Crítica: Juan Diego Flórez inaugura la Quincena Musical donostiarra. De buen notable a ejemplar sobresaliente
DE BUEN NOTABLE A EJEMPLAR SOBRESALIENTE
Auditorio Kursaal. Quincena Musical de San Sebastián. 2.VIII.2026. Concierto de Juan Diego Flórez. Obras de Vincenzo Bellini, Gaetano Donizetti, Gioacchino Rossini, Jules Massenet, Charles Gound, Agustín Pérez Soriano, Reveriano Soutullo y Juan Vert, Agustín Pérez Soriano, José Serrano, Ernesto Lecuona, Benjamin Godart, Giuseppe Verdi. Vincenzo Scalera: pianista.

Juan Diego Flórez vuelve a San Sebastián
©Quincena Musical-Iñigo Ibáñez
Dice un viejo refrán castellano que a falta de pan buenas son tortas. O sea que en la ausencia intencionada de algo tan deseado por el público como es la ópera -consustancial históricamente en la Quincena Musical– se nos ofreció la ‘torta’ del concierto que en estas línea se valora, de la mano del tenor limeño Juan Diego Flórez Salom, con su voz belcantista , que a sus 53 años irradia sutileza por todos los puntos de la rosa de los vientos, con tres décadas en activo.
Venía a San Sebastián tras haber cantado dos días antes en el mallorquí Festival Cap Rocat en que el mostró una leve afección catarral. En La Bella Easo ha mostrado la misma ‘avería’; tosiendo, sonándose con pañuelos de papel, bebiendo agua, inhalando un vaporizador, todo ello en escena y con varios mutis que, en dos veces, superaron los 60 segundos.
La voz no estuvo en condiciones para asumir su trabajo con las garantías de calidad propia de él. Ni tan siquiera en la frescura y rotundidad de su bello registro agudo. En esas condiciones estuvo ausente el canto legato. Su actuación fue notable pero no sobresaliente. ¡Una pena!
En las arietti da camera de Bellini (Malinconia, Ninfa Gentile, Vaga luna che inargenti, La ricordanza), Rossini (La lontananza, L’esule) y Donizetti (Ah! flammenta, O bella Irene) adaptó su afectación fonal aplicando una acertada técnica, balanceando las composiciones sobre el terreno del registro central sin apenas distorsionar las notas de paso.
El belcantismo que requiere Rossini en su ópera bufa “La cenerentola” con el floreo de las agilidades, los sugerentes picados o las modulaciones sonoras, apenas estuvo presente cuando cantó el aria de Don Ramiro Si, ritrovarla io giuro. Con la zarzuela volvió a estar notable su canto, con los agudos muy justos pero bien colocados. Se disfrutó pero no tanto como era de esperar, aunque el respetable le mostró, en todo momento, su inequívoco agrado. ¿Habrá escuchado la romanza/jota Suena, guitarrico mío de la zarzuela “El guitarrico” cantada por Miguel Fleta?
En el canto francés de Massenet y Gounod, los nudos expositivos, con limitados resonadores nasales, carecieron del áureo pincel con el que Juan Diego desarrolla su fonación. De tal modo se apreció en las hermosas arias Pourquoi me réveiller? de “Werther” y L’amour…Ah, lève-toi soleil de “Romeo et Juliette”. Y se produjo el milagro cuando cantó el aria verdiana La mía letizia infondere de “I lombardi alla prima crociata” donde la voz tuvo un tracto elegante, desarrollando el perfecto control del fiato en la regulación sonora. Entonces Flórez si cantó ‘las cuarenta en oros’.

Imagen del concierto
©Quincena Musical-Iñigo Ibáñez
Las propinas llegaron con una silla y una guitarra, a través de su repertorio habitual de tangos, canciones peruanas y un pasodoble español, que encandilaron al público con un inequívoco beneplácito plasmado en aplausos y muy braveado.
Difícil, muy difícil, es superar el arte que mana, sobre las 82 teclas del piano, de las manos del maestro italo-norteamericano Vincenzo Scalera, bruñido soporte de la voz del tenor peruano, que tiene en su activo haber acompañado a voces tan señeras como las de Carlo Bergonzi, Monserrat Caballé, Leyla Gencer, Raina Kabaivanska o Cesare Siepi. Imparte su fecunda sabiduría en la Accademia d’Arte e Mestieri de Milán.
El sonido del piano estaba amplificado, causando ello que el canto de Flórez fuera poco audible en determinados instantes, con un efecto contrario cuando Scalera tuvo sus tres espléndidos momentos, tal así fue el ejemplar sobresaliente, lujoso, de su versión Mazurca glissando de Ernesto Lecuona. ¡Precioso!
Qué tristeza ver desnudo el gran escenario del Kursaal sin decoración floral alguna, dejando desnudos de color a piano, cantante y pianista. En tiempos de José Antonio Echenique eso no pasaba. ¡Ay!
“La música, ese canto,
ese melodioso eco,
que escuchamos con los ojos
y que con los oídos vemos”
José Bergamín, poeta.


















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