vincenzo Costanzo debe a su fidelidad esa posición dominante que empieza a copar en el mundo de la lírica. Al empeño en corresponder a la apuesta de sus dos abuelos: el de verdad y el artístico. El de verdad se propuso que fuese el primero en todo, haciéndole simultanear su formación canora con la de ingeniero informático. El abuelo artístico, Leo Nucci, lo protegió tras detectar el tesoro escondido en la voz de aquel casi adolescente nacido en una pequeña población cercana a Nápoles. En un lugar donde ni sus más próximos sabían qué era la ópera, hasta verse sorprendidos cuando, tras pisar por primera vez las tablas del teatro lírico más antiguo del mundo, el napolitano San Carlos, en la televisión se referían a su Vincenzo como el tenor más joven del mundo. El mismo que este martes volvía a emocionar como protagonista masculino en una Luisa Miller concertante, a la audiencia del Teatro Real, en el que debutaba y al que la próxima temporada regresará, ya con escena, para encarnar a Pinkerton, su papel más aplaudido.

P. Aparte del Rodolfo de Madrid, con los dedos de una mano se pueden contar los papeles que lleva en cartera

R. Profesionalmente he cantado Alfredo (Traviata), Ismaele (Nabucco), Ruggero (La rondine), Pinkerton (Butterfly) y Malcom, de Macbeth, que he decidido apartar de mi repertorio, de modo que la posibilidad que tenía de hacerlo la próxima temporada en Madrid la he desechado tras adoptar la decisión. No abandono el título, pero en lugar de ese papel tengo previsto cantar mi primer Macduff en Palermo.

P. Tres óperas de Verdi y otras tantas de Puccini ¿Hay algo más allá para usted de estos dos compositores?

R. Por supuesto. Adoro a Mozart, por ejemplo, y a Rossini. Escucho mucha música sinfónica; soy un devoto de Vivaldi pero también de Stravinsky. Y desde el punto de vista de la música, de buena parte incluso de las óperas de Wagner.

P. ¿Tiene proyectos en un futuro próximo para satisfacer todos estos amores?

R. Estoy estudiando el Stabat Mater de Rossini, en espera de dar con el momento adecuado para cantarlo. Para Mozart, para títulos de Rossini como La donna del lago, igual que ocurre con Il pirata, esa extraordinaria ópera de Bellini, se precisa una voz de lírico pleno como la mía, aunque por la costumbre se acuda a tenores ligeros. Para mí, la mejor Donna del lago de la historia es la de Franco Bonisolli. Por eso espero la situación precisa para proponer todas estas óperas que se hacen tan poco, con una voz distinta de aquella a la habitualmente se recurre.

P. Dice proponer ¿puede permitírselo ya, en este momento de su carrera?

R. No. Puedo proponérmelo a mí mismo, pensando en mi vocalidad. Pero hasta ahora son los directores los que me hacen las propuestas. A partir de ahí, intento ver qué es lo que mejor se adecua a mi voz. Pero si tengo confianza con el director de algún teatro y en un momento me deja que le muestre mi idea sobre Il pirata y le gusta, lo puede hacer ¿por qué no?.

© Michele-Crosera

© Michele-Crosera

P. Un papel por excelencia ha hecho: Pinkerton, en el que regresa a Madrid la próxima temporada

R. Lo he cantado muchas veces. Es un personaje que todos quieren ver como un malvado, pero en mi opinión no es así. Si lo he hecho mío es porque lo concibo de modo distinto a los demás: como un muchacho que no sabe lo que está haciendo, porque no tiene una idea clara de la vida. Alguien dulce, joven, sincero, que con veinte años se sube en un barco, llega donde le han destinado, pasa el tiempo reglamentario y vuelve a casa. Pero cuando recapacita sobre las consecuencias de lo que ha dejado atrás, se arrepiente. Aunque ya sé que muchos dirían que es fácil arrepentirse entonces, sin haber calculado antes las consecuencias…

P. Desde el punto de vista técnico ¿encaja bien en su esquema?

R. Pinkerton no es un papel fácil para el tenor. Tiene mucha enjundia para sacarlo adelante, porque en el primer acto se encuentra con un aria, que es una de las más difíciles de Puccini. Es increíblemente dura, siempre en esa tesitura difícil y con nueve si bemol para dar, además del do final. Es un personaje increíble, a pesar de que sólo cante un acto, aparte del Addio fiorito asil que se suele incluir, aunque no estaba en la primera versión de la Scala, y Puccini añadió para el estreno posterior en Brescia. Estoy encantado con este papel porque me encuentro bien en él.

P. ¿Cuándo se siente seguro en los papeles que acomete? ¿O son como los toros y hay que estar atentos para evitar cornadas traicioneras?

