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Por Publicado el: 22/06/2026Categorías: En vivo

Gustavo Gimeno cierra con la Orquesta de la Comunidad Valenciana en el Palau de les Arts una gran temporada

Gustavo Gimeno cierra con la Orquesta de la Comunidad Valenciana en el Palau de les Arts una gran temporada

Obras de Ravel, Falla y Stravinski. M. Crebassa, mezzo. Orquesta de la Comunitat Valenciana. Gustavo Gimeno, director. Palau de les Arts, 18 de junio de 2026. Valencia

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Gustavo Gimeno

El concierto que Gustavo Gimeno ofreció al frente de la Orquesta de la Comunitat Valenciana manó de una idea capaz de atravesar épocas y lenguajes distintos: tres maneras diferentes de convertir lo popular, lo legendario o lo imaginado en refinamiento sinfónico. Ravel mirando España desde la distancia parisina, Falla elevando el folclore a categoría de arte culto -filtrado después por la sensibilidad de Berio-, y Stravinski construyendo uno de los grandes cuentos sonoros del siglo pasado a través de una orquestación que cambió las reglas del juego.

Gimeno es hoy el director valenciano de mayor proyección internacional. Reparte su actividad entre la titularidad de la Sinfónica de Toronto y la del Teatro Real, y dentro de ese mapa de compromisos, la OCV es la única formación española -aparte de la del propio Real- con la que mantiene una colaboración estable. Los años de trabajo conjunto se perciben en algo que no se improvisa: una calidad de respuesta orquestal que crece con cada visita. Resulta una lástima que la próxima temporada no haya encontrado hueco en su calendario para repetir el encuentro. Ojalá las siguientes ediciones lo permitan.

El cariño del público valenciano hacia su director más ilustre no es un dato menor. La misma audiencia que esta temporada ha aplaudido a nombres como Gardiner, Gatti, Luisi o Elder reservó para Gimeno una ovación especialmente cálida y prolongada, en una velada que cerraba, además, un ciclo sinfónico que pasará a la historia reciente de la orquesta.

La Rapsodia española abrió el programa y dejó claro desde el primer compás que la noche iba a ser excepcional. Ravel nunca buscó el folclore auténtico sino una España soñada, estilizada, convertida en pura atmósfera. Gimeno supo conjugar la sensualidad del color y el rigor de la arquitectura, con un gesto parco y preciso: todo nace de una comprensión profunda de la partitura y de una confianza plena en los músicos. El resultado fue una transparencia admirable incluso en los pasajes de mayor densidad orquestal. El solo de corno inglés de Ana Rivera en la malagueña fue uno de esos instantes que justifican por sí solos la asistencia a un concierto.

Las Siete canciones populares españolas de Falla, en la versión orquestal de Berio, ocuparon la parte central. Marianne Crebassa, una de las mezzosopranos más relevantes del momento, desplegó una clase y una dicción excelentes, fiel al texto y de fraseo cuidadísimo. La naturaleza íntima y breve de estas canciones hizo, sin embargo, que su intervención quedara en cierto modo a la sombra del resto del programa: funcionaron más como un remanso de delicadeza entre dos bloques de mayor envergadura sinfónica que como el centro de gravedad de la noche.

En la segunda parte El pájaro de fuego en su versión íntegra. Fue aquí donde el concierto alcanzó su punto culminante. Stravinski, todavía deudor del lenguaje tardorromántico de Rimski-Kórsakov, pero ya anticipando las revoluciones de Petrushka y La consagración de la primavera, exige una orquesta capaz de sostener una imaginación tímbrica y una complejidad rítmica enormes. Gimeno y la OCV respondieron con una interpretación de altísimo nivel, tanto en precisión como en intensidad dramática. Desde las resonancias sombrías de la introducción hasta las violentas apariciones de Kashchei, cada plano sonoro quedó perfectamente definido. La Danza del pájaro de fuego brilló sin sacrificar el control, y la Ronda de las princesas reveló una delicadeza casi de cámara.

El momento de mayor magia llegó en el tramo final: aquel piano súbito justo antes del gran crescendo conclusivo fue una combinación deslumbrante de técnica y autoridad. Entre las numerosas intervenciones solistas que exige la partitura, conviene destacar especialmente a Bernardo Cifres a la trompa y al concertino Gjorgi Dimcevski, ambos en estado de gracia. Y de Valencia se fueron a Granada. H.P.

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