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Critica: Final de alto copete y nombre de mujer en el VIII Concurso de violín Cullerarts
Por Publicado el: 14/09/2026Categorías: En vivo, Artículos de Beckmesser

Crítica: Carmen a través del espejo (roto)

Carmen a través del espejo (roto)

Selección de “Carmen” de Bizet. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Gaëlle Arquez, Carmen. Arturo Chacón, Don José. Gianluca Margheri, Escamillo. Bárbara Lluch, directora de escena. Alondra de la Parra, directora musical. Teatro-Auditorio de San Lorenzo de El Escorial. 12 septiembre 2026.

Llevo ciento cincuenta y un años instalado en ese limbo discreto que reservan a los compositores que murieron demasiado pronto para disfrutar su propio éxito -yo expiré tres meses después del estreno de Carmen en la Opéra-Comique de 1875, convencido de haber parido un fracaso, y así me lo confirmó la crítica de la época, que me llovió más silbidos que aplausos-. Desde aquí arriba una tiene tiempo de sobra para ver representaciones, y el sábado 12 de septiembre tuve el dudoso privilegio de asomarme al Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial, invitado por nadie, como corresponde a los fantasmas.

Carme Escorial

Saludos finales

Empecemos por lo que no vi. No vi a los niños del acto primero, que tanto trabajo me costó instrumentar para que sonaran a chiquillería y no a coro adulto disfrazado. No vi a Micaela, que desapareció de la función entera sin que nadie me consultara, y eso que la escribí precisamente para que hiciera de contrapeso moral a mi Carmen, para que hubiera una mujer que no fuera un símbolo sino una persona sencilla enamorada de un hombre sencillo. No vi la entrada de Don José en el acto segundo. Vi, en cambio, hora y media de ópera -de las casi tres que compuse- construida en torno a los tres protagonistas, que además eran los únicos que figuraban en el programa de mano, como si el resto de mi partitura fuera un anexo prescindible. Hasta el quinteto de contrabandistas, “Nous avons en tête une affaire”, se convirtió en un cuarteto en el que, sin que yo entienda muy bien por qué razón dramática, apareció en escena la propia directora, Bárbara Lluc. Una firma dentro de la firma. Modestia aparte, algo tendré yo que decir sobre quién puede cantar mi música y quién solo puede dirigirla.

La acción se trasladó a nuestro tiempo de móviles, pantallas y aplicaciones de contactos, con el resultado previsible de que lo que se cantaba y lo que se veía viajaban por carriles distintos, mirándose de lejos sin llegar nunca a saludarse. Apenas hubo decorado: dos pantallas alimentadas por inteligencia artificial -una tecnología sobre la que, si tuviera opinión formada, la tendría muy reservada- que durante toda la obertura proyectaron recortes de prensa sobre violencia de género, con sus muertes, distrayendo la atención del público justo cuando yo había escrito la música más vertiginosa de mi carrera; y luego mensajes de aplicaciones tipo Tinder, que a un francés del XIX como servidor le costó un rato identificar.

El planteamiento inicial parece una defensa de la mujer, y aplaudo la intención. Pero el libreto es el que es, y en mi obra -permítanme el inciso autobiográfico, que buena falta me hace tras siglo y medio de malentendidos- Carmen es quien lleva la voz cantante, quien decide, quien juega y quien rompe; Don José es un desgraciado al que ella logra exasperar hasta la tragedia. La puesta en escena, por mucho cartel de denuncia que despliegue, no logra cambiar esa arquitectura profunda: se puede vestir a Carmen de víctima digital, pero la partitura sigue diciendo otra cosa, y la partitura, dicho sea con toda la serenidad de quien ya no tiene nada que perder, manda más que la escenografía.

De los cantantes, en cambio, guardo mejor recuerdo. Gaëlle Arquez llega a este papel con el bagaje de haberlo cantado en Covent Garden, Bregenz y el Teatro Real, y ese oficio se nota: una Carmen de color oscuro, sensual sin subrayados, que domina la ambigüedad del personaje mejor que la mayoría de las gitanas de cartón que me ha tocado padecer desde el otro lado. Arturo Chacón-Cruz, que ha paseado a Don José por medio mundo, aportó un lirismo cálido, algo más cómodo en la lamentación que en la furia, lo cual, en esta versión sin la escena de la flor completa y sin la progresión que yo diseñé para su locura, se le quedó un tanto huérfano de contexto. Y Gianluca Margheri resolvió un Escamillo de presencia sólida, más elegante que fanfarrón, quizá el que mejor sobrevivió a los recortes, porque su papel es el que menos digresión narrativa necesita para funcionar. Y hablando de Escamillo: mi torero, el que yo pensé forjado a golpe de estocadas y ovaciones taurinas, apareció convertido en una suerte de Messi vernáculo, crack del “Toreros FC”, con lo cual el nombre del club se quedó como único vestigio de mi libreto original, a modo de broma privada entre el equipo de dramaturgia y quienquiera que se molestara en leer la letra pequeña. Reconozco que Margheri sostuvo el envite con dignidad futbolística más que taurina, pero no dejo de preguntarme qué pinta un balón donde yo puse una muleta, salvo que ambos, bien mirado, sirven igual de bien para que un hombre se pavonee ante una multitud que lo aclama sin conocerlo.

Alondra de la Parra dirigió con un pulso vivo, atenta a los contrastes de mi orquestación, y la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid respondieron con una entrega que a mí, compositor acostumbrado a orquestas parisinas más perezosas que aplicadas, me dejó gratamente sorprendido. Ahí no tengo reproche que hacer. Guiño al lector: cuando algo me gusta, lo digo sin rodeos, faltaría más.

Pero vuelvo a lo esencial. Con este reparto -con esta Carmen, este José, este Escamillo- la función se habría disfrutado más, y mucho más, respetando lo que yo escribí: con Micaela, con los niños, con la entrada completa del acto segundo, con mis cinco contrabandistas y no cuatro más una directora de escena. Sospecho, desde mi discreta atalaya, que en nuestros tiempos hay un exceso de autocomplacencia en las puestas en escena, un ejercicio de onanismo conceptual que a veces aporta poco y a veces directamente desfigura la obra. Es, además, el recurso fácil. Lo difícil -lo de verdad difícil- es volver a montar lo que uno pensó originalmente, pero hacerlo bien. Eso exige oficio, humildad y una confianza en el material que hoy escasea más que el aplauso que a mí me negaron en 1875. Pero, también tengo que añadirlo porque soy honrado, el público asistente ovacionó ampliamente todo lo que yo discuto. ¡Qué tiempos de confusión!

Georges Bizet

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