R. Partiendo de que los cantantes somos seres humanos de carne y hueso, y como decimos en Nápoles estamos bajo el cielo y todo puede suceder, pienso que en la vida no puedes nunca estar seguro de nada al ciento por ciento. Es preciso estarlo al 99,9 por ciento y recargado de adrenalina, pendiente de esa décima restante. Siempre atento y, sobre todo, sabiendo utilizar la inteligencia apoyada en el estudio, porque nunca puedes infravalorar un papel. En el escenario eres como el gladiador en la arena. Especialmente cuando nos referimos a estos niveles altísimo en los que nos movemos. De modo que nunca puedes decir que estás seguro en el papel. Como no se puede decir de nada en general en la vida.

© Victor-Santiago

© Victor-Santiago

P. ¿En qué manos ha confiado su carrera?

R. En las del Señor, de Dios, porque soy muy creyente. Pienso que la voz no es mía, sino un instrumento suyo que me ha otorgado para comunicar emociones a los demás. Por esa razón, no debo destruirla, sino utilizarla del mejor modo posible. Estudio muchísimo, soy un gran estudioso. Todo el día enfrascado aprendiendo técnica, y muchas noches las paso pensando en posibles soluciones. Soy matemático hasta en el canto. Porque la técnica, si se abandona un solo día, te deja. En ese punto he tenido la suerte de aprender mucho de Leo Nucci, de Marco Berti, de Francesco Meli… He contado con el privilegio de contar con estas personas de cerca, y me he apropiado mucho de ellos.

P. ¿Cuánto tiempo tardó en aceptar la propuesta?

R. (duda y luego sonríe) Me llamaron de mi agencia, que es la misma de Leo Nucci, y me dijeron que podía cantar Luisa Miller en Madrid. Tenía una función de Butterfly, que acabó a medianoche. A las cinco de la mañana –puedo jurarlo- tomaba el avión y a las 11 estaba en el Teatro para hacer una prueba con el maestro Conlon. Si daba la talla, me contrataban; en caso contrario, no. Afortunadamente, funcionaron las cosas.

P. ¿Había estado antes en España?

R. Cantando no. En el Liceu, siendo más joven, viví una bella experiencia en la que aprendí muchísimo. Fue con Liliana Cavani, cuando dirigió en Barcelona Cavalleria y Pagliacci. La había conocido en La Arena de Verona; me invitó a verla trabajar y pasé con ella todo el periodo de la preparación, desde los ensayos a la representaciones.

P. Entonces, Luisa Miller ha sido su début en nuestro país

R. Así es

P. ¿Ha sentido miedo?

R. Más que miedo he tenido un gran sentimiento de responsabilidad. El miedo condiciona el canto. Y no debes sentir esa presión. El público no tiene que percibir miedo en el cantante: solamente escuchar cómo lo hace.

P. Debutó Miller en Busseto, luego la hizo en Piacenza…

R. …y también en Ravenna

P. Esta ha sido la primera vez sin escena

R. Si

© Javier del Real/Teatro Real

                                      ©  Javier del Real/Teatro Real

P. ¿Cómo ha podido interiorizar el personaje?

R. Tengo a mi favor el haber contado con James Conlon, un maestro tan grande que aunque cantes con él en versión concertante, consigue hacer creer que es con escena. Con la música te abduce, porque tiene una extraordinaria idea de los tempi. Para colmo, hemos tenido la suerte de tener junto a nosotros a Nucci, uno de los grandes intérpretes verdianos de todos los tiempos. Lo que Nucci toca se convierte en puro Verdi. Por todo ello, lo único que puedo decir es que me considero honrado por todas esas cosas en conjunto, y un gran privilegiado por haber estado aquí.

P. La verdianidad de Nucci, ¿le infunde seguridad o le coarta por respeto?

R. Aparte de todo, el maestro Leo Nucci siente por mí un afecto similar al de un abuelo, y mantenemos entre nosotros mucha relación de familiaridad. Y, más allá del respeto que siento por el artista inmenso que es, he comprobado que nada más empezar a cantar, todo mejora. Consigue que todos cantemos mejor, porque es capaz de transmitir tal energía, que nadie en el mundo podría conseguir lo que Nucci consigue.

P. Ha trabajado junto a él en el escenario, y también a sus órdenes como director artístico. Esa energía que menciona ¿la transmite más el compañero o el regista?

R. Esta pregunta me cuesta responderla. Es mejor que el público juzgue los resultados. Sin recurrir a florituras; sin bromear, Nucci es grande en todo: un grandísimo cantante, un grandísimo músico y prepara las partituras hasta un nivel insospechado de detalles. Juntando estas tres cosas: partitura, música y bonhomía, automáticamente, por obligación, se convierte en un gran director con quien sabes qué tienes que hacer sobre el escenario. Respeta a los cantantes y en especial, la verdadera música de Verdi. ¿Cómo voy a decir en qué aspecto prefiero a Nucci?. A Nucci lo prefiero de todas las maneras.

