Exhibición coral y orquestal en el Requiem de Verdi con Gatti y Dresde en Ibermusica

Imagen del concierto
Foto: Markenfotografie / Jörg Simanowski
Exhibición coral y orquestal en el Requiem de Verdi con Gatti y Dresde en Ibermusica
Verdi: Requiem. Eleonora Buratto, Elina Garanča, Benjamin Bernheim, Riccardo Zanellato. Orfeó Català. Staatskapelle Dresden. Daniele Gatti, director. Ciclo Ibermúsica. Auditorio Nacional. Madrid, 21 de mayo de 2026
Hay obras que no deberían escucharse más de una vez al año. No porque sean difíciles o aburridas, sino por su potencia. El “Réquiem” de Verdi es una de ellas. Tras ella uno necesita un poco de silencio, hablar, pensar en cualquier cosa que devuelva al mundo de los asuntos cotidianos a alguien a quien la música acaba de recordar, con una contundencia nada caritativa, que se va a morir.
Lo compuso un hombre que se declaraba agnóstico. Ahí está el misterio. Porque el Réquiem de Verdi no es la obra de alguien que finge creer: es la de alguien que no cree del todo y le da miedo tener razón. Esa ambigüedad es lo que late debajo de cada número, desde el inicial ppp sottovoce -Verdi no se conforma y añade, por si acaso, il più piano possibile– hasta el morendo final del Libera me. Una misa de difuntos escrita con el pulso de un dramaturgo que sabe que la muerte no es un argumento sino el único argumento y que, al mismo tiempo, no puede separarse de su mundo operístico.
Daniele Gatti demostró que conoce todo ello. Su lectura, con tempo ligero, apostó por los contrastes. Los grandes tutti del Dies irae sonaron devastadores y los pianissimos casi inaudibles, pero audibles. Seguro que me entienden. Y concedió más importancia a coro y orquesta que al cuarteto solista. Dirigió sin partitura, como en todas las obras de ambas citas madrileñas. En los últimos compases, los brazos le cayeron a los costados y casi dirigió con la mirada. Eso no es dejadez, sino la mayor muestra de confianza que un director puede depositar en quienes tiene delante.
Quienes tenía delante eran, en primer lugar, la Staatskapelle de Dresde. Casi cinco siglos de historia destilados en un sonido que posiblemente envidian la mayoría de las orquestas del mundo. Las cuerdas tienen una redondez y una capacidad de modulación que en el Lacrimosa hicieron el silencio más denso de la noche. Los metales se portaron como deben portarse en esta obra: implacables en el Dies irae, sobrecogedores en el Tuba mirum, donde las trompetas convirtieron la anunciación del Juicio Final en algo que se sentía físicamente, no solo se escuchaba. Y en el otro extremo, los solos de madera -el oboe del Ingemisco, los fagots del Libera me– con esa clase que distingue a los grandes conjuntos de los meramente buenos.

Gatti al frente de la Staatskapelle Dresden y el Orfeó Català
Foto: Markenfotografie / Jörg Simanowski
El Orfeó Català, preparado por Xavier Puig, estuvo al nivel que la ocasión exigía. Sostener la afinación, la homogeneidad y la expresividad desde el susurro casi hablado del Quantus tremor est futurus hasta los tutti más inclementes del Dies irae, y además resolver con limpieza la doble fuga del Sanctus, requiere un trabajo previo de una exigencia considerable. Sin duda lo traían hecho.
Del cuarteto solista, el orden de méritos fue bastante claro. Elīna Garanča estuvo sencillamente soberbia. No es solo la belleza del instrumento, aunque el instrumento es bellísimo: es la inteligencia con la que lo maneja. Su Liber scriptus tuvo una hondura ejemplar. Impactante el inicio del Lux aeterna, así como íntimo y desconsolado el Quid sum miser junto a fagot, mezzo y tenor. Eleonora Buratto, poseedora de un timbre muy grato, acometió el Libera me con austeridad expresiva: no buscó el impacto frontal sino algo más incómodo y más cierto, una especie de desolación íntima que encajó perfectamente con la lectura general de Gatti, a quien no perdía de vista. Ambas magníficas en el Recordare o el Agnus Dei. Benjamin Bernheim tiene un timbre lejos del carácter verdiano, y él lo posiblemente lo sabe mejor que nadie, pero tiene algo que en esta partitura vale mucho: la capacidad de hacer que una línea vocal parezca sostenida por una duda interior. Su Ingemisco no fue un alarde sino una pregunta y el Hostias resultó impecable, aunque a algunos nos guste más piano y hasta en casi en falsete. Riccardo Zanellato resolvió sus intervenciones con oficio y dignidad en la recuperación de una reciente enfermedad.
Al terminar, Gatti sostuvo el silencio y el público lo sostuvo con él. Después vino la ovación, larga y muy merecida. Hay noches en que uno sale del concierto sabiendo que ha asistido a algo poco habitual y en que Ibermúsica nos recuerda para qué existe. Estas dos lo fueron.





















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