Crítica: Huw Montague Rendall, el hijo de dos grandes en camino de serlo también, en el Ciclo de Lied
Obras de Poulenc, Fauré, Schoenberg y Mahler. Huw Montague Rendall, barítono; y Hélio Vida, piano. XXXII Ciclo de Lied. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 27 de abril de 2026.
Huw Montague Rendall, el hijo de dos grandes en camino de serlo también
Hay familias que acumulan talento como otras acumulan deudas. Los Rendall-Montague son de las primeras. Diana Montague, mezzosoprano de Winchester que durante dos décadas fue una de las voces más refinadas de Europa y que conocimos bien en España; David Rendall, tenor descubierto por azar en la fonoteca de la BBC -le oyeron tararear “Questa o quella” mientras ordenaba discos para Desert Island Discs- y que llegó a cantar bajo la batuta de Karajan, Bernstein y Barenboim antes de que una tramoya derrumbada en Copenhague le truncara la carrera. Huw es hijo de ambos grandes y lleva camino de serlo también.

Huw Montague Rendall con Hélio Vida
Huw Montague Rendall -el apellido materno intercalado como escudo nobiliario y por sonoridad- debutó hace poco más de una década en Glyndebourne, donde ganó el Premio John Christie, y desde entonces no ha parado: Papageno en el Royal Opera House, Malatesta, el Conde de Figaro, un Pelléas que la crítica francesa saludó como el de su generación, y un álbum de debut en Erato, Contemplation, que el año pasado se llevó el Gramophone Award en la categoría de Voz y Conjunto. Su presentación anoche en la Zarzuela, dentro del ciclo Lied del CNDM, fue correspondida con el entusiasmo reservado a los grandes que han pasado por el ciclo.
Le acompañaba al piano Hélio Vida, pianista brasileño nacido en Patos de Minas que se formó en su país, en Nancy y en Karlsruhe, y que ha acumulado un palmarés respetable: primer premio en el Concurso Internacional Claudio Arrau de Chile, premio especial de acompañamiento en el Mendelssohn Bartholdy de Berlín, galardón HSBC de la Académie du Festival d’Aix-en-Provence. Vida dirige hoy el estudio de ópera OperAvenir del Teatro de Basilea, y compagina esa labor con una carrera como recitalista que le ha llevado al Wigmore Hall, el Konzerthaus de Viena y el Festival de Aix. Es, además, el acompañante habitual de Montague Rendall: llevan temporadas construyendo juntos un repertorio que ya tiene la solidez y la complicidad que solo da el tiempo. Ambos debutaban en el ciclo. Los dos se fueron de la Zarzuela con un nombre hecho.
El programa era ambicioso hasta el límite de lo temerario. Primera parte: el Bestiaire de Poulenc y La bonne chanson de Fauré. Segunda: los Vier Lieder op. 2 de Schoenberg y los Rückert-Lieder de Mahler. Cuatro obras maestras. Cuatro mundos. Poulenc y Fauré como invitación al placer; Schoenberg y Mahler como adentración en el abismo.
El Bestiaire de Poulenc -seis miniaturas sobre textos de Apollinaire- sonó con la ligereza justa. “Le dromadaire” fue gracioso sin caer en la caricatura; “La carpe” tuvo esa melancolía susurrante que Poulenc esconde entre los compases como un secreto. Timbre aterciopelado, articulación impecable, a pesar de no dominar por completo el francés, como él mismo me confesó en la cena posterior. No son obras para enganchar al público sino para calentar la voz, aunque mi opinión es que eso se hace en el camerino. Y Vida al piano con esa economía de medios que es la marca del gran acompañante: presente sin invadir, colorista sin estridencias, ofreciendo exactamente lo que la voz necesitaba en cada momento.
La bonne chanson es otra cosa. Los nueve poemas de Verlaine que Fauré musicó entre 1892 y 1894 forman uno de los ciclos más exigentes del repertorio: exigen voz, pero sobre todo exigen algo que no tiene nombre y que podría llamarse verdad. Montague Rendall la tiene. “Une sainte en son auréole” tuvo solemnidad sin rigidez; “La lune blanche luit dans les bois” flotó en esa suspensión temporal que es la marca de las grandes interpretaciones de este ciclo. En “L’hiver a cessé”, el cierre, la voz se abrió con una generosidad que provocó el silencio antes del aplauso. Ese silencio que vale más que cualquier ovación.
Los Vier Lieder op. 2 de Schoenberg -escritos entre 1899 y 1900, con textos de Richard Dehmel- son las últimas obras tonales del compositor antes del salto al vacío. La “Erwartung” que abre el ciclo no es el monodrama posterior: es una canción que ya tiembla en sus cimientos. Montague Rendall la abordó sin trucos, sin exagerar la angustia para hacerla sentir. “Waldsonne”, la última, trajo una oscuridad luminosa, si se permite la paradoja, que dejó la sala detenida. Vida recorrió el cromatismo schoenbergiano con naturalidad pasmosa, sin exagerar las tensiones ni aplanarlas.
Los Rückert-Lieder de Mahler cerraron el programa con las cinco canciones que Mahler compuso hacia 1901-1902. “Blicke mir nicht in die Lieder!” fue juguetona y exacta; “Ich atmet’ einen linden Duft!” tuvo la delicadeza de una flor que se abre en cámara lenta; “Liebst du um Schönheit” brilló con ese calor que solo los grandes liederistas consiguen extraer de este repertorio. Y “Ich bin der Welt abhanden gekommen” -el testamento en vida de Mahler, la canción que el propio compositor decía que se describía a sí mismo- fue sencillamente conmovedora. Pero, con todo, fue la cuarta “Um Mitternacht” la que nos dejó sin aliento. El minuto de reflexión que el cantante se dedicó anunciaba algo especial y así fue. Vida, con una media voz pianística de gran transparencia, construyó a su alrededor la atmósfera precisa.
Una voz de barítono de timbre denso y coloreado, que casi funde la cuerda de tenor con la de barítono, con un legato que fluye y una igualdad de emisión en toda la tesitura. Pero lo que le distingue, además de la voz, es la inteligencia con que la usa, coloca cada palabra en su lugar exacto y dota a cada silencio de significado. Alguien que convierte el recital en una conversación y no en un monólogo. Se nota que apenas pasa de los treinta años y el lied precisa una mayor madurez, pero no hay duda de que alcanzará las cotas más altas. Y un pianista que ha entendido que acompañar no es seguir, sino dialogar. Y los dos, juntos, demostrando que el lied sigue siendo el género más exigente y íntimo que existe.
Los padres de Huw Montague Rendall habrían disfrutado el liderabend y habrían reconocido, sin duda, de dónde viene ese don. Gonzalo Alonso






















Últimos comentarios