P. Recientemente se han juntado en una Traviata, usted como Alfredo y él como Germont padre ¿Le gustaría adoptarlo como padre?

R. Creo que es Nucci quien me ha adoptado a mí como hijo artístico, porque siempre me da consejos. Yo escucho todo lo que dice, porque aprendo mucho de él, y él espera mucho de mí, porque sabe hasta dónde puedo llegar. Si ve que a la primera no lo consigo, insiste. A esa insistencia suya, le debo mucho. Nunca olvidaré lo que ha hecho por mí.

P. ¿Es su mejor referente en el canto?

R. Nucci es un modelo por su modo de cantar. Llegar a su edad y tener una voz fresca, intacta, como la suya, además de tal maestría, para mí no puede ser sino un modelo.

P. Tiene otros?

R. Soy un gran admirador de Mario del Monaco; en muchos aspectos, también de José Carreras… Y adoro a Pavarotti. Su Bohème es una de las mejores. Cada repertorio tiene su cantante.

© Javier del Real/Teatro Real

© Javier del Real/Teatro Real

P. En Luisa Miller ha compartido cartel con algunas voces españolas ¿Cómo se ha sentido?

R. Me gustan mucho las voces españolas, porque tienen ese calor auténtico que les da la tierra. Una cosa que me gusta mucho de los españoles, y en eso se parecen a los napolitanos, es que cantan con el corazón. Es algo muy bonito, y por eso me gusta tanto España.

P. Hasta el punto de haber cantado alguna romanza de zarzuela

R. Los napolitanos fuimos regidos por los españoles y nosotros en el modo de cantar tenemos influencia española. Eso se siente incluso en las canciones clásicas napolitanas. Si se escuchan cuidadosamente se percibe que tienen mucho de español. Si decidí probarme con la zarzuela es porque me parece de justicia que recordemos nuestros orígenes. Me ha gustado hacerlo, y espero haber conseguido dar con ese punto de la lengua española, aunque no sea español al ciento por ciento.

P. ¿La incluye en sus conciertos?

R. Incluso me han llegado a proponer en Ámsterdam uno sólo de zarzuela y dije que no.

P. ¿Cómo recuerda el trabajo con otro español, el catalán Álex Rígola?

R. Adoro a Álex y él a mí. Nos conocimos en aquella magnífica, maravillosa, Butterfly en La Fenice de Venecia, y desde entonces nos une una fortísima amistad. Es verdaderamente ¡un grande!

P. ¿Qué recuerda como más maravilloso en su incipiente carrera?

R. Desde el punto de vista artístico, la gran experiencia con la Luisa Miller del centenario verdiano, por todo lo que aprendí. O cuando canté en Venecia con Chung, que es un grandísimo director, que después de aquella Butterfly me invitó a cantarla de nuevo en Tokio en forma de concierto, con su orquesta, la Filarmónica de Tokio, una de las más importantes del mundo. Otra vivencia muy bella la tuve en La Scala de Milán, como cover de Alfredo Germont en una Traviata que protagonizaban Diana Damrau, Željko Lučić y Piotr Beczala con Daniele Gatti en el foso. Nunca me había divertido tanto ni había asimilado tantas enseñanzas.

P. ¿Qué sueño le gustaría ver cumplido un día?

R. Dentro de 15 años, cantar Andrea Chénier, porque estoy enamorado de ese papel. Pero tiene que pasar ese tiempo. Mientras, está pendiente algo muy interesante en Venecia de lo que aun no puedo hablar, una Rondine en la Deutsche Oper de Berlín con Rolando Villazón dirigiendo, que espero sea una hermosa experiencia si pienso en la Traviata que canté en ese mismo teatro. Mientras tanto, para todo aquello que vaya viniendo, buscaré el tiempo preciso para estudiar y estar a la altura.

P. ¿Qué tiene pendiente En España?

R. Butterfly, que será mi début escénico en el Teatro Real, donde tanto he disfrutado con la respuesta del público. Aparte de esto, quedan por ahí algunos proyectos, pero debemos dejarlos madurar.

P. ¿Y si le ofrecieran cantar una zarzuela?

R. Para ello, primero debería prepararme con alguien que conozca bien el género. Después, sumergirme en ella dos o tres meses por ver si es para mí antes de comunicar mi decisión. No puedo decir que sí antes de probarme, porque nunca acepto nada de lo que me ofrezcan si no lo he cantado antes. En ese caso, lo primero es estudiarlo. Si va bien, abro la partitura; en caso contrario, la cierro y ¡hasta la vista!.

Juan Antonio Llorente

 

 

 

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