Crítica: Reivindicación de madurez. Armide de Lully, en el Teatro Real
Reivindicación de madurez
Armide, de Jean-Baptiste Lully. Stéphanie d’Oustrac, Cyril Auvity, Tomislav Lavoie, Marie Perbost, Victoire Bunel, Timothée Varon, David Tricou, Igor Bouin, Virginie Thomas, Jeanne Lefort. Le Poème Harmonique. Dirección musical: Vincent Dumestre. Versión de concierto. 15 de marzo

Stephanie D’Oustrac
La madurez en ocasiones se articula de formas hermosas. La última tragédie lyrique de Lully, después de casi una docena de ellas, es la reivindicación de todo un modelo que subrayaba las virtudes estéticas del estilo francés. La fachada del monumento sigue siendo esa capacidad inusitada para que la música fluya en continuidad, fundiendo recitativos y arias y respaldando la palabra con una dulzura expresiva tan imagintativa como precisa. El virtuosismo en el canto aquí se aparece de otra manera, como en el monólogo de Armide, entendiendo que la pirotecnia no tiene sentido en este escaparate de timbres y peripecias míticas.
El libreto lo escribe Philippe Quinault, basándose en la inagotable —al menos durante el Barroco— Gerusalemme liberata de Torquato Tasso, sobre los cantos II, V, X y XIV. Los amores malogrados de la hechicera Armide y el cruzado Renaud son más que un poema épico, son la síntesis de la seducción en todos los sentidos: personal, social y política.
Seducción de alguien poderoso a alguien que no lo es, seducción del público frente al espectáculo operístico, y seducción de Luis XIV —que propuso el tema— a su propio pueblo. Fue un éxito ya en su época, y llegaba al Teatro Real bajo la premisa de una versión de concierto donde solo la implicación de los cantantes permitía un cierto sabor dramático.
El papel de Armide es de los grandes dentro de la ópera barroca, en los alrededores de la Alcina de Handel o la Poppea de Monteverdi. No hablamos de estéticas sino de la mirada hasta cierto punto compasiva que los compositores depositan sobre ellas, lo que dota a los personajes de un relieve que solo se amerita si la cantante está a la altura. Y Stéphanie d’Oustrac lo estuvo.
La paleta dramática de la mezzosoprano se junta con una gran versatilidad expresiva en la declamación, tan importante en la música de Lully. Más allá de la potencia de emisión es la elegante oscuridad del registro grave lo que caracteriza a su personaje y precisamente uno de sus puntos fuertes. Su escena de desengaño final fue conmovedora, gracias a un derrumbe moral que se transparentó a la voz sin histrionismos.
Por su parte Cyril Auvity volvió a demostrar la elegancia y el dominio del estilo, con un timbre claro y brillante, sin aspereza alguna, que encajaba particularmente bien en sus dos escenas principales, la del sueño y el dúo de amor. Las ornamentaciones estuvieron medidas siempre en relación con la situación escénica, creando un Renaud más creíble de lo que dice el libreto. Del resto del reparto, de notable nivel, destacaron las intervenciones de Timothée Varon, perfectas en forma y fondo con su personaje, y las del coro, que se iba desplazando por el escenario.
Le Poème Harmonique fue aumentando la temperatura de la interpretación, todo un tour de force de imaginación instrumental, con una lectura de los dos últimos actos magnífica en la búsqueda de contrastes y en el color del viento madera. Algo excesivas, eso sí, las intervenciones rítmicas de la cuerda pulsada. Vincent Dumestre buscó la complicidad de los cantantes en todo momento, lo que permitió que la falta de escenografía o de drama íntimo —algo intrínseco al propio libreto, en realidad— no lastrasen una velada de música realmente hermosa.





















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