Crítica: Los “Bohemios” del Grupo Zarza en la Zarzuela
Crítica. Amadeo Vives: Bohemios. Lucía Beltrán, Francisco Cruz, Yulietta Quevedo, Enrique Monteoliva, Tony Ijnesta… Miembros de la Joven Orquesta Nacional de España, JONDE. Dirección musical: Julio César Picos. Dirección escénica: Nicola Beller Carbone. Proyecto Zarza. 21 de febereo de 2026.

Los participantes en Proyecto Zarza, en “Bohemios”
Vuelve el Proyecto Zarza, esa iniciativa ideada por Daniel Bianco, anterior director del Teatro madrileño, para difundir nuestro género lírico con un curioso didactismo dirigido a las capas más jóvenes y descreídas de nuestra afición. La idea es acometer y servir un título importante de nuestro patrimonio a través de elaboraciones musicales sencillas y directas, modernas y asequibles, con voces nuevas en algún caso procedentes de géneros colindantes como el teatral o el revisteril.
Siempre buscando la fácil comunicación y con puestas en escena coloristas y alusivas. Es un proyecto que ha sido desde su inicio, hará ya una década, bien acogido por la juventud; y a veces por la madurez o la senectud.
En esta ocasión el título señero elegido ha sido Bohemios, la primera zarzuela célebre de Vives, una partitura bien demostrativa de las habilidades e inspiración del músico catalán que se estrenó en el mismo coliseo que ahora la recibe el 24 de marzo de 1904. En ella, como en otras obras de su cosecha, resplandece la fácil inspiración melódica, la clara armonía, un lirismo de buena ley y esa peculiar y directa manera de tratar y dar cuerpo a los conflictos y relaciones humanas.
Algo que ha tenido en cuenta en parte el adaptador de esta versión, Nando López, que nos dice que “nuestros personajes no se conforman con cantarle al amor romántico, sino que enarbolan con orgullo la bandera del amor como unión, como solidaridad y como trinchera: el amor como un espacio colectivo. Igualdad y diversidad defendidas desde el feminismo y el colectivo LGTBIQ”.
Nada que ver, evidentemente, con los propósitos de Vives y de los libretistas Perrín y Palacios, y que en esta ocasión han sido modificados a través de una inteligente y actual puesta en escena de Nicola Beller Carbone, soprano en activo hasta hace muy poco, que ha ideado con buen tino, no siempre clarificador, una doble lectura con una escenografía desdoblada, “en la que el set de un rodaje y Sisterland, un local autogestionado de barrio, conviven en un espacio-tiempo líquido y permeable”.
Muy agudo planteamiento, que no siempre esclarece la acción y en el que la música se acopla a veces malamente. Se crean personajes, como el de la Reinona, que mueve de acá para allá la acción, y se abren nuevas posibilidades argumentales. “Dar la palabra a los jóvenes” -sentencia la directora- “implica asumir que decidir, incluso en los lugares donde creemos ser libres, es un acto político.
Dejarles elegir el rumbo de este viaje es también recordar que nadie debería verse obligado a decidir contra sí mismo”. Una vez aceptado el planteamiento, muy bien acogido por el público que llenaba el Teatro, la función se siguió con interés. En virtud también de la cuidada prestación musical, que partía del empleo de un foso muy reducido en el que se portaron muy bien 14 escogidos instrumentistas de la JONDE dirigidos con claridad, buena acentuación, sentido rítmico y dominio del fraseo por Julio César Picos, que supo engarzar con habilidad los distintos episodios y dar vida e momentos clave como el coro de bohemios y los dúos de los protagonistas.
Brillaron entre otras las jóvenes voces de Lucía Beltrán, soprano lírico-ligera de timbre satinado, buen apoyo y respetable volumen, Francisco Cruz, tenor también lírico-ligero, de buena línea, excelente pasta y clara dicción a falta -y el futuro es esperanzador para ello- de un metal más bruñido y sonoro, Enrique Monteoliva, barítono ligero y decidor, Yulietta Quevedo, soprano ligera de vibrato expresivo. Un aparte para el nuevo personaje de travestido (Luz de Bohemia), bien impostado por Tony Iniesta.
























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