Giovanni Pierluigi da Palestrina: El arquitecto de la armonía eterna
Giovanni Pierluigi da Palestrina: El arquitecto de la armonía eterna

Kyrie de la Missa Papae Marcelli de Palestrina
A veces, al caminar por las naves de Santa María la Mayor o perdernos bajo la cúpula de San Pedro buscamos un eco y entonces nos llegan sonidos de hace siglos. Admiramos sus arquitecturas y meditamos. A más de uno le llegará el eco de quien esta semana celebramos los 501 años de su nacimiento y pensará que su música, su arquitectura de sonidos, sigue sosteniendo la techumbre musical de Occidente. Me refiero, cómo no, a Giovanni Pierluigi da Palestrina.
Si la música fuera una catedral, Palestrina sería su piedra angular. Pero, no una piedra tosca, sino mármol de Carrara. Su figura se alza no solo como un compositor, sino como el hombre que salvó la polifonía cuando los puristas del Concilio de Trento estaban dispuestos a desterrarla al olvido, acusándola de oscurecer el texto sagrado.
El “salvador de la música”
La leyenda, siempre tan dada a los trazos gruesos, nos cuenta que fue la Missa Papae Marcelli la que obró el milagro. Se dice que los cardenales, fatigados por el contrapunto enrevesado donde no se entendía ni el Amén, quedaron suspendidos en el aire al escuchar la claridad de Palestrina.
Más allá del mito, la realidad es más técnica e incluso más fascinante, porque Palestrina no renunció a la complejidad, sino que la domesticó. Su técnica, lo que hoy estudiamos como el estilo de Palestrina, se basa en el equilibrio absoluto. Si una voz salta, debe compensarse con un movimiento conjunto en dirección opuesta. No hay estridencias, no hay saltos al vacío. Es la música del orden divino en un mundo, el del Cinquecento, que empezaba a agrietarse. Bien podríamos decir que, en Palestrina, el arte no se impone a la fe, sino que se convierte en su vehículo más perfecto.
La pureza como vanguardia
Resulta curioso que, dos siglos y medio después de que su legado fuera codificado por Fux en su Gradus ad Parnassum, sigamos volviendo a él. ¿Por qué nos fascina hoy, en un mundo de ruido digital y disonancia constante? Quizás por su transparencia casi matemática.
Su catálogo es inabarcable: más de 100 misas, 300 motetes y uno madrigales espirituales que son, en esencia, mística pura convertida en vibraciones. Al escuchar obras como el Sicut cervus, uno comprende que la polifonía no es una suma de voces, sino una conversación donde nadie grita y todos se escuchan. Diríamos que estamos ante la democracia perfecta del sonido.
Palestrina fue el primer músico de la historia consciente de su propia posteridad. No escribía para hoy, sino para la eternidad. Trabajó para papas, sufrió las estrecheces de la Capilla Sixtina y sobrevivió a las pestes que se llevaron a su esposa y a sus hijos, pero su pluma nunca se dejó contagiar por la desesperación. Hay en su música una serenidad que es una lección de resistencia.
El Legado en el Siglo XXI
Por eso no es un ejercicio de arqueología musical celebrar este aniversario. Palestrina no es un busto de mármol frío en un conservatorio; es algo vivo. Su influencia llega hasta Bach, se filtra en el misticismo de Arvo Pärt y sostiene la estructura de cualquier compositor que aspire a la belleza a través del orden.
En este 2026, las salas de conciertos y las catedrales deberían volver a llenarse con sus notas y no para rendir pleitesía al pasado, sino para encontrar un refugio en medio de nuestro caos musical contemporáneo. La de Palestrina es un bálsamo para el espíritu cansado y la demostración de que el ser humano, cuando se lo propone, es capaz de rozar lo absoluto.
Como siempre digo desde estas líneas, la música no se explica, se siente. Pero para sentir a Palestrina hay que despojarse de las prisas. Hay que dejar que las voces se entrelacen en nuestra cabeza como si fueran las nubes de un fresco de Miguel Ángel. Al final, lo que queda es el silencio, pero un silencio donde vive por la perfección.
Giovanni Pierluigi da Palestrina no murió hace siglos. Vive cada vez que un coro respira al unísono, recordándonos que, por encima de nuestras miserias, siempre existirá la posibilidad de la armonía.























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