Crítica: Orozco-Estrada, con la orquesta Gürzenich en la batuta
Orozco-Estrada, con la orquesta en la batuta
Obras: “Obertura de El holandés errante” de Wagner. “Escena final de Capriccio” de R. Strauss. “Sinfonía núm. 1” de Mahler. Intérpretes: Ch. Karg, soprano. Orquesta Gürzenich. A. Orozco-Estrada, director. La Filarmónica. Auditorio Nacional. 19/V/2026. Madrid.

Christiane Karg y Andrés Orozco-Estrada con la Orquesta Gürzenich de Colonia.
Foto: Rafa Martín
El ciclo de La Filarmónica ha presentado en Madrid la nueva etapa de la Orquesta Gürzenich de Colonia con Andrés Orozco-Estrada, su maestro de capilla desde el otoño pasado. Desde el primer compás de la obertura de El holandés errante, la orquesta exhibió el vigor expresivo, la alegría de sonar y la voluntad de matización que caracterizan al gran maestro colombiano.
Exhibió también sus principales virtudes: unos metales firmes y luminosos, con trompas fiables y ajustadas, una cuerda despierta, unida, decidida a articular con nitidez y expresar emociones, y una sección de percusión capaz de mostrarse limpia o contundente, según corresponda. El viento-madera, siempre correcto, pudo ser más seductor. El camino que acaban de empezar Orozco y Gürzenich se anuncia prometedor.
Andrés Orozco-Estrada es un director de mucha personalidad que rara vez deja pasar una frase sin imprimirle un perfil propio, sea por color orquestal, intensidad o tempo. Lo que de verdad le distingue es la eficacia de su comunicación musical. Mucho más que otros directores, Orozco tiene a la orquesta en la punta de la batuta.
Eso, que requiere técnica, pero sobre todo, musicalidad, le permite crecer, disminuir, acelerar y retener no solo con precisión, sino con la emoción contagiosa de lo que vemos ocurrir en vivo. La sensación resultante es de verosimilitud. De verdad. Ante nuestros oídos, cinceló un fantástico cuarto movimiento de la Primera de Mahler. Sin aspavientos sonoros, sin excesos de ningún tipo, Orozco-Estrada y los coloneses pusieron en pie la grandiosidad de Mahler, grande y frágil, como la Viena de su época.
Antes habíamos oído la escena final de Capriccio, la ópera sobre la ópera de Richard Strauss. ¿Música o palabra? Cada una se completa en la otra, cantó con suma elegancia y voz transparente Christiane Karg.





















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