Crítica: Contrastes y emociones en el Museo Vostell, con Mario Brunello en el Atrium Musicae
Contrastes y emociones en el Museo Vostell, con Bach y Weinberg en las cuerdas de Mario Brunello
IV FESTIVAL ATRIUM MUSICAE. Recital Mario Brunello (violonchelo). Obras de Bach (Suites para violonchelo, nº 1 y 3) y Weinberg (Sonata para violonchelo solo número 2, opus 121). Lugar: Malpartida de Cáceres, Museo Vostell. Fecha: 1 enero 2026.

Brunello en el Museo Vostell
Foto: Sandra Polo
Ya en la recta final de IV Festival Atrium Musicae, el violonchelista Mario Brunello (1960) ha vuelto a dejar constancia de su alcurnia artística e instrumental con un recital que aliaba músicas de Bach y Weinberg. Como marco ideal para esta propuesta de sentidos y lógicas, el Museo Vostell de Malpartida de Cáceres, una paraíso abierto ubicado entre encimas, piedras, lagunas, cigüeñas y las creaciones e instalaciones del artista alemán Wolf Vostell, quien en 1974 concibió la idea de crear aquí un museo, “inconfundible e innovador, como expresión del arte de vanguardia, un lugar de encuentro de la Vida, del Arte y la Naturaleza”.
Vanguardia y naturaleza a raudales como entorno para este encuentro entre dos suites de Bach y la dramática y más que intensa Segunda sonata para violonchelo solo de Weinberg, que se escuchó enmarcada por la Primera y Tercera suites de Bach. Fue un recital en carne viva. Sin paños calientes. Que transitó desde la “luz serena del Barroco a las sombras del siglo XX”.
El carisma de Brunello se sumó a su virtuosismo servidor de Música para trasladar y contagiar la tensiones, desesperaciones y contemplaciones que vuelca el soviético Weinberg -nombre grande y recuperado de la mejor música de la segunda mitad del siglo XX- en su segunda sonata, fechada en 1977 y cargada de referencias, desde melodías hebreas, a resonancias shostakovichianas y, por supuesto, al propio dios-Bach.
Todo lo expuso y expresó Brunello -uno de los máximos escuderos de la música de Weinberg- con vehemencia, convicción y la implicación incondicional que requiere cualquier gran música. Con intensidad y tensión en los momentos de mayor agitación -incluso hasta el punto de que en un determinado momento el mismo arco salió disparado por las alturas, interrumpiendo momentáneamente la interpretación-, y un aliento contemplativo donde el tiempo quedaba suspendido ingrávido en la atmósfera propicia del espacio diseñado por Vostell. También en la cómplice sensibilidad de cada uno de los espectadores que abarrotaron el museo en una grisácea mañana de domingo en la que la llovizna iluminaba la emoción del paraje y sus resonancias.

Imagen del concierto
Foto: Sandra Polo
Fue la versión de una obra maestra interpretada por uno de los más reveladores violonchelistas de nuestro tiempo. Antes y después de Weinberg, Bach, con sus ramalazos historicistas. Nuevo y eterno. Recreado con vehemencia y estilo. De tiempos vivos y articulados acentos, en el que el origen subrayado de cada danza -minuetos, bourrés, gigas, alemandas, zarabandas…- parecía reivindicar naturaleza y razón de ser. Bach puro. Sin aditamentos ni adjetivos. Cuadratura, efusión y estilo marcaron tónica desde el preludio de la Primera suite, a la giga de la Tercera. Siempre desde una claridad y perfección técnica volcada en servir con genuina fidelidad la expresión bachiana.
Como contraste, Mario Brunello, visiblemente tocado por el “marco incomparable” (él mismo aplaudió al final del recital el entorno museístico) quiso regalar una pieza “próxima a esta maravilla”, como él mismo dijo al anunciar el único bis de la mañana. “El intermezzo y danza final de la Suite para violonchelo solo de Gaspar Cassadó, un gran violonchelista español que vivió muchos años en Italia”. Imposible guinda más oportuna para este recital de contrastes y emociones.
